Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2009/01/19 00:00

Aquí nadie renuncia...

Si el presidente cambió la constitución para reelegirse por primera vez y si está intentando hacerlo de nuevo, Daniel García sólo ha seguido su ejemplo

Aquí nadie renuncia...

En Estados Unidos, al gobernador Bill Richardson le tocó renunciar al puesto de secretario de Comercio del nuevo presidente Barack Obama, debido a que tenía una investigación por haber presuntamente favorecido a una empresa durante su mandato como gobernador de Nuevo México. Y el nombramiento de Timoty Geithner como nuevo secretario del tesoro anda embolatado porque no pagó a tiempo una parte de sus impuestos -el faltante fue pagado luego de que una auditoría lo descubrió- y por haber contratado a una persona sin papeles. Si aquí aplicáramos esas mismas pautas a la hora de nombrar los funcionarios, probablemente llegaríamos a la conclusión de que varios miembros del gabinete y del sanedrín del presidente Uribe o bien nunca deberían haber sido nombrados o, en su defecto, habrían tenido que renunciar hace rato. Por no hablar de los pocos que terminarían posesionándose si aquí se les hiciera un escrutinio previo en materia del pago de sus impuestos.

Pero, repito, si aquí aplicáramos las pautas convencionales que operan en las democracias reales, un ministro como Fabio Valencia Cossio no habría sobrevivido ni un mes, habría tenido que renunciar de manera estrepitosa desde cuando se destapó el escándalo de su hermano en la Fiscalía de Antioquia y se le acusó de pertenecer a la mafia y de poner al servicio del bajo mundo su puesto y su oficio. Pero como aquí las cosas suceden al contrario, la historia ha tenido un desarrollo diferente: los únicos que terminaron renunciando a sus puestos fueron sus viceministros, y Valencia Cossio, a quien la Fiscalía le abrió recientemente una investigación por presuntas relaciones con un para del Magdalena Medio, sigue tan atornillado a su puesto, como Diego Palacios, el ministro de Protección. El solito tiene la pendejadita de tres investigaciones en curso -dos disciplinarias, abiertas por la Procuraduría que lo indaga por su presunta participación en el asunto de la Yidis-política, y otra penal, adelantada por la Fiscalía que lo investiga por el delito de cohecho-. Que se sepa, a él nunca se le ha oído conjugar el verbo renunciar, a pesar de que hoy le debe estar dedicando más tiempo a su defensa que al ministerio. Como tampoco lo ha hecho Sabas Pretelt, quien sigue de embajador en Roma a pesar de que aquí tiene las mismas tres investigaciones que tienen empapelado al ministro Palacios. Bueno, y si vamos más allá, Juan Manuel Santos habría tenido que salir del Ministerio de Defensa por cuenta de los falsos positivos y su candidatura habría tenido que haberse resquebrajado.

El caso de Daniel García, el cuestionado y destituido director de Invías, también sería un imposible en cualquier democracia respetuosa de la norma. Si estuviéramos en Dinamarca y no en Cundinamarca, él habría acatado el fallo y se habría ido del puesto, avergonzado por lo que hizo. Un funcionario que cambia la norma para poder nombrarse, en cualquier latitud tendría que ser sancionado con la destitución. Pero en cambio aquí, en esta Colombia de hoy, el director de Invías prefirió desafiar a la Procuraduría y aferrarse al puesto con patas y manos a la espera, me imagino, de que el nuevo Procurador, muy cercano al gobierno, lo saque de ese enredo y le dé una ayudita. Al fin y al cabo, si el Presidente consiguió cambiar la Constitución para reelegirse por primera vez y si está intentando hacerlo por segunda vez, lo único que ha hecho Daniel García es seguir su ejemplo.

"Aunque la investigación va a demostrar que hice las cosas de forma adecuada, llegué a la conclusión de que la propia investigación también habría provocado un retraso insostenible en el proceso de confirmación, hecho que afectaría el normal funcionamiento del Estado y de sus instituciones", dijo Bill Richardson cuando anunció su renuncia al puesto en el gabinete de Obama. Aquí, en cambio, a los ministros empapelados y a los funcionarios envainados no les preocupa afectar al Estado ni a las instituciones. Sólo quieren salvar su pellejo y han decidido que es mejor hacerlo desde el poder que desde el asfalto. Las pocas personas que en este gobierno han sabido conjugar el verbo renunciar han sido mujeres. Como la Conchi Araújo, que sí hizo lo que no hicieron sus colegas y renunció a la Cancillería para asumir las investigaciones de su familia desde afuera. Lo mismo hizo María del Pilar Hurtado, la directora del DAS, que salió por el escándalo de la Casa de Nari. La última mujer en recordarnos la importancia de los principios y convicciones ha sido la senadora Gina Parody, quien en un acto de valentía ha decidido renunciar a su curul en el uribismo, debido a que ya no se siente en capacidad de defender ese proyecto político. Mis respetos para la senadora Parody. En un país donde nadie renuncia a nada, el que una senadora de la entraña de este régimen renuncie a su puesto movida por sus convicciones nos demuestra que en este país todavía hay espacio para soñar.

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