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Opinión

  • | 2014/04/12 00:00

    Unas cuantas frases

    Que el ciego estado colombiano empiece a reconocer las obviedades es revolucionario (si es que de verdad detrás del comisionado Jaramillo está el estado).

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Termina su cofnerencia sobre "la paz territorial” el alto comisionado Sergio Jaramillo con una frase apocalíptica: “Y la realidad es esa: que no va a haber otra oportunidad”.

No es cierto. Siempre hay otras oportunidades, como lo enseña la historia universal. La famosa frase final de García Márquez en sus “Cien años…” –“las estirpes condenadas a cien años de soledad no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra”– es pura literatura, en el más vacío sentido de la palabra: no quiere decir nada. La de Sergio Jaramillo es igual: mero ruido. Pero su conferencia de Harvard publicada en El Tiempo tiene bastante más sustancia que esa hueca amenaza, que parece del propio Juan Manuel Santos en su trance de reelección presidencial. Y que, dado que en Harvard no hay votos, sobra.

Dice seis cosas importantes Sergio Jaramillo (aunque no en el orden en que las voy a citar). Una es la fundamental equiparación de la paz con la justicia, porque si no hay la una no puede haber la otra: “…se trata de reconstruir los elementos básicos de la justicia en el territorio”. Y es precisamente eso lo que despierta el furioso rechazo de los enemigos de la paz, tanto de los descubiertos como de los agazapados, para llamarlos con otra frase famosa de otro comisionado de paz, en otros tiempos. El rechazo o la indiferencia de quienes, como dice el de ahora, “piensan que las cosas están bien como están”.

Otra cosa que dice es la que le da título a su conferencia. Que “…el conflicto ha afectado más a unos territorios que a otros” en el mapa nacional. Otra obviedad, por supuesto. Pero que el ciego Estado colombiano empiece a reconocer las obviedades es revolucionario (si es verdad que detrás del comisionado Jaramillo está el Estado). Otra obviedad, digo, porque en este último medio siglo no ha habido aquí una guerra, sino varias, de acuerdo con las regiones y con los momentos: por la tierra, por la política, por la justicia, por la droga.

Otra frase del comisionado recuerda la propuesta del difunto jefe guerrillero Jaime Bateman sobre lo que él llamaba “ el sancocho nacional”, y es la sensatez misma: que todo el mundo participe. Dice Jaramillo: “Necesitamos que todos los sectores de la sociedad –campesinos, indígenas, afrodescendientes, empresarios, universidades, organizaciones sociales, miembros de la Iglesia– se sientan parte de un mismo proceso; que la paz es de ellos y con ellos, que todos pueden y deben aportar”. Y en su enumeración quedan faltando otros: banqueros, sindicatos, militares, políticos profesionales. Niños y niñas, aunque suene imbécil: también hay que contar con los imbéciles.

Otra de las frases es el recorderis de algo también obvio, pero que muchos temen, incluso dentro de este mismo gobierno de Santos que está negociando con la guerrilla en La Habana: que el fin del uso de la violencia en política “hará la política colombiana más rica y más democrática; y también más agitada y más contestataria”. Esto significa que las manifestaciones, las marchas de protesta, los paros campesinos, no podrán ser reprimidos con el habitual pretexto de que están “infiltrados por los violentos”. Las autoridades tendrán que aguantárselos. Para que, como advierte el comisionado, “nadie que promueva sus ideas políticas en democracia sea víctima de la violencia”.

Y, finalmente, otra obviedad que no sobra reiterar muchas veces, porque también solemos rechazarla por nuestra pereza mental, política, y, en suma, existencial: que “el proceso de paz no se acaba sino, más bien, comienza de verdad con la firma del acuerdo” de La Habana.

Está muy bien lo dicho por Sergio Jaramillo. Pues lo que hemos venido viendo de lo de La Habana es que los del gobierno, callados, solo hablan como reacción al parloteo incesante de las Farc, que tienen bien ensayada su carreta, ellas sí. O bien hablan aquí, a gritos, por boca del ministro de Defensa Juan Carlos Pinzón para apaciguar a los enemigos de la paz. No es a ellos a quienes hay que hablarles. Ni tampoco en inglés a los estudiantes de Harvard. Sino a la gente de Colombia en su conjunto, para explicarle en qué van las cosas, y para dónde van.

Ahora: que no se quede eso solo en frases. 
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