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Opinión

  • | 2006/07/29 00:00

    ¿Árabe o judío?

    Hezbolá e Israel dejaron de gruñir y se agarraron a mordiscos. Un error gravísimo, pues el perro israelí muerde más duro, pero los perros árabes son muchos más

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Nunca he sabido ni me interesa saber si 'Abad' es un apellido chibcha, árabe, judío o español, y francamente en cualquier caso me da exactamente lo mismo. Me gustaría que fuera un apellido bastardo, que tuviera todos esos orígenes a la vez. Por eso no soporto a los que, aludiendo a mi nombre, me escriben "judío tenías que ser", o "árabe cochino", cuando opino

sobre el conflicto del Oriente Medio, y no les parezco lo suficientemente proisraelí o propalestino en mis opiniones. Hay algo muy humano, pero que pertenece al cerebro humano más primitivo, que nos invita a actuar y a pensar según el supuesto clan al que pertenecemos. Y se supone que debemos defender con sangre algún territorio real o imaginario que nos ha sido asignado por alguna potencia divina.

Para los árabes, Palestina es un territorio islámico. Para algunos de ellos, España también lo es, por razones históricas. El segundo de Al Qaeda acaba de declarar que no estarán contentos hasta no haber liberado de gentiles todas las tierras desde España hasta Arabia. Para muchos judíos, Israel es la Tierra Prometida. Unos y otros sacan a relucir documentos antiguos (el equivalente sagrado de nuestras 'escrituras' catastrales). Pero en últimas, todos saben que, en ausencia de un gobierno mundial, no gana el que más documentos muestre, sino el que más armas tenga. Hace 1.000 años los árabes se tomaron El Cairo masacrando a los egipcios.

México tiene títulos más antiguos sobre California que Estados Unidos. Pero más viejos aún que los títulos mexicanos son los títulos españoles sobre el territorio de Texas o Florida. Y anteriores a todos ellos será la ocupación (a la fuerza, siempre a la fuerza) de esas tierras por ancestrales y diversas naciones indígenas. ¿Después de cuántos años de ocupación es uno realmente dueño, y cuándo caducan los derechos de los antepasados? Eso se vuelve una discusión de nunca acabar en la que todos sienten que tienen la razón.

Y no hay razones: lo que hay es ganas de poner en términos razonables un pensamiento primitivo irracional: todos somos territoriales y queremos apropiarnos de un espacio vital de protección. Y así como los perros y los leones orinan en los arbustos para fijar mojones que no se deben traspasar, los gringos y los israelíes construyen muros y alambrados para que los extraños no atraviesen la frontera. También los árabes: si no eres musulmán, no puedes ni tocar el territorio sagrado de La Meca. Todos construimos límites: el zaguán de la casa es una frontera, y casi todos sueñan con una puerta blindada.

El problema de palestinos e israelíes es un problema de aguas y de tierras en disputa. Decía Isaiah Berlin que la patria es ese sitio donde lo tienen que recibir a uno, quieran o no, y no pueden echarlo de ahí. Por eso el movimiento sionista, si uno se pone en los pantalones de los judíos de 1880 en Europa (después de siglos de expulsiones y pogromos), es un movimiento romántico nacionalista que se justifica. Tenían que encontrar un sitio de la tierra de donde no pudieran ser expulsados: una casa propia. El Holocausto, con pruebas de ceniza humana, confirmó esta intuición. Y fueron a buscarla en un protectorado inglés donde seguían viviendo muchos judíos y donde los libros que ellos consideraban sagrados decían que había una tierra que les había sido asignada. Allá la encontraron y la ONU actuó como notario para legalizar las escrituras hace casi 60 años. Cada pueblo construye su mitología de la tierra: la frontera de los gringos que avanzaban hacia el oeste, la conquista de la pampa argentina, la colonización antioqueña, o las entrañas sagradas de la madre tierra de los uwa.

Israel es la frontera donde se enfrentan dos concepciones del mundo y dos territorios antagónicos. Ahí la tensión es tan alta, que un comentarista inglés la comparaba como el sitio donde se chocan las placas tectónicas de dos continentes. Es un límite frágil, de donde puede surgir una hecatombe o una conflagración mundial. Más vale que allá se alcance la coexistencia pacífica de dos Estados, uno para los palestinos y otro para los israelíes. Y si no coexistencia pacífica, al menos una larga guerra fría.

Un perro que gruñe es mucho mejor cuidandero que un perro que muerde. Es mejor táctica mostrar los dientes que clavarlos en la pantorrilla. Y el viejo dicho, "perro que ladra no muerde", aunque no sea siempre cierto, es una buena metáfora humana para dejar que la gente se desahogue verbalmente sin pasar a los actos violentos. Ahora Hezbolá e Israel han pasado a los actos violentos. Dejaron de gruñir y se agarraron a mordiscos. Un error gravísimo, pues el perro israelí muerde más duro, pero los perros árabes son muchos más y se esconden debajo de las faldas de la población civil. La guerra de guerrillas (que ahora pelea Hezbolá) no la ganan ni los más poderosos ejércitos. Y ya Israel debe saber, por la propia experiencia en Líbano y por lo que le pasa a Estados Unidos en Irak, que invadir un pundonoroso país árabe es invadir un pantano de arenas movedizas, un pantano venenoso, en la mitad del desierto.
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