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Opinión

  • | 2013/09/26 00:00

    El Parlament de Catalunya y la violencia en Colombia

    Contemos votos en unos meses y después nos seguimos dando plomo hasta que volvamos a hablar de paz.

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Tal como pinta la movida en Bogotá y La Habana, la resolución aprobada unánimemente por la Comisión de Asuntos Exteriores del Parlament de Catalunya el pasado 20 de septiembre en apoyo al proceso de paz de Colombia terminará en el cesto de la basura. 

La historia ya nos la sabemos de memoria: llegaron las elecciones y los políticos se irán al Congreso y la Presidencia, y el país que se irá a la mierda. Contemos votos en unos meses y después nos seguimos dando plomo hasta que volvamos a hablar de paz. La única política de Estado en Colombia es no tener política de Estado. 

No hay un solo tema doméstico o internacional en el que todo el arco político del país se ponga de acuerdo. Todo se mide en votos y puestos y los asuntos estratégicos de Colombia solo preocupa al mundo académico, amén de algún diletante dedicado a escribir libros que nadie lee. El tiempo corre inexorable y la violencia es una bomba de relojería que terminará estallando en la cara de todos.

La resolución aprobada en Barcelona contó con el respaldo de todos los partidos que tienen asiento en el hemiciclo. partidos de centro derecha, nacionalistas, independentistas, socialistas, comunistas, ecosocialistas y anticapitalistas respaldaron el diálogo para alcanzar la paz en Colombia. La experiencia de una Guerra Civil que cobró cientos de miles de muertos y exiliados hace que los partidos catalanes, a pesar de sus profundas diferencias, se junten para rechazar la violencia como arma política.    
     
Hubo un primer paso antes de llegar al Parlament. Lo dimos los colombianos y colombianas residentes en Cataluña. Estimulados por el acuerdo suscrito por el gobierno del presidente Santos y las FARC se formó un espacio plural: Colombia en Pau. Allí se empezó a juntar gente deseosa de sanar heridas y pasar página. 

Exiliados de distintos orígenes políticos y económicos se juntaron con víctimas de crímenes ejecutados por agentes estatales y paramilitares y con gente que se vio afectada por la acción de la guerrilla y en el pasado marchó contra ella. El enfoque hegeliano del reconocimiento que practicamos entre unos y otros, recortó las distancias que existían frente a la guerra y la paz, hasta que finalmente se llegó al acuerdo de juntar voluntades en favor del diálogo y la reconciliación. Así fue como el Parlament de Catalunya le abrió las puertas a Colombia en Pau. 

Una lección parecida se vive en los mares del Norte. El pasado 9 de septiembre hubo elecciones en Noruega. El bloque opositor de derecha fue el más votado y probablemente los socialdemócratas saldrán del poder. Estos resultados, sin embargo, no afectarán la decisión del Estado noruego con respecto a su papel de garante en el proceso de paz colombiano. A ningún político noruego se le ocurriría cambiar de la noche a la mañana las políticas de Estado consensuadas entre los partidos y la sociedad. 

Volvamos a Colombia. Los primeros trinos y rifirrafes preelectorales entre los candidatos de los partidos del poder son dignos de un diccionario canalla. Los foros de los lectores tienden a convertirse en escuelas para criminales. El archiconocido dilema entre la guerra y la paz lo asumen los dirigentes políticos con el mismo criterio con el que resuelven sus líos familiares. A empujones y gritos y otras veces a golpes. Ningún asomo de establecer políticas de Estado. 

Las negociaciones de paz pueden terminar mal. Ruego a toda clase de dioses para que resulte todo lo contrario. Para los políticos más listos quedan las curules del Congreso y la Presidencia de la República. Para le gente colombiana de a pie queda la violencia en todas sus formas. 

Una violencia extendida en términos territoriales e indefinida en términos temporales. La violencia que se vive en Guatemala multiplicada por 11 o la violencia que se vive en El Salvador multiplicada por 55. Así es el tamaño de Colombia y así será el tamaño de su violencia. 
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