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Opinión

  • | 2015/01/17 22:00

    París, capital del mundo

    A Obama habría que felicitarlo por no haber figurado en esa exhibición de hipocresía política.

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“¡Hoy París es la capital del mundo!”, exclamó hace ocho días el presidente de Francia François Hollande, en la manifestación de solidaridad con los periodistas asesinados de Charlie Hebdo. Desfilaban por las calles de la ciudad dos millones de personas. Y a la cabeza, de colados, más de cuarenta jefes de Estado y de gobierno.

Más colado que ninguno iba el expresidente Nicolas Sarkozy, que se abrió paso a codazos hasta la primera fila, la de los gobernantes en ejercicio, para quedar casi en el centro, entre el de Israel y el de Malí, a un paso de su sucesor Hollande. Llevaba del brazo a su mujer, Carla Bruni. Los demás no llevaban pareja; pero Sarkozy, que busca la reelección para el 2017, sabe que la bella cantante es altamente telegénica: y la televisión estaba transmitiendo la marcha en directo.

Volvamos a las cosas serias.

Cuatro meses antes, el 15 de septiembre pasado, también pudiera haber dicho Hollande eso de París, capital del mundo. Porque estaba inaugurando allí mismo la Conferencia Internacional por la Paz y la Seguridad en Irak que debía preparar la guerra aérea contra el Estado Islámico (EI) de Siria y el Levante. Los participantes eran los mismos países representados en la primera fila de la marcha pacifista: los miembros de la alianza militar del Atlántico Norte (Otan) con su secretario general: Estados Unidos, Alemania, Italia, España, Austria, etcétera; y sus aliados árabes prooccidentales: Jordania, los Emiratos del Golfo, Marruecos, Bahrein, Qatar. Se le reprochó al presidente norteamericano Barack Obama el no haber asistido a la manifestación del 11 de enero, pero más bien habría que felicitarlo por no haber figurado en esa exhibición de hipocresía política. Si se bombardea a los islamistas en el Oriente Medio, hay que atenerse a las consecuencias sobre los islamistas en Occidente.

Porque más allá de sus lágrimas de cocodrilo, los dirigentes europeos (y su jefe de Washington) tienen que estar seriamente preocupados. Hay en sus países veinte millones de musulmanes (cinco en Francia, cuatro en Alemania, tres en el Reino Unido, millón y medio en Italia, en Holanda, en España, medio millón por país en Suiza, Suecia, Bélgica, Austria), sin contar los que lo son desde hace muchos siglos en los Balcanes y en Europa Oriental, para no hablar de Turquía. Dentro de esa inmensa población, de la cual buena parte es ya europea de segunda o tercera generación, solo una pequeña minoría puede ser yihadista islámica (como los dos pistoleros que atacaron Charlie Hebdo, nacidos y criados en Francia). Pero contra toda ella va dirigida la islamofobia de los “cristianos viejos” o “europeos de pura raza” que conforman las huestes de Pegida en Alemania, del UKip en el Reino Unido, del Front National en Francia, que quieren, como los reyes católicos de España en el siglo XV, echar a los musulmanes al mar (y de paso, por supuesto, también a los judíos).

¿Por esa pequeña minoría van los gobiernos democráticos de Europa a volverse tan islamófobos dentro de sus fronteras como lo son ya fuera de ellas con sus bombardeos “humanitarios” contra el Estado Islámico? Ya son varios miles los jóvenes europeos (y también norteamericanos) que han ido a Siria a engrosar sus filas. Por acabar con ellos ¿van a desatar una guerra civil religiosa en el interior de Europa? ¿Van a copiar la insensata receta de la “defensa propia” que le inspiró al presidente George W. Bush su respuesta militar contra Afganistán e Irak? ¿Van a bombardear las banlieues de París, los suburbios empobrecidos en donde vive la racaille, la chusma musulmana, como la llamó Sarkozy, entonces ministro del Interior, cuando esta se insurreccionó en noviembre de 2005?

Son varios los sentidos en que puede decirse que París es la capital del mundo. nLeo en la revista Soho un artículo sobre las dietas comparadas de una modelo, un soldado, un vicepresidente de la República, un chofer de camión, un vegano, una diabética. Ahora que en Colombia la Semana Santa se ha vuelto pretexto para grandes comilonas y no se respetan el ayuno y la abstinencia, este puede ser el momento adecuado para saber qué come la gente.
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