Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2001/09/17 00:00

Arma de doble filo

Anderss Kompass, director de la oficina en Colombia del alto comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, escribe acerca de los peligros y desafíos que tienen los periodistas en un país tan violento como Colombia.

Arma de doble filo

"...Los seres humanos perdemos la vida buscando cosas que ya hemos encontrado. Todas las mañanas, en cualquier latitud, los editores de periódicos llegan a sus oficinas preguntándose cómo van a contar la historia que sus lectores han visto y oído decenas de veces en la televisión o en la radio, ese mismo día...".

Así comienza el escritor Tomás Eloy Martínez su artículo Desafíos para el Siglo XXI. Desafíos del periodismo que este escritor resume así: "La llama sagrada del periodismo es la duda, la verificación de los datos, la interrogación constante. Allí donde los documentos parecen instalar una certeza, el periodismo instala siempre una pregunta", dice el escritor. Y continúa "Preguntar, indagar, conocer, dudar, confirmar cien veces antes de informar: esos son los verbos capitales de la profesión más arriesgada y más apasionante del mundo".

Y justo esta profesión apasionante tiene el poder de contar las historias de todos los días. Historias que lectores, radioescuchas y televidentes esperan afanados, confiando en que el periodista les contará qué pasa y cómo ocurren los hechos en un mundo en el que la comunicación es uno de los elementos más importantes para el desarrollo de los hombres.

Los espectadores confían en la información verificada del periodista, esta es una de sus reglas fundamentales. Sin embargo, en la cotidianidad del "cierre de página" muchas veces la verificación no es la constante y entonces las historias aparecen desfiguradas, o mejor dicho, adaptadas por las fuentes que primero llegan a contarle un hecho a la prensa.

Esto lo he escuchado de varios periodistas, que reconocen que ejercer este oficio en Colombia es bastante difícil. Difícil por las múltiples violencias que atraviesa el país, por la dificultad para que haya justicia cuando se cometen crímenes y porque todas las fuentes saben, aquí, que tienen el poder de manipular la información.

Aunque parece un lugar común la información es un arma con la que es posible crear y destruir. Al mismo tiempo la información es un derecho, pero también puede ser una pasión ética.

Es un arma que cambia la historia, por lo menos la historia mediática que permite el nacimiento de la opinión pública del día a día. Que le hace creer a los ciudadanos en imágenes, en responsables, en opiniones y en historias, que muchas veces no son realidades completas.

La información es un arma, que compite con la desinformación, porque quien posesiona su información o su desinformación ante los demás tiene el poder sobre la imaginación y la decisión de su público. Los medios de comunicación al convertirse en plazas públicas le posibilitan a la sociedad construir imágenes y verdades siempre relativas. Según el enfoque y el ángulo, la información mostrará un pedazo más o menos pequeño de verdad.

La información se convierte entonces en un arma para la política, y en un arma para la confrontación armada. En ambos escenarios dominarla permite liderazgos, que no siempre abogan por los intereses colectivos de una sociedad.

Sin embargo, la información también es un arma creativa porque la palabra permite sacar del anonimato las historias de los seres humanos: sus sueños, sus retos, sus miedos, sus contradicciones. Todo esto lo deja expuesto frente a los otros. Y se convierte también en la historia de otros, en la historia de muchos.



Michael Ignatieff comienza su libro El Honor del Guerrero contando cómo "una enfermera británica se abría paso entre una muchedumbre de mujeres y niños apostados en medio de una polvareda a la entrada de un hospital de campaña del campo de refugiados de Korem, en Etiopía. Seleccionaba los niños que aún podían recibir algún auxilio. Decidía quiénes vivirían y quiénes morirían. Abriéndose paso entre la multitud famélica, un equipo de televisión la seguía de cerca. Uno de los reporteros se acercó con el micrófono para preguntarle qué sentimientos le producía aquella situación. Incapaz de responder, la enfermera dirigió a la cámara una mirada que venía de muy lejos".



Con escenas y preguntas como éstas, dice Ignatieff, la televisión —yo diría el periodismo— enfrenta la conciencia humana con el sufrimiento. También lo hace con la alegría, con la emoción o con la sensación de igualdad. Y aquí el arma crea lazos entre la historia de alguien y los espectadores. Algo así como la propagación de la solidaridad.



