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Opinión

  • | 2015/03/26 17:20

    Conmoción mundial

    La tragedia provocada por el copiloto de avión Andreas Lubitz rompe todos los paradigmas.

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Se cree que el copiloto alemán Andreas Lubitz, de 28 años, estaba deprimido. Es una teoría más de las varias que hoy surgen por todas partes y resultan difíciles de comprobar. De lo que sí hay absoluta certeza es que con su acción dejó estupefacta a la humanidad. ¿Por qué lo haría? ¿Lo pensó o fue un acto impulsivo? ¿Calculó que se llevaría las vidas de 150 inocentes o en esos minutos finales sólo le importaba ponerle fin a su drama interior?

Las consecuencias de su acto son planetarias. Si, por ejemplo, tras los atentados del 11 de septiembre del 2001 a todas las aeronaves se les puso una puerta de seguridad para que ningún extraño a la tripulación pudiera acceder a las cabinas, ¿qué vendrá ahora? Varias aerolíneas plantearon en las últimas horas la necesidad de poner un agente para que vigile a piloto y copiloto.

A propósito, ¿cómo queda la confianza entre estos dos profesionales? ¿Vivimos en un mundo tan complejo y raro, que un piloto ni siquiera ahora pueda ir tranquilo al baño? Y los pasajeros, ¿cómo verán desde este jueves trágico, cuando el fiscal de Marsella entregó el sorpresivo resultado de su investigación, a los comandantes de vuelo?

Será inevitable para muchos preguntarse de ahora en adelante qué pasa por las mentes de quienes los rodean, y si son dignos de su confianza, añadiéndole un ingrediente más a este mundo inevitablemente paranoico. No es la primera vez que se dice de alguien que termina con su vida de manera atroz, que todo andaba bien en su proceder y que nadie notó nada extraño en él.

Los hechos han corrido de manera tan vertiginosa como el mismo vuelo de Germanwings. El extra de la radio que anuncia que un avión que despegó de Barcelona no llegó a su destino. La impresión de pensar en la posibilidad de que tantas vidas se apaguen en un instante. Entre ellos, los estudiantes adolescentes de un mismo curso de una escuela alemana, los dos bebés de brazos y los dos colombianos. María del Pilar Tejada, de 33 años, y Luis Eduardo Medrano, de 37. Profesionales, juiciosos, miembros de esa legión de compatriotas que se esfuerza en el exterior para crecer y aportar.

Allí iban en el Airbus A320-211 con dirección a Düsseldorf. “Durante los primeros 20 minutos de vuelo todo parecía normal”, según el relato de la Fiscalía francesa. La nave alcanza la altitud de crucero a 38.000 pies (11,5 kilómetros) y entonces el piloto sale al baño. El copiloto se queda solo, cierra la puerta y de manera voluntaria, acciona el descenso.

Y desde ese momento sólo siguen los interrogantes sin respuesta. ¿Qué llevó a este joven profesional, con una educación privilegiada y criado en un apacible pueblo, a voluntariamente llevar la nave a perder mil metros por minuto? Lo que hizo rompe todos los paradigmas. En este mundo de tópicos nocivos, de lugares comunes, los investigadores ya tendrían una respuesta si él tuviera ascendencia árabe o existiera una imagen suya entrando a una mezquita. Pero no. Hacemos esfuerzos monumentales para buscar los monstruos y las explicaciones a los hechos, cuando en el fondo, muchas veces, están dentro de nosotros.

Se había formado en la escuela de Lufthansa en la ciudad de Bremen, la compañía que presume de tener los mejores pilotos del mundo. Hogareño, buena gente, vivía con sus padres, era “un joven encantador, con muchos amigos, totalmente normal”, como testimonian los incrédulos vecinos de su pueblo a los periodistas. “Era amable y educado. Tenía un hermano pequeño”, dice otra voz allí en Montabaur, la localidad donde nació y donde hasta hace unas horas se destacaba un mensaje en su memoria: “Cumplió su sueño de volar, sueño que ahora ha pagado caro con su vida”. Ya no.

Nadie, sin embargo, hace reproches públicos por semejante acción de llevarse las vidas de tantos inocentes. La humanidad pregunta consternada y en voz baja cómo sería la angustia del piloto tratando de entrar de nuevo a la cabina. Y luego de esos larguísimos y paradójicamente cortos ocho minutos en los que descendió en picada. Los gritos de angustia. Su respiración normal que quedó en la caja negra, lo que hace presuponer que estaba vivo y tranquilo. Y, finalmente, el estruendo contra los Alpes. ¿Por qué? Todo es conmoción.

* Director de Semana.com
Twitter: @armandoneira 

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