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Opinión

  • | 2014/10/16 00:00

    ¡Arde Cartagena!

    Hoy, Cartagena de Indias sigue cercada, ya no por los piratas iracundos que soñaban con tomársela hace dos siglos, sino por un océano de miseria, hambre y desempleo que amenaza con convertirla en un infierno.

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Es normal que las reinas y las exreinas de belleza, modelos y presentadoras aparezcan ocupando las carátulas de los periódicos y revistas. Que de vez en cuando sean el centro de un escándalo. No olvidemos que estos son parte fundamental de la farándula. Julio Iglesias llegó a afirmar que no hay algo más crítico para un artista que el silencio de los medios y del público. No importa si lo que difunden son hechos negativos o no, porque lo importante para el negocio es que hablen. Cartagena de Indias, por su constitución étnica y su posición de puerto, es una ciudad bulliciosa. Los escándalos han hecho parte de su historia desde la Colonia y se han constituido en componentes básicos de sus imaginarios. Quizás eso explique las razones por las cuales las relaciones entre sus ciudadanos siguen siendo tibias, un componente que el novelista Germán Espinosa le atribuyó al ocio.

Cada rincón del cerco amurallado es un espacio propicio para las tertulias. Las noticias llegan primero a las esquinas y luego a los medios de comunicación. El voz a voz sigue siendo tan eficaz como la radio y la televisión, pero agregándole esa picardía y ese humor que caracterizan al cartagenero. Por eso, cuando en la madrugada del 13 de febrero del 2003 un sicario se acercó a un grupo de prostitutas que esperaba clientes en las bancas aledañas a la Torre del Reloj y descargó el proveedor de su pistola contra cuatro de estas, asesinándolas en el acto, el rumor que corrió horas después por la ciudad era que los crímenes habían sido ordenados por Alfonso el 'Turco’ Hilsaca, un polémico empresario a quien siempre se le han atribuido estrechos vínculos con el paramilitarismo.

Hilsaca, por supuesto, negó los hechos. Los testigos presenciales fueron intimidados por los policías al servicio del empresario y todo parecía estar a favor del 'Turco’ hasta cuando los hombres de Juancho Dique que participaron de los homicidios decidieron, atraídos por los beneficios de la Ley de Justicia y Paz, hablar del caso de las cuatro prostitutas y empezó a tener sentido para los fiscales especiales enviados desde Bogotá el edificio de mentiras elaborado por el propio empresario y los rumores que, desde el principio, circularon en torno al caso: que la orden de las muertes de las trabajadoras sexuales había sido emitida por Hilsaca.

En Cartagena de Indias, la ‘vox populi’ no es la ‘vox dei’ sino un tambor replicante que permite conocer los detalles de los hechos mucho antes de que la prensa los haga públicos. Por ejemplo, cuando en agosto del 2007 el canal RCN emitió un documental que mostraba cómo en la ciudad amurallada las niñas menores de edad eran instruidas para el negocio de la prostitución, las autoridades de la 'Heroica’, incluinda su cabeza visible, el entonces alcalde Nicolás Curi, declararon a Pirry, autor del documental, persona no grata y convocaron una rueda de prensa para desvirtuar lo mostrado en el polémico video. Fue entonces cuando, desde los mismos pasillos de la alcaldía, empezaron a circular rumores que involucraban al burgomaestre con la compra de sexo, con chicas que eran contratadas por terceros y llevadas en lujosas camionetas a una finca que -se aseguraba- era propiedad del mandatario local.

Cartagena es así: una ciudad provinciana, tejida de relatos románticos pero cercada por la marginalidad y la miseria. Su posición de puerto, ubicado sobre una de las bahías más hermosas de América, sumada a esas narraciones delirantes y míticas de resistencia de la que hablan los textos de historia, le ha permitido ser una de las urbes más publicitadas del país. Cada año, según datos de la Corporación de Turismo, un poco más de 600.000 colombianos la visitan y 900.000 extranjeros ocupan las habitaciones de sus hoteles y recorren sus calles, esto sin importar que la 'Heroica’ se haya convertido en los últimos años en una de las ciudades más inseguras del país, con una tasa de homicidios 13 % superior a la de Bogotá.

Pero Cartagena de Indias, como sabemos, no está conformada sólo por los sectores representativos que componen el cerco amuralla, el antiguo barrio de Manga, Bocagrande, El Laguito, Castillo y las paradisíacas Islas del Rosario. Su geografía se extiende muchos kilómetros más allá, sobre un conjunto de barrios que muy poca gente que la visita conoce. Es allí donde la belleza se pierde y se alzan las desigualdades y la miseria que nadie quiere ver. Cientos de familias que, ante la imposibilidad de tener un trabajo que les permita sobrevivir, entran  a ser parte de esa ilegalidad, de esa estadística fatal que ni las mismas autoridades saben a ciencia cierta a cuánto asciende el porcentaje de pobreza de la ciudad más visitada de Colombia.

Son miles de casas improvisadas que se alzan a los alrededores de la Ciénaga de La Virgen, y miles más conforman extensos barrios de invasión como Nelson Mandela, El Silencio y ese otro extenso mundo de la zona suroriental que abarca sectores como El Pozón y gran parte de Olaya. Por ausencia de autoridad, precisamente, el microtráfico de drogas se ha constituido en una forma de supervivencia de sus habitantes, personas que en su gran mayoría han sufrido los estragos de la violencia y el desplazamiento forzado.

Aprovechando esta situación de abandono y pobreza, las bandas criminales han pescado en río revuelto. Estas han influido poderosamente en el aumento de la prostitución, el boleteo, la extorsión y el fleteo, tomándose por asalto aquellos espacios de la 'Heroica’ que se consideraban, hasta hace poco, inmunes a este flagelo, lo que afecta sustancialmente las vidas de aquellos que se creían seguros en sus casas de 2.000 millones de pesos.

En este sentido, Cartagena de Indias sigue cercada ya no por los piratas iracundos que soñaban con tomársela hace dos siglos, sino por un océano de miseria, hambre y desempleo que amenaza con convertirla en un infierno. A esto se suman, sin duda, los altos niveles de corrupción de sus autoridades que, como los virus catastróficos, empiezan a hacer estragos profundos en el cuerpo de la ciudad. Por eso, resultan cómicas las declaraciones de un concejal que, ante el desmantelamiento de una banda de proxenetas entre los que figura una excandidata al Reinado de la Independencia, salga ante los medios de comunicación a denunciar que Cartagena ha sido escogida por las mafias internacionales como destino turístico sexual.

Según el diario local El Universal, el cabildante Salim Guerra dijo: “Estas mafias que venden paquetes turísticos en la ciudad están equiparadas al tráfico de drogas y armas, y tienen contacto con bandas criminales [locales] que llegan a los barrios más pobres y a través de presiones están reclutando niñas y niños para ofrecerlas a estas agencias internacionales”.

¿En qué otro planeta del sistema solar se encontraba este señor el año pasado, el antepasado, hace diez años? Esa problemática ha estado ahí siempre, ante los ojos de todo el mundo, sólo que ahora se ha hecho más visible y resulta difícil taparla con un dedo y, muchos menos, que las autoridades locales, como siempre, miren para otro lado. ¿Acaso olvidó el señor Guerra el escándalo que el Servicio Secreto del presidente Obama suscitó durante la VI Cumbre de las Américas? Seamos serios, por favor.

En Twitter: @joarza
E-mail: robleszabala@gmail.com
*Docente universitario.
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