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Opinión

  • | 2016/11/11 11:33

    Aranzazu: bodas de oro primeros bachilleres

    La educación de los pueblos es el reflejo de su personalidad, quienes egresamos del Colegio Pio Xl en calidad de primeros bachilleres, valoramos los esfuerzos que hicieron de nuestros mayores para conseguirlo.

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Son cincuenta años de gratitud, de bellos recuerdos y de nostalgias, que se confunden al ritmo del tiempo y de los años que pasan; como las hojas del calendario que se desprenden, indicando los logros y afanes de la vida. Los días 12 y 13 de noviembre serán de reencuentro y regocijo.

Los 18 jóvenes – primeros bachilleres del entonces Colegio Pio Xl – tenemos en común una historia que contar, que indudablemente servirá de ejemplo para que presentes y futuras generaciones,  sepan valorar lo que son las banderas de la educación cuando se enarbolan con altruismo, entusiasmo y decisión.

Las voces del clarín de la educación en Aranzazu, estuvo en parte liderada por el presbítero, Carlos Isaza Mejía, quién en calidad de Párroco inicio los trámites para que se establecieran los primeros cuatro años de bachillerato; finalmente para el año de 1.966, con la dirigencia de destacadas personalidades municipales y departamentales, se institucionalizó el ciclo completo, lanzando su primera promoción el 8 de diciembre de 1.966 en las instalaciones del Teatro Peláez de la localidad.

A partir de ese instante, los 18 jóvenes primeros bachilleres, todos dueños de un mismo ideal, nos embarcamos en diferentes leños para construir nuestro navío en alta mar. Para hacerlo, lo hicimos llevando en  nuestro haber un sencillo y liviano equipaje, pero en nuestra valija académica, un claro y brillante pergamino con la impronta de principios y valores inculcados en los establecimientos educativos donde nos formaron, el buen ejemplo de nuestros padres y mayores, y la bendición de nuestras madres abnegadas ángeles de amor, dedicación y de ternura.

Durante estos 50 años, hemos navegado por los mares embravecidos y tormentosos de la vida, muchas veces estuvimos a punto del naufragio, pero gracias a la reciedumbre y formación moral recibida, resistimos los embates y dificultades que se nos presentaron. Por eso, en estos días de regocijo, al celebrar las bodas de oro de egresados, regresamos a nuestra patria chica, para decir a nuestros coterráneos y a la comunidad educativa, que sus esfuerzos no fueron en vano; venimos a ofrecerles y a compartirles los frutos cosechados y obtenidos durante cincuenta años, en compañía de nuestras queridas esposas y descendencia.

Ellas, ya en el ocaso de nuestra existencia, son la antorcha encendida en nuestros hogares, la razón de vivir, matizados con los bellos recuerdos de nuestra infancia y adolescencia, transcurridos en tan bellos y apacibles lares, con la guía de una generación que fue siempre celosa en conservar los cimientos de principios y valores, sobre los cuales debe construirse toda sociedad culta y organizada.

Nuestros hijos, los hemos formado y educado siguiendo esos derroteros, razón por la cual muchos de nosotros, ya en nuestra condición de abuelos nos sentimos plenamente realizados por haberle cumplido a la sociedad aranzacita y al Dios todopoderoso con las bendiciones desde su gloria.

Todos los 18 bachilleres, con excepción de nuestro inolvidable  -Alfonso Restrepo Botero-, que por los designios del altísimo no nos acompaña, hemos sobresalido en diferentes actividades, desempañadas con sentido de responsabilidad: unos, como prósperos empresarios, otros  dedicados a la docencia y no pocos  a las actividades intelectuales, sobresaliendo en sus fuentes de empleo y de trabajo, siguiendo siempre las orientaciones del ordenamiento moral, fieles al cumplimiento de nuestros deberes.

Las etapas de nuestra niñez, infancia y adolescencia, son la parte musical en nuestras vidas, ellas nos han servido para sacar grandes conclusiones: la patria chica es para el ser humano el cordón umbilical al cual permanecemos unidos a través de los lazos afectivos del amor y los bellos recuerdos; es el reloj pendular que marca constantemente las horas para nuestro retorno; y es el faro luminoso que desde cualquier lugar del mundo donde nos encontremos, nos orienta para cumplir con nuestros deberes, fieles a los principios y valores heredados de nuestros antepasados.

En cada sitio y lugar de nuestra patria chica, hay recuerdos inolvidables, como no recordar por ejemplo, los furtivos amores con nuestras tímidas y bellas quinceañeras, que al robarles un beso forzado, recibíamos la reprimenda de nuestras presuntas suegras, que resguardadas en la alacena de sus casas, nos sacaban corriendo por ser listos y atrevidos.

Recordemos las misas de los domingos, demás fiestas religiosas y patrias, que al son de nuestra banda de guerra a la cual pertenecíamos casi todos los 18 bachilleres, al momento de la elevación, nos hincábamos de rodillas, en un acto de majestad y de grandeza, haciendo sonar nuestros instrumentos, para dar gracias al todo poderoso por nuestros éxitos académicos.

Cómo no recordar también con inmenso cariño y gratitud, a quienes fueron nuestros profesores en la escuela Manuel Gutiérrez Robledo, y en el entonces Colegio Pio XI, a todos ellos nuestro reconocimiento de gratitud perenne, puesto que fueron verdaderos apóstoles de la educación, que si bien nos formaron con una disciplina rígida, lo hicieron por nuestro bien, siendo hoy una respuesta clara a los designios de nuestras vidas.   

La educación en nuestro pueblo, ha sido el legado de los mayores, que de generación en generación la han ido implementando con sentido de la responsabilidad, hasta convertirla en baluarte en los diferentes establecimientos educativos, de donde han salido toda una gama de profesionales en las diferentes ramas del saber, que dispersos por todo el mundo, son el mosaico de honor y de grandeza, para gloria y orgullo de nuestra patria chica.

Por eso, en estos tiempos cuando se tejen los espejismos de la facilidad, es responsabilidad de todos, abrir espacios para que nuestros jóvenes bachilleres y recién egresados de las universidades, no se desvíen por los caminos del dinero fácil, los paraísos de la facilidad construidos fugazmente, la mayoría de las veces se convierten en toda una tragedia, que nos acongoja a todos con dolor y lágrimas, puesto que los aranzacitas somos considerados en razón de nuestros parentescos, como una sola familia, cuyos nexos afectivos son las raíces con pulcritud y majestuosidad que deben permanecer inamovibles para construir una región, progresista y noble; con los destellos de una paz para Colombia que ya empieza a vislumbrarse por los horizontes con verdaderas fuentes de desarrollo y de progreso.
   
urielos@telmex.net.co

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