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Opinión

  • | 2011/12/10 00:00

    "Aquí no ha habido muertos"

    Quizás esta vez no ocurra lo de la masacre de las Bananeras. Quizás los promotores del olvido, los usurpadores de vidas y bienes, no se salgan con la suya.

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Este es el eco de la masacre de las Bananeras en Cien Años de Soledad:

"José Arcadio Segundo no habló mientras no terminó el café.

-Debían ser como tres mil- murmuró.

-¿Qué?

-Los muertos -aclaró el-. Debían ser todos los que estaban en la estación.

La mujer lo midió con una mirada de lástima. 'Aquí no ha habido muertos', dijo. 'Desde los tiempos de tu tío, el coronel, no ha pasado nada en Macondo'. En tres cocinas donde se detuvo José Arcadio Segundo antes de llegar a la casa le dijeron lo mismo: 'No hubo muertos'".

Cuando José Arcadio Segundo pronunció estas palabras, después de regresar a Macondo, haciendo el recorrido inverso del tren que llevaba los obreros muertos hacia el mar, ya estaba en pleno furor el aguacero interminable que inundó la región, ya se había proferido el bando militar que aseguraba que no existía muerte alguna y anunciaba total tranquilidad en las bananeras, ya todos los medios de divulgación del gobierno se habían encargado de confirmar una y otra vez que no había ninguna víctima entre los trabajadores del banano.

Por lo visto, el artificio es muy viejo. Así, en los años que corren alguien, sin el más leve rubor, dijo que no había conflicto; otro aseguró que los desplazados por la violencia eran en realidad migrantes; otro juró que los desaparecidos del Palacio de Justicia eran un invento y el más ilustrado de todos señaló que era una insensatez escarbar el pasado, hacer el inventario de las tierras despojadas, de las heridas causadas, remover viejos odios, aupar el demonio de nuevas violencias, tendríamos que dedicarnos tranquilamente al porvenir, dijo.

Después se fueron hasta el lejano Mapiripán y encontraron allí a una mujer atribulada por el peso de su mentira, una falsa víctima que había urdido una trama para involucrar a los militares y a los paramilitares en la muerte y desaparición de sus familiares. Amparados en esta confesión se dieron a la tarea de reducir a polvo de memorias extraviadas la matanza atroz de no menos de 50 personas.

Luego, en la sin igual Cartagena, incoaron un proceso judicial para demostrar que nunca se había producido el desplazamiento de los campesinos que reclaman la posesión de la finca Las Pavas, en el sur de Bolívar. Lograron, en una primera instancia, una sentencia a su favor y otra vez se alzaron mil voces altisonantes y poderosas para insistir en que, en las denuncias del despojo, hay una larvada mentira que traerá una desgracia sobre el campo colombiano.

Es apenas el inicio. Todo indica que la disputa por la verdad, la justicia y la reparación de las víctimas de los últimos 25 años será la más enconada y misteriosa batalla de nuestra historia. Será una leyenda interminable de enfrentamientos en la inquietante noche de los campos del país, en los estrados judiciales, en los medios de prensa, en la opinión internacional.

Quizás esta vez no ocurra lo de la masacre de las Bananeras. Quizás los promotores del olvido, los usurpadores de vidas y bienes, no se salgan con la suya. Tuve esa ilusión el domingo pasado en un desayuno en el Palacio de Nariño. Fue un evento extraño. El presidente Santos reunió por cuatro horas a tres de sus ministros, a los generales Navas y Naranjo, al consejero de Seguridad y a diez altos funcionarios encargados de llevar a cabo la Ley de Víctimas y Restitución de Tierras, con los representantes de seis modestas organizaciones de la sociedad civil.

Mientras miraba al circunspecto Navas y al elocuente Naranjo, mientras pensaba en la historia de cada uno de los ministros y en el papel de los funcionarios que acudían a la cita, le oí decir a Santos que nada ni nadie podría impedir la reparación de las víctimas y la restitución de tierras, que las Fuerzas Armadas darían todo para hacer cumplir le ley, que estaba allí para sellar una alianza con la sociedad civil y para anunciar una gran movilización social que protegiera este proyecto del asedio de la extrema derecha y de la extrema izquierda.
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