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Opinión

  • | 2016/01/09 21:00

    Regalos navideños

    Isagén es casi la única empresa del Estado perfectamente manejada, saneada y rentable de Colombia, donde casi todas han sido privatizadas y saqueadas.

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Cuando yo era niño cantábamos el 25 de diciembre, rodeados de los regalos que nos había traído el Niño Dios:

“¡Y a mí me trajo una bomba! ¡Pero se me reventó…!”

Porque nunca eran del todo satisfactorios los regalos del Divino Niño, siento tener que decirlo. Y mucho me temo que eso siga siendo así: bombas que se revientan, juguetes que se desbaratan. Así que veamos, en esta primera columna del año, cuáles fueron los regalos de la Navidad que acaba de pasar.

Solo me ocuparé de tres: un galeón, una empresa y una bala de fusil.

Con el hallazgo en aguas de Cartagena del hundido galeón español San José, presentado por el presidente Santos con su habitual retórica hiperbólica como “el tesoro más grande de la historia de la Humanidad”, lo que salió a flote no fue su cargamento de oro y plata avaluado entre 1.000 y 20.000 millones de dólares, que sigue en el fondo del mar; sino la mezquina codicia de todos los participantes. Santos dijo que el pecio sumergido es “patrimonio de todos los colombianos”, como dice siempre refiriéndose a cualquiera de los despilfarros de su gobierno. Pero lo reclaman también el Estado español, dueño original del barco y de su carga; el gobierno del Perú, de cuyas minas procedían los metales preciosos embarcados; el de Panamá, por cuyo territorio transitaron para cruzar el istmo y cuyos comerciantes de hace tres siglos agregaron parte de la carga; el presidente de Bolivia, que reclama todo en nombre de los pueblos aborígenes expoliados por el Imperio español durante la Conquista y la Colonia; los descendientes –españoles, panameños, peruanos, colombianos– de los 600 tripulantes y pasajeros que se ahogaron con la nave; una empresa norteamericana de cazadores de tesoros que hace 20 años dijo haberla encontrado y exige la mitad de lo que se rescate. Falta –por ahora– el reclamo de Inglaterra, responsable de la conservación del tesoro intacto: si los cañones ingleses no hubieran echado a pique el navío español, los dichosos millones de millones se hubieran gastado hace tres siglos en mujeres y champaña.

De todos los reclamos el menos serio –me parece a mí– es el de los colombianos. Les he visto repetir 1.000 veces el mismo argumento en la prensa y la radio y las redes sociales: “Ese tesoro es nuestro, y los españoles nos lo quieren robar como se robaron todo lo que era nuestro”. Olvidando que esos españoles que se robaron todo eran nuestros antepasados, y no los de los españoles de hoy: los antepasados del presidente Santos, y no los del rey de España.

Lo que sí es nuestro, en cambio, pero el gobierno de Santos se lo va a regalar a unos extranjeros el miércoles que viene, es Isagén: un patrimonio, ese sí, de todos los colombianos. Isagén es casi la única empresa del Estado perfectamente manejada, completamente saneada y altamente rentable que hay en Colombia, donde casi todas han sido privatizadas y saqueadas como los galeones del sigo XVIII por los privateers, los piratas ingleses. Es justamente por eso que varias multinacionales la quieren comprar: saben que en una década habrá generado ganancias iguales al precio de la compra. Y es justamente por eso que todos los economistas del país, salvo los que trabajan para el Ministerio de Hacienda, se oponen a su venta: la consideran un pésimo negocio; y más ahora, cuando, tasada en pesos, vale en dólares un tercio menos que cuando se fijó el precio de venta: los compradores se ahorrarán más de 500 millones de dólares: un buen pedazo del galeón hundido pero sin rescatar.

También se oponen a la venta la mayoría de los partidos, desde el Polo de Robledo hasta el Centro de Uribe, incluyendo al Liberal: 80 parlamentarios firmaron una carta de protesta. Se oponen por razones políticas: consideran que Isagén es un activo estratégico del Estado colombiano que no se puede dejar en manos privadas extranjeras. El gobierno de Santos, que necesita plata sea como sea para tapar sus bostezantes agujeros fiscales (y para la mermelada de la gobernabilidad y todo lo demás), se cierra en banda. Según Santos, “nada tiene Isagén de estratégico”: como si el control de la energía no lo fuera, y como si Isagén no produjera hoy casi la quinta parte de la que gasta el país. Y explica el presidente que su venta será un gran negocio, porque el pago recibido se invertirá en útiles carreteras “de cuarta generación” (privatizadas, por supuesto) a cuyos constructores y concesionarios les guardará el Estado las espaldas contra posibles pérdidas con los dineros de la venta de Isagén, a través de una recién creada agencia mixta público-privada llamada Financiera de Desarrollo.

Casi no me quedan renglones para hablar del tercer regalo navideño: la bala. La llamé de fusil, pero parece casi de cañón: mide un jeme de larga y un dedo de gruesa. Es un regalo del gobierno para mí, y, según entiendo, para todos los periodistas del país. Tiene grabados en la vaina un escudo nacional, el logo del Ministerio de Educación, y un letrero de pompa republicana: “Las balas escribieron nuestro pasado. La educación, nuestro futuro”. Me llegó con un mensaje explicativo exaltando los logros del gobierno (con signos de exclamación y todo, como los discursos del presidente: “¡Y ya estamos avanzando!”). Prosa políticamente correcta: paz, futuro, progreso, equidad, prosperidad, inclusión de género, los niños y las niñas. Para rematar, un resbalón: “Podemos estar seguros que”.

Afortunadamente, a diferencia de la bomba de mi infancia que evoqué al principio, la bala del gobierno no se me reventó: tiene un bolígrafo en la punta para enseñarme a escribir.
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