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Opinión

  • | 2013/04/29 00:00

    ¡Apuesta de película!

    La industria cinematográfica colombiana deja 600.000 millones de pesos anuales en las cuentas nacionales, genera miles de empleos y atrae la inversión extranjera.

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¿Que hace su hijo?  En realidad nada, él estudió cine.

De habernos tragado esa lapidaria sentencia, Colombia no sería ahora la cuarta mayor industria cinematográfica de Latinoamérica, un sector no tradicional aportante con cerca de 600.000 millones de pesos anuales a las cuentas nacionales, que genera miles de empleos y atrae fuerte inversión extranjera hacia coproducciones y contratación de servicios audiovisuales.

Y hubiera sido imposible que más de dos millones de personas anualmente en el país y otro tanto afuera, vieran, disfrutaran o rabiaran con 114 largometrajes nacionales desde el 2004 (la tercera parte de la producción doméstica del siglo XX); que éstos llegaran a festivales internacionales (con treinta premios a diferentes géneros el pasado año), muchos hechos como opera prima de nuevos realizadores con el aporte de guionistas, músicos, técnicos y artistas que dicen cómo es posible vivir de la creatividad y rehacer el mundo a la voz ¡¡¡cámara acción!!!

Tan atractivo resulta que en la reciente reforma tributaria ante la que no cesan críticas, basándose en la ecuación de que el fisco aporta una suma equis para el cine y esta industria cultural le devuelve equis más uno, el Gobierno subió de 125% a 165% la deducción para personas y empresas inversionistas en películas nacionales; y al tiempo, con la ley 1556 diseñó un nuevo fondo previsto en 25 mil millones de pesos anuales para estimular la contratación de servicios locales por quienes vengan a filmar al país.

No todo tiempo pasado fue mejor. Rebobinando quince años recordaríamos la carcajada de funcionarios, economistas, incluso de algunos cineastas curtidos en empeñar casa, carro y algún miembro de familia para hacer películas, cuando se propuso quitarle algo al presupuesto de guerra y carreteras, dárselo en incentivos a quienes invirtieran en películas colombianas y, además, devolverle al cine parte de los impuestos que pagaba y que iban a burocracia o, claro está, a mordidas de la corrupción.

Y así se hizo. Como quijotada de buen augurio, el pasado 23 de abril, fecha en la que quedó registrada la muerte de Miguel de Cervantes, se celebraron quince años del nacimiento del Fondo Mixto de Promoción Cinematográfica (Proimágenes Colombia), una mesa en la que se sentaron varios ministerios, academia, así como productores, exhibidores y distribuidores, antes irreconciliables, para concertar cómo superar aprietos históricos.

Esa entidad, en donde escaseaba el dinero para subsistir, nació de la cabeza deshilachada, sorprendente de Felipe Aljure, y fructifico con la energía inagotable, casi obsesiva, de Claudia Triana, hasta convertirse en un ejemplo de asociación público privada que gestó la ley de cine (814 de 2003) y otros instrumentos.

Una fórmula simple. Se eliminó uno de los impuestos de la boleta y se constituyó el Fondo para el Desarrollo Cinematográfico que desde entonces ha desembolsado alrededor de 90 mil millones de pesos en producción de películas nacionales, objetivo que incluye capacitación, escritura de guiones, participación en mercados y festivales, distribución, presencia en cines, televisión y nuevos medios digitales.

Además, quienes reinvierten en infraestructura, producción o distribución  reciben 50% de exención en renta. Así, las  pantallas cinematográficas pasaron de menos de trescientas en 2004 a 689 en 2012, y la asistencia se movió debajo de 20 a 40.8 millones de espectadores; el pasado año el público compró boletería por 328 mil millones de pesos, con lo que el Fondo tiene cerca de 20 mil millones de pesos este año (empezó con menos de cuatro mil) al paso que la boleta disminuyó de precio en términos reales a un promedio de ocho mil pesos, entre los menores del Continente.

Por otra parte, la deducción tributaria de la ley de cine por 165% sobre cada inversión en películas colombianas, ha traído un caudal cercano a 107 mil millones de pesos procedentes de empresas diversas incluso de esferas publicitarias, petroleras o de pensiones.

Falta aliento para que Colombia opte por una economía creativa basada en campos audiovisuales, editoriales, musicales, de espectáculos o turismo cultural, en similar prioridad que los servicios financieros, la minería o los cultivos altamente depredadores del medio ambiente.  Islandia, por eso noticia, dio el viraje en momento de crisis y en poco tiempo logró que la cultura compita en los primeros renglones de su PIB.  

El cine rueda en esa vía. Hasta el más renuente lo entiende como un campo de vasos comunicantes con ciencia, tecnología e innovación, emprendimiento productivo, empleo o tecnologías de la información, y cuyo rédito más importante es quitarle espacios a la violencia.

Imposible ocultar que hay películas colombianas insufribles, que muchas no logran punto de equilibrio entre taquilla e inversión o que otras de mayores utilidades vienen contaminadas con el vacío argumental de las telenovelas; hay concentración de academias, salas y trabajo en pocas ciudades capitales. Eso no desestima logros aunque invita a redefiniciones, incluso hacia una estrategia integral audiovisual que mantenga sanos límites y diferencias entre el lenguaje cinematográfico y televisivo.

La primera película colombiana, El drama del 15 de octubre, estrenada en 1915 sobre la muerte de Rafael Uribe Uribe, y la más reciente aun en cartelera, Roa, visión humana del homicida de Jorge Eliécer Gaitán, coinciden en mostrar con bella distancia caminos andados en la forma de contar la historia y de hacer este arte.

Si al hipotético padre con el que abrimos le preguntaran hoy qué hace su hijo, bien podría decir: es cineasta… cuenta y hace historia.

* Asesor de proyectos culturales en países latinoamericanos. En el campo cinematográfico en Colombia ha asesorado la conformación del modelo de financiaciones, política pública  y legislaciones. Trabajó en el proceso similar en República Dominicana. Productor asociado de varias coproducciones colombianas e internacionales. Catedrático de la Escuela  de Cine de San Antonio de los Baños en Cuba y en otras universidades en Colombia. Escritor, columnista en medios nacionales e internacionales.
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