Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/10/29 00:00

Marear la paloma

Que se den cuenta por fin de que Uribe no tiene la menor intención de contribuir a la paz por la sencilla razón de que no quiere que haya paz en Colombia

Antonio Caballero. Foto: León Darío Peláez

Leo que Uribe no piensa acudir a la cita que tiene hoy (escribo en la mañana del jueves) con el presidente Santos para seguir discutiendo sobre el Sí y el No. Que no lo inviten más. Que no le toleren más coqueterías de prima donna. Lo único que hace es aprovechar las invitaciones para ganarle tiempo a su rechazo: no para

destrabar el proceso de paz entorpecido por el triunfo del No en el plebiscito, sino para enredarlo más. Uribe está haciendo lo que en España llaman “marear la perdiz”: inventar maneras de hacerle perder el tiempo al otro, fatigándolo. La expresión viene de un modo de cacería de la perdiz a caballo: se la levanta una y otra vez obligándola a alzar su corto vuelo, y ella se cansa pronto: es el momento entonces de cogerla con la mano, y romperle el pescuezo.

Insisto: no más. Ya basta. Que no le hagan más caso. Que no lo inviten más. Que se den cuenta por fin de que Uribe no tiene la menor intención de contribuir a la paz por la sencilla razón de que no quiere que haya paz en Colombia. Y a la tentativa de que la haya quiere romperle el pescuezo.

Ahora se acaba de inventar otra estratagema dilatoria: otra carrerita para fatigar más a la ya casi exhausta paloma de la paz. Salió con su más modosa vocecita untuosa de monaguillo a pedirle a la Conferencia Episcopal que les diga al gobierno y a las Farc “que nos ayuden a hacer esas reformas de fondo” que necesitan los acuerdos. ¿Se necesita más demostración de que no quiere colaborar con las partes en los acuerdos de paz? Quiere exactamente lo contrario: que las partes contratantes le ayuden a él a sabotear el contrato. A él: como si los votantes del No lo hubieran nombrado personero y árbitro, juez y parte. Y de antemano anuncia: “Un inamovible: no entregar el país a la Far”. Es decir, que no se haga lo que su propaganda dice que los acuerdos están haciendo, y que solo su propaganda define así.

Lo que busca Uribe, y aspira a lograr por extenuación del adversario –que no son las Farc, sino Santos, que baja y baja en las encuestas a medida que el impasse se prolonga–, es un pacto nacional contra la paz.

Manifesté aquí la semana pasada mi sospecha de que Uribe está estudiando la biografía de ese gran enemigo de la paz del país que fue Laureano Gómez. Él mismo reconoció hace unos meses que su campaña de “resistencia civil” se inspiraba en las tácticas con que aquel caudillo conservador emprendió la tarea de “hacer invivible la república” en los años cuarenta. Y en eso sigue, resucitando con su invento del castrochavismo santista la tesis laureanista del basilisco liberal, que condujo entonces a la Violencia. “Nuestro basilisco –peroraba Laureano– camina con pies de confusión y de ingenuidad, con piernas de atropello y de violencia, con un inmenso estómago oligárquico, con un pecho de ira, con brazos masónicos, y con una pequeña, diminuta cabeza comunista, pero que es la cabeza”.

Esa es la misma cabeza comunista que los pactos del Frente Nacional expulsaron de la vida política hace 60 años, echándola al monte. La que Uribe quiere aplastar con el talón: la cabeza de la culebra que todavía está viva. De ahí vienen sus exigencias para reformar los acuerdos, que en realidad van dirigidas a liquidarlos, pues de antemano las sabe inaceptables. No solo el indemostrable “inamovible” de la indefinible “entrega del país”, sino también las más precisas propuestas sobre justicia o sobre reparación de víctimas. Uribe no quiere mejorar la justicia: no quiere que haya justicia, salvo para las Farc, porque si la hay para todos la teme para sí y para los suyos. No quiere que haya restitución de tierras a los despojados porque los suyos son justamente los despojadores, a quienes llama “poseedores honestos, cuya buena fe debe dar presunción, no desvirtuable, de ausencia de culpa”. Ocho millones de hectáreas expoliadas, siete millones de campesinos forzados al desplazamiento: pero Uribe quiere llamar a eso “empresa agrícola transparente”, y a sus agentes del paramilitarismo asesino, del notariado corrupto y de los terratenientes codiciosos, poseedores de buena fe. ¿Y las víctimas? Ya lo han dicho los uribistas: “Migrantes internos”.

Uribe no quiere la paz. De modo que ya basta: que no lo sigan invitando a firmarla. 

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