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Opinión

  • | 2014/07/12 00:00

    Se va el procurador

    En lo que a mí toca, me alegro mucho de que el procurador Ordóñez se caiga. Porque como he dicho aquí mismo muchas veces me parece un personaje dañino.

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No estamos eternamente condenados a que, en cada despertar, el dinosaurio todavía siga ahí, como en el cuento célebre de Monterroso. ¡Albricias! Parece ser que este martes se cae el procurador.

No es seguro todavía, dado lo enrevesado y laberíntico, lo demorado y lo contradictorio del ordenamiento jurídico colombiano, que consigue ser a la vez meticulosamente reglamentista y manguianchamente politiquero, a la vez solemne y avivato, lleno de recursos de astucia. Pero este martes que viene debería caerse el procurador Alejandro Ordóñez, si es que el honorable Consejo de Estado, que lleva no sé cuántos meses estudiando morosamente una demanda interpuesta contra su reelección y debe, si quiere, fallarla ese día, no encuentra más argumentos propios o ajenos para justificar nuevas dilaciones y procrastinaciones para no hacerlo.

Y esta frase me salió tan larga y retorcida como si la hubiera redactado el mismísimo Consejo de Estado. Qué diferencia con la brevedad jubilosa de mi primer párrafo: ¡este martes se cae el procurador!

Volviendo atrás: si el Consejo de Estado, ya sea en su Sección Quinta o en su Sala Plena, eso da igual, es coherente con los recientes fallos que ha dictado para anular la elección de un magistrado de la Corte Constitucional y de otro del Consejo Superior de la Judicatura, y tiene en el filo del alero la de otro más de este mismo Consejo, se cae el procurador. Porque el caso es igual. Su reelección se hizo violando un artículo de la Constitución según el cual –y es cosa de sentido común, como debiera serlo todo lo referido a las disposiciones constitucionales– nadie debe ser elegido por los mismos a quienes ha hecho elegir o a quienes ha favorecido nombrando o haciendo elegir a sus parientes. Lo que se ha dado en llamar el carrusel del elígeme para que yo te elija, en donde vuelven a pasar en redondo una y otra vez los mismos caballitos.

En lo que a mí toca, me alegro mucho de que el procurador Ordóñez se caiga. Porque como he dicho aquí mismo muchas veces me parece un personaje dañino. Pero no voy a pretender farisaicamente que me mueve el apego a la norma constitucional. Es casi al revés: me alegro de que la norma sirva para echar a ese personaje que considero dañino. Y lo considero dañino por razones que tampoco pretendo jurídicas, sino políticas. Porque el procurador no se expresa como jurista él tampoco, sino como político. Y me parece a mí que sus concepciones políticas traducidas a lo jurídico, o disfrazadas de jurídicas, son, repito, dañinas para la convivencia pacífica de los colombianos y la felicidad de la nación, tal como yo las entiendo: es decir, desde la libertad, y no desde la autoridad.

Una vez estuvimos de acuerdo el procurador y yo, en un almuerzo. Sostenía él que todas sus decisiones judiciales –como procurador, como consejero de Estado, como magistrado del Tribunal Administrativo de Bucaramanga– habían sido ajustadas a la Constitución y las leyes, sí, pero en primer lugar ajustadas a su fe religiosa de católico tridentino. No se juzga, decía él, sino desde la fe. Y en eso coincidía yo con él. No soy jurista, pero me parece apenas natural que quienes lo son traduzcan a su oficio las convicciones que los inspiran en su vida: políticas, ideológicas, religiosas. Como lo hago yo al mío de columnista de prensa. El problema está en que el oficio de procurador tiene en Colombia demasiado poder, demasiados poderes, a diferencia de la completa inanidad que tiene el oficio de columnista. Alejandro Ordóñez lo sabe perfectamente, y ha usado los suyos en consecuencia, al tiempo que se quejaba de ser víctima de matoneo como los niños de colegio. Ahora se va. O lo echan: y no por matoneo sino por enderezar el error de su elección espuria. Me alegro. No tanto por la forma –lo del artículo tal, el versículo cual–, sino por el fondo: era un procurador dañino.

Ahora bien: espero que sea verdad que se vaya. Porque con nuestro enredado desordenamiento jurídico… 
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