Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/06/04 00:00

Mediterráneo

Algunos de los países de menor peso de la Unión Europea ya son decidida y homogéneamente antiinmigración: Bélgica, Polonia, Eslovaquia, Bulgaria, Hungría...

Antonio Caballero. Foto: León Darío Peláez

Esta semana murieron más de 1.000 personas del Medio Oriente y de África tratando de cruzar el mar Mediterráneo para llegar a Europa. Las imágenes del volcamiento en aguas de Sicilia de un barco repleto de emigrantes deseosos de convertirse en inmigrantes –500 rescatados, 5 muertos– provocaron un impacto sensiblero semejante al de la foto del niñito kurdo ahogado el año pasado en una playa de Turquía. Y las cifras son aún más impresionantes que los videos o las fotografías. La marina italiana socorre tres naufragios por semana, y en la última del mes de mayo rescató 13.000 náufragos. Según la Organización Internacional para las Migraciones en el año 2015 se ahogaron en el Mediterráneo más de 30.000 hombres, mujeres y niños: tantos como en una guerra.

Y es otra guerra más grande la que estos naufragios de fugitivos anuncian. Más grande que las muchas guerras de las que intentan escapar –la de Siria, la de Libia, la del Sudán–; o las de más al sur, las del África negra que desembocan en otras travesías por Marruecos hacia el estrecho de Gibraltar para llegar a España; o las del Asia, la de Afganistán o la de Irak, a través de Turquía para salir a Macedonia o a las islas griegas del Egeo. Es una guerra étnica y religiosa que amenaza con convertirse en una guerra civil en los países de la desde hace 70 años próspera y pacífica Europa en la que los migrantes buscan refugio. Una guerra provocada precisamente por esa búsqueda de refugio, que la mitad de Europa no está dispuesta a darles. No una mitad geográfica, sino una mitad política y sentimental. La de los xenófobos que se oponen a los cosmopolitas, separados unos de otros –más o menos– por la vieja línea divisoria entre derechas e izquierdas.

Llamar a eso una guerra es, desde luego, prematuro. Por ahora no ha pasado de enfrentamientos retóricos en la prensa y en los Parlamentos y de choques entre manifestantes en las calles. Pero ya ha partido por la mitad los grandes partidos del poder –los demócratacristianos en Alemania, los socialistas en Francia, los conservadores en el Reino Unido–, y fortalecido las ultraderechas populistas, nacionalistas y xenófobas de todo el continente. Algunos de los países de menor peso de la Unión Europea son ya decidida y homogéneamente antiinmigración: Bélgica, Polonia, Eslovaquia, Bulgaria, Hungría… En general los países del antiguo “socialismo real” de la órbita soviética: se ve que no caló mucho en sus pueblos el internacionalismo proletario. Los acompaña la ultracapitalista y neutral Suiza. Y en los más grandes la división es cada día más pronunciada y agria. En Alemania la muy amada demócratacrisitiana Angela Merkel pierde respaldo por su política de acogida, y a su derecha crecen las organizaciones populistas de derecha xenófoba y neonazi: Pegida (Patriotas Europeos contra la Islamización de Occidente) y AfD (Alternativa para Alemania). En Inglaterra los conservadores se dividen, se fortalece el Ukip (Partido por la Independencia del Reino Unido) y el referéndum sobre la salida de la Unión Europea (Brexit), que empezó como una discusión económica, se ha vuelto un tema de inmigración libre o cierre de fronteras. En Francia –olvidada la famosa frase de que “todo hombre tiene dos patrias: la suya y Francia”, que se atribuye a Jefferson y a Franklin– se cierran las tradicionales puertas del asilo, y cobra más ímpetu la derecha racista del Frente Nacional. En Italia, el país que más directamente recibe el impacto de la llegada de los refugiados, la división es geográfica: la Liga Norte y el partido berlusconiano Forza Italia del norte rico están contra la acogida de inmigrantes, mientras que el sur tradicionalmente más pobre los recibe.

Sobre Inglaterra y Francia, un dato llamativo. La política de sus capitales contradice la de sus gobiernos nacionales respectivos. Pero es que el alcalde de Londres es hijo de inmigrantes pakistaníes, y la de París es hija de inmigrantes españoles.

Tal vez el caso más elocuente sea el de Austria. Un pequeño país en la bisagra de Europa, que fue entusiastamente nazi durante la Segunda Guerra Mundial, y en el periodo de entreguerras la patria del cosmopolitismo liberal centroeuropeo, y antes la cabeza de un gran imperio multinacional. En Austria acaban de celebrarse elecciones presidenciales, para un cargo más bien honorífico y sin poder real, pero con muy alta participación ciudadana: más del 70 por ciento. Barridos los partidos tradicionales –conservadores y socialdemócratas– la disputa se dio en torno a la política migratoria de dos candidatos atípicos: uno de los progresistas Verdes, partidario de la acogida de los refugiados, y otro de los nacionalistas de ultraderecha, partidario del cierre de las fronteras. Ganó el primero, pero por los pelos: por solo 31.000 votos de diferencia; y solo al día siguiente de las elecciones: cuando se contaron los votos por correo de los austriacos que viven en países extranjeros.

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