Todo esto convierte a la información en un derecho. La Declaración Universal de los Derechos Humanos, la incluyó en su artículo 19 hace ya más de 52 años. El artículo 19 dice: "Toda persona tiene derecho a la libertad de opinión y de expresión; este derecho incluye el de no ser molestado a causa de sus opiniones, el de investigar y recibir informaciones y opiniones, el de difundirlas, sin limitación de fronteras, por cualquier medio de expresión".

Es decir que junto al derecho a la vida o junto al derecho a la libertad está el derecho a la información. A saber y a conocer las decisiones colectivas e individuales. El derecho a expresar ideas y a disentir de ellas. Aquí se fundamenta el derecho a reconocer al otro y su historia a través de la palabra.

Cuando la información se manipula o se censura, la sociedad resulta afectada porque no puede seguir la dinámica de la formación de opinión sobre hechos reales, y en cambio queda atrapada bajo un sesgo que solo le permite ver, oír y sentir lo que otros quieren. Y, la información que debería ser un capital de la sociedad deja de serlo para volverse el capital de intereses particulares.

Decía hace poco uno de los corresponsales de la BBC que en Colombia "la desinformación es un arte". Su afirmación me pareció realmente sobrecogedora porque entonces, ¿qué tipo de información le está llegando a cada colombiano cada día? ¿Qué ven los colombianos que está pasando con su país?

Voy a citar un trozo de la conferencia dictada en un taller de la Corporación Medios para la Paz, el sábado pasado: decía el corresponsal Jeremy MacDermott: "El periodismo no es una cosa de confianza, es cuestionar cada pedazo de información que usted recibe y tratar de interpretarla aunque la persona que le suministre dichos datos esté sesgada. Todos sabemos y aceptamos eso, pero en Colombia la desinformación es un arte". El periodista señalaba que todos los actores armados en este país son maestros de la desinformación. "Nos alimentamos de desinformación desde el principio hasta el final del día. Y aquellos que buscan desencarrilarnos conocen nuestra mayor debilidad: la hora de entrega o cierre de la edición", afirmaba MacDermott.

Y sigue el periodista explicando porqué en Colombia se vulnera la libertad de expresión. Para este corresponsal en Bosnia y en el Medio Oriente las reglas estaban claras. En Colombia, según su experiencia, no hay reglas y los actores armados, sin excepción, desconfían de los periodistas locales y monitorean constantemente cada palabra escrita por un reportero. Naturalmente esto hace más difícil la labor de todos ustedes en el país.

Sin embargo, aun con errores, y pese a las muertes de periodistas y a las amenazas, aquí se intenta seguir informando. Y creo que algunos periodistas lo hacen con la pasión ética a la que hice referencia antes.

Esa pasión ética a la que me refiero es una combinación de respeto por los derechos humanos, con un gusto insaciable por la investigación.

Y les hablo de los derechos humanos, no sólo desde el derecho a la información sino desde los derechos que están inmersos en cada una de sus historias, que son la ética misma de su oficio y que si son transmitidos claramente a la sociedad, ésta puede empezar a vibrar con ellos.



René Cassin, premio Nobel de Paz, escribió que "en opinión de los autores de la Declaración Universal, el respeto efectivo hacia los derechos humanos depende, básicamente y por encima de todo, de las mentalidades de los individuos y de los grupos sociales", y precisamente son ustedes los periodistas, quienes construyen parte de la mentalidad de sus sociedades.

La pasión ética es tal vez el mayor desafío del periodismo. Retomo a Tomás Eloy Martínez cuando escribe que "el periodismo no es un circo para exhibirse, sino un instrumento para pensar, para crear, para ayudar al hombre en su eterno combate por una vida más digna y menos injusta".

Las grandes historias del periodismo nacen en el mismo sitio del que brotan los derechos humanos. Eleonor Roosevelt, una de las autoras de la Declaración, decía: "¿en dónde comienzan los derechos humanos? En los lugares pequeños, cerca de casa —tan cerca y tan pequeños que no aparecen en ningún mapa del mundo—. Y sin embargo, ellos son el mundo de cada persona: el vecindario en el cual vive, el colegio o la universidad a la cual asiste, la fábrica, la finca o la oficina". Y en esos sitios, ustedes lo saben mejor que yo, aparecen también las grandes historias, sus grandes reportajes.



* ALTO COMISIONADO DE NACIONES UNIDAS PARA LOS DERECHOS HUMANOS EN COLOMBIA

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