Domingo, 4 de diciembre de 2016

| 1997/09/15 00:00

AQUELARRE

AQUELARRE

De las academias ¡líbranos, señor!", clamaba Rubén Darío en sus Letanías al señor don Quijote. Pero se lo pedía a alguien que no consiguió ganar nunca ningún combate: ni contra los molinos, ni contra las ovejas, ni contra la locura. Era lógico que perdiera también contra las academias. Y perdió de la más humillante manera: viéndose obligadoa servirlas. Puesto al servicio de las academias el libro de El Quijote, que fue escrito desde una soberana libertad, ya no se lee con libertad.Don Quijote _es decir, la libertad de la cultura_ acaba de perder otra batallita más: acaba de ser creado en Colombia el Ministerio de Cultura. Isadora de Norden, la última directora de Colcultura, pide que al Ministerio "se le dé un compás de espera de dos o tres años" antes de criticarlo. No. A los errores no hay que darles compás de espera, y la creación de este Ministerio es un error. Un error de principio, un error ya de sobra comprobado en la historia, y un error que, desde el primer día, está siendo corroborado por la práctica.De principio. La cultura no debe depender del Estado. Ni para ser protegida y fomentada, como dicen ellos, ni para ser dirigida o reprimida, como temen otros. No debe tener nada qué ver con el Estado. Porque la cultura es _como explicaba Burckhardt, uno de los inventores del concepto_ la crítica del Estado y de la religión, que con ella forman la tríada de 'potencias' de la historia. Someterla a aquello que debe criticar es una aberración peligrosa. Y con esto pasamos al error comprobado en la historia.No es que la cultura colombiana vaya a ser férreamente controlada por el Estado a través del nuevo Ministerio, claro está. No solo por la notoria incapacidad del Estado colombiano para controlar lo que sea, sino porque eso no ha ocurrido jamás en ninguna parte. Ni en los regímenes teocráticos ha estado la cultura sometida por completo a la religión, ni en los totalitarios al Estado. Volviendo al ejemplo del principio: El Quijote pudo escribirse en la España sometida a la Inquisición de la Iglesia y al absolutismo de los Austrias; y bajo tales poderes no solo se creó ese libro, sino todo lo que ese libro cuenta: la cultura española del siglo XVI, con sus pastores, sus locos, sus duques, sus presidiarios, sus curas, sus venteros, sus poetas, sus soldados _y hasta su Inquisición y su Rey_. No es tan fácil acabar con la cultura "sacando la pistola", como decía Göering en la Alemania nazi y quiso hacer Jdanov en la Rusia estalinista. Pero los daños y los padecimientos que causan esas tentativas de absorción han sido siempre inmensos.Lleguemos a la práctica. El presidente Samper anuncia que el nuevo Ministerio "se debe convertir en el sitio obligado de encuentro de los trabajadores de la cultura". Demagogia. La cultura es lo que la sociedad genera espontáneamente frente a la religión y frente al Estado, y no lo que unos trabajadores especializados hacen por encargo de la una o del otro (aunque tales encargos hayan formado siempre parte de la cultura). El presidente Samper promete pensiones vitalicias, a cargo de los Seguros Sociales, para "los grandes maestros colombianos". El nuevo ministro Ramiro Osorio, por su parte, dice que su primera tarea será la inauguración de "un Centro Artístico y Cultural de los Niños". Los 'trabajadores', los ancianos, los niños: demagogia. ¿Y las mujeres qué? Un compás de espera, y ya tendrán ellas también 'su cuota'. Y los indígenas tendrán la suya, y las negritudes la suya. Y, como tanto Samper como Osorio prometen la "descentralización de la cultura", también tendrán su cuota respectiva la Costa, los Llanos, Antioquia, el viejo Caldas, el Huila, Ciudad Bolívar en el sur de Bogotá, Mompox, Suba, Tuluá, Sátiva Norte (y Sátiva Sur). Demagogia. Y clientelismo. Tendrán cabida _asegura el ministro Osorio_ "todos los colombianos". ¿No hemos oído eso alguna vez antes, en alguna parte?Sí: toda la vida, en Colombia. Pues el Estado colombiano, que no es ni teocrático y totalitario (aunque mucho tiene de clerical y de burocrático: y sí, tranquilos, también tendrán sus cuotas culturales los curas y los empleados oficiales), es demagogo y clientelista: demagogo a través del clientelismo. Se vio en el acto de presentación del nuevo Ministerio, al que, informa la prensa, asistieron "las más representativas personalidades de la cultura (?) y la farándula (?), siete ministros del gabinete (!) y un numeroso grupo de directores de institutos nacionales y descentralizados (!!!)". Dijo Samper en su discurso que aquello no había sido "un aquelarre de ilusos". Con razón, porque un aquelarre es una reunión de brujas. Pero fue peor: fue una reunión de demagogos clientelistas.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.