Martes, 2 de septiembre de 2014

AÑORANZAS DE UNA MAQUINA DE ESCRIBIR

| 1992/03/30 00:00

AÑORANZAS DE UNA MAQUINA DE ESCRIBIR

por María Isabel Rueda

Eso de sentirse uno analfabeta en su propia casa es verdaderamente humillante

DESDE QUE ME PASE DE LA MAQUINA de escribir mecánica a la eléctrica no había sufrido un trauma tecnológico tan profundo. Recuerdo que me costó trabajo acostumbrarme porque me parecía que la máquina eléctrica respiraba. Pero tal y como tenía que suceder, finalmente archivé la mecánica y hoy mis hijos la utilizan de escalera.
Pero el trauma de entonces es insignificante al lado del que he tenido que padecer por culpa del computador. Por primera vez consideré la posibilidad de dar el salto cuando comencé a sentirme excluida de las conversaciones de mis amigos, que se convirtieron en unos verdaderos traficantes de "diskettes". Pero me decidí definitavemente cuando escuché una agitada discusión entre mis dos hijos de ocho y cinco años sobre "la extraordinaria docilidad del world perfect", según uno, pero "la insuperable agilidad del lotus", según el más pequeño. Ambos me miraron con una mezcla de compasión y de desprecio cuando les pregunté si estaban hablando de perros o de gatos. Eso de sentirse uno analfabeta en su propia casa es humillante.
Mi primera gran sorpresa ocurrió cuando descubrí que los computadores no pensaban, que era donde yo, en mi infinita ignorancia, creía que radicaba la importancia del computador. Que no pensaban, pero que eran tan temperamentales como el que más entre los seres humanos. El mío, por ejemplo, en el que escribo estas líneas, se cansa, se duerme, se ofusca cuando hace mucha calor y se apereza cuando hace mucho frío. Varias veces me ha sucedido que no me obedecen los comandos, y que el computador se empeña en pasearme por funciones totalmente desconocidas, de tal manera que una columna de estas, que en una máquina de escribir tomaba un tiempo determinado, ahora me toma el doble, mientras estudlo el manual (F3-F3) que me indica qué controles debo utilizar para encontrar nuevamente mi camino hacia el malogrado texto. Para hacerle honor a la verdad, mucha veces he tenido que terminar mis columnas a mano. Por lo menos así tengo la confianza de que lo escrito, escrito queda, y no corro el riesgo de que se borre como consecuencia de un sólo error, o por culpa de que el computador sencillamente no estaba en genio de archivarlo.
¡Cuántas veces he llegado a añorar mi vieja máquina de escribir eléctrica! Aún recuerdo cuando la sacaba de la biblioteca, la conectaba, la encendía, y ya. Con el computador, imagino que por ser más moderno, la cosa es un poquito más complicada. Hay que sacarlo, conectarlo y encenderlo, claro. Pero hay que esperar a que él se desperece, se acicale, se componga, se revise que tenga todo completo y finalmente me pida mi nombre clave. Yo no sé que piensen los técnicos en la materia, pero todavía no entiendo por qué tengo que identificármele todos los días a mi computador, siendo yo, como soy, la única dueña. Y después tengo que invertir un tiempo semejante en ir desechando posibilidades, sobre si quiero esto, o lo otro, o lo demás allá. Los computadores no están inventados para que se llegue de una a lo que se quiere hacer, como es el caso de la máquina de escribir, que se hizo para escribir. Pero el problema de encenderlo es pálido, al lado del de apagarlo. ¿Han intentado ustedes apagar un computador cuando están de afán? Con la máquina de escribir la cosa era sencilla. Simplemente se apagaba. Con el computador hay que contestar un nuevo interrogatorio, desechar otra buena cantidad de posibilidades, y todavía cuando pregunta si quiero salir, y contesto que sí, hay que cumplir con algún otro homenaje para que el aparato se apague con honores que no se le brindan ni al Presidente de la República.
A los computadores les dan unas crisis rarísimas y sofisticadísimas. Si "se cae el sistema" (frase que ahora se escucha con frecuencia en las oficinas públicas cuando los que tienen pereza de trabajar son los propios funcionarios), sálvese quien pueda. Eso puede ser cualquier cosa. Desde una simple gripa electrónica hasta un sida cibernético. En cualquier caso el que pierde es usted, porque le queda en blanco la pantalla del computador hasta que uno de esos expertos en el tema, de los que llegan, no hablan, se sientan, comienzan a oprimir teclas y más teclas, descubra que el problema consistía en que el cable del aparato estaba "oprimido" con la pata de la silla.
Pero sin duda alguna, quizá lo más peligroso de un computador es que aunque no piensa, sí toma iniciativas. El otro día me atreví a permitirle que corrigiera el texto de una de mis columnas, y como le dio por reflexionar que la palabra "Bush" no existía en el idioma español, resolvió cambiármela por la palabra "Bahías". Eso de quedar uno diciendo que le da lástima con "Bahías", en lugar de que con Bush, es consecuencia de que los computadores tengan iniciativa. Vaya uno a saber quién fue el chiflado al que se le ocurrió que un aparato que no piensa puede decidir.
Yo he llegado a la conclusión (N.de la R.:Cuando la columnista iba a concluir que de pronto lo que le está pasando últimamente a Gaviria es que está gobernando por computador, se le cayó el sistema).-

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