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Opinión

  • | 2008/01/12 00:00

    Aquello que me hace antitaurino

    Juan Eugenio Ceballos piensa que el de los toros es un espectáculo imperfecto en sus diferentes expresiones.

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En 1972 Conchita Cintrón mencionó que cuando el dinero comenzó a pasearse por los callejones y patios de cuadrillas, la corrupción ya habitaba en el mundo del toro. Chantajes, drogas, sobornos, monopolios, cortes de pitones y procesos ilícitos. En contraposición, cuando el estamento taurino está en orden, el público acude confiado, los artistas derrochan toda su verdad, la materia prima es de puro bravo, el periodismo es independiente, los apoderados forman toreros y el empresario paga lo justo e invierte para perpetuar el espectáculo. De cuando en vez elevo algunas letanías para que el disponer divino nos defienda de tanto elemento sórdido que rodea el mundo de los toros:

Sórdido es un sector del periodismo al que lo mueven el lucro personal, el deseo de ser el mejor, la mezquindad y el ansia de poder. Una crónica arrodillada y perniciosa ejercida por aduladores que utilizan como vehículos el codilleo y la envidia para tapar a sus homólogos de profesión. Se han preguntado ¿cuál es el papel del cronista taurino? A menudo confunden y desinforman. Es un grupúsculo que con su jerigonza exalta hasta el paroxismo para quedar bien con el empresario, torero o ganadero. ¿Cómo los percibe el aficionado? Con frecuencia encuentra conceptos amañados, nota el sesgo cuando se ‘inflan’ toreros, cambian pitos por palmas, ovaciones por vueltas al ruedo, una oreja, por la misma con petición de otra y a veces no alcanzan los apéndices, pero sobran en la mente del informador.

Con mucha frecuencia prensa, radio, televisión y medios electrónicos son prontos con entrevistas a quienes dispensan gruesas sumas de dinero por tapas de revistas o rótulos en la Internet; ¿cuál independencia si mezclan redacción con publicidad y afición con ambición? señuelos de falsa apariencia que revelan carencia de crítica independiente. Juzgan a los toreros rivales de quien defienden o se autocensuran en beneficio de aquel con quien comparten la misma mesa.

En semejante línea andan los tratantes de novilleros, aquellos ‘ponedores’ con rótulo de apoderados que los explotan dizque poniendo plata, para esperar una alternativa que colme sus arcas. Un oportunista al que sólo le interesa firmar contratos más que formar toreros. Idénticos congéneres los ganaderos que manipulan probetas para atender solicitudes de toros más comerciales que bravos, que convierten las tientas en fiestas para ganar imagen y prestigio social, y por ahí derecho se tiran el futuro de la ganadería.

Cáusticos en su proceder, los jurados taurinos que por razones políticas trocan un trofeo. Los de la toga son nombrados a veces en la sombra por empresas que ponen a concursar novilleros por un cupo en las ferias grandes, cuando ya lo tienen adjudicado a dedo, dejando agraviados a muchos con el despojo. Ah, y en las ferias de temporada cuando se apegan a la subjetividad para coronar al que no era; se cuidan sí, de beneficiar a un apoderado que se le antoja darle un ‘bañito’ adicional de oro a su torero.

Desacertados fallos de presidencias desgastan un reglamento que entonces para qué si permiten carruseles a mansalva, picar a toro tapado o fuera de jurisdicción, y no toleran banderillas negras para quedar bien con el ganadero. Cuando en rejones otorgan orejas con animales descordados, cuando a causa de la lluvia no se posterga un festejo y se pone en riesgo la integridad del artista. Pero atentos sí, cuando no sustituyen un toro que se malogra al salir al ruedo, acusando falta de criterio y sentido común en favor del público.

A renglón seguido vulneran los derechos de los espectadores cuando se niegan orejas, perdiendo de vista la democracia que reserva el reglamento para el acudiente. Cicateros al conceder vueltas al ruedo, al perdonar la muerte de algunos toros (legalistas al extremo) y cuando indultan otros que hasta el mismo ganadero ordena apuntillar: aspectos de sofocante subjetividad que enardecen al aficionado.

Igual de equivocados cuando salen toros cojos que no cambian, suena la música cuando el torero deja trompicar la muleta, es desarmado o cogido. Cuando al salir un manso no lo prueban en varas, patentan el monopuyazo o aceptan eliminar la vara por petición del torero. Incorrecta actitud cuando por arte de birlibirloque y anuencia de la autoridad algún español —siempre he visto a un español— cambia el orden de la lidia para no ir por delante, dizque para que no le toque "romper el hielo" con el público.

¿Acaso se dan cuenta que no es igual pitar y silenciar la labor de los baratos toreros criollos que los caros importados? El torero colombiano, en general poco placeado siempre tendrá justificación cuando un toro le pide el carné, una faena no es aseada, confunde la técnica o es encimista. Los otros, que se encogen de hombros y gesticulan para el tendido, dan a entender que nada pudieron hacer cuando sólo utilizan el pitón más potable para no arriesgar, ligando faenas a medias o saliendo de la suerte al entrar a matar para asegurar los dólares. Dejémoslo en que cobran y se van sin torear.
Estas lumbreras dicen —y algunos medios justifican lo injustificable—, que cuando sale un toro difícil, no sirve y ya, a uno de ellos le escuché que no tenía por qué demostrárselo a nadie. Les falta actitud, entrega y compromiso. Estos toreros no valen lo que cobran, son un engendro de la prensa nociva que los pone a valer por encima de su precio. Es la causa de la inflación en el espectáculo taurino.

Al año siguiente son los primeros en estar colgados en los carteles; ¡esos!, quienes viven de las charreteras, pero cuando conquistan un sitio se alivian. Es el origen de una estafa taurina en contra del espectador que es ‘ciego’, porque le venden un nombre y se conforma con ver el bulto y no el artista; y contra el aficionado porque quiere observar una instantánea de arte, un momento ceñido de valor y de verdad, un derroche de técnica, pero se dejan meter el ‘embuchado’ por la sinrazón de la romántica faena que algún día —uno muy lejano— les vieron.

Es que… se hacen, porque cuando alternan con toreros de verdad, aquellos que por la enjundia y el valor suelen situar el listón muy alto, ahí sí, lidian el toro de las malas ideas y quieren estar. Demuestran con tal actitud que sí pueden, pero cuando quieren. Y qué tal el ardid de los ‘picaritos’ que ejecutan el trasteo al hilo del pitón, que retrasan la pierna, que torean con el pico de una muleta grandísima, que se sumergen hasta los bajos con la espada y que descabellan cuando el toro no está suficientemente herido con la espada.

Soy proclive a la urticaria con ciertos aficionados cuando al pontificar regurgitan la última faena; que se exhiben en los tendidos y se ufanan de su intelecto taurino, que manotean para allá y para acá. Exhibicionistas de semejante estirpe, unos cuantos pavos de callejón que se lucen porque hospedan sus nalgas en el incómodo, frío y langaruto cemento del palco. Por analogía, algunos miembros de juntas técnicas perpetuados en sus cargos por heredad, con una ‘humildad’ que compite con la terna del festejo.

La tapa del congolo es pagar una localidad cara para presenciar artistas y encierros de regular calidad. Cara porque muchas de las ‘figuras’ que importan no quieren estar y se alivian ante la faz de unos toros con menor peso del acostumbrado en España. Cara porque muchas veces el toro que comparece se debate entre la relatividad de la edad, el peso, el trapío y uno que otro pitón modificado. Cara cuando los cronistas ‘inflan’ toreros y ganaderías desde portadas, micrófonos y páginas de Internet. Y cara cuando el espectáculo que se brinda raya en lo aceptable para la sumatoria, de acuerdo con la verdad técnica que demuestran las estadísticas. No hay "nada del otro mundo", que justifique a juzgar por la realidad, entradas ‘dolarizadas’.

El de los toros es un espectáculo imperfecto en sus diferentes expresiones. No obstante en mi alma pesa más el duende que se contagia por transmisión generacional —¿acaso por transmisión genética?—. Cierta vez me descubrí sensible a esa faceta del arte intrínseco que habita el ser humano, me sacude la belleza de su plástica. Pero qué se le hace, sigo husmeando por los ruedos cualquier aliento de repentismo, algún fugitivo soplo de arte… un santiamén de quietud.

 

*Miembro de Crotaurinos. Nominado en el año 2007 al Premio de Periodismo Revista Semana – Petrobras en la categoría Mejor columnista de opinión.



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