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Opinión

  • | 2005/08/14 00:00

    Arte y desastre del diminutivo

    Lo grave con los diminutivos es que cuando uno empieza a usarlos mucho, va pendiente abajo en la lucha por ser más personal, menos hiriente, más expresivo

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Yo no sé si, como dice José Obdulio Gaviria, "el diminutivo es la esencia del buen hablar antioqueño". Lo que sí sé es que los cortesanos acaban hablando igual que los príncipes (y aquí no hablo de Gaviria, sino de los bogotanos), sobre todo si el príncipe tiene mucha personalidad y a los súbditos les falta carácter. Con el habladito de Uribe, tan lleno de los típicos diminutivos antioqueños, se corre el riesgo de que la capital quede sepultada por aludes de gusticos, casitas, tierritas y comiditas. Como un aporte, y tal vez como vacuna que prevenga este mal, intentaré hacer una breve tipología del diminutivo antioqueño.

Empecemos por la poesía popular. Hay unas famosas coplas de las recopiladas por Ñito (hipocorístico de Antonio) Restrepo, en su Cancionero de Antioquia, que dicen así: ?

"De las peñas sale el agua,

de la leche los quesitos,

de los caratejos grandes

salen los caratejitos".

Otras por el estilo, algo más irreverentes, cuentan casi lo mismo, aunque cambiando de género: ?

"Una monja se embuchó

de tomar agua bendita

y el embuche que tenía

era una monja chiquita".

Entre quesitos, caratejitos y monjitas preñaditas, ustedes pueden ir viendo de qué manera el diminutivo se usa en Antioquia como un mecanismo retórico de atenuación, y al mismo tiempo como una forma de nombrar lo innombrable con ironía, pues el humor es a veces el vestido para poder decir, sin ofender mucho, la verdad desnuda. De estos ejemplos tal vez el único que ya no se percibe como un diminutivo, sino como un nombre propio (o un diminutivo lexicalizado, al estilo de "puntilla"), es la palabra quesito. Al respecto hay una pregunta de Alberto Aguirre que, con solo formularla, ya dice más que toda respuesta posible: "¿Qué se puede esperar de un país que no produce queso, sino quesito?".

Los diminutivos no se refieren necesariamente, como se podría pensar, al tamaño. Aunque suene muy distinto pedir un favor que un favorcito, el favorcito puede ser más grande. Al decir "haceme un favorcito" es como si el sujeto estuviera pidiendo "por favor" dos veces. Así mismo, si alguien pide que lo esperemos "un segundito", estamos seguros de que ese tiempo no será una fracción de segundo. Ya decía Lichtenberg algo que todos hemos comprobado alguna vez: que "un minutico" es muchísimo más largo que un minuto. De la misma manera, cuando el Presidente habla de una "finquita", podemos estar seguros de que se trata de una hacienda con 1.000 novillos y que cada uno de estos novillitos pesa 500 kilitos.

Un abogado de Medellín, cansado de que amigos y conocidos fueran a su despacho a hacerle, gratis, alguna "consultica", puso detrás de su escritorio el siguiente aviso: "Valor de la consulta: 5.000 pesos. Valor de la consultica: 5.000 pesitos". En este caso, 5.000 pesos valen lo mismo que 5.000 pesitos. Pero hay diminutivos que voltean por completo el sentido de la palabra: nadie confundirá a una mamá con una mamacita. Las mamacitas suelen ser más carnudas

El diminutivo, en el habla antioqueña, es una característica que va de la mano con la exageración y el eufemismo. Manda uno a la hija a estudiar inglés a Miami y al año vuelve hablando en cubano: "se perdió esa platica", dirá el padre acongojado, así el viaje le haya costado la bobadita de 50.000 dólares. O, para ser exactos, dolarcitos.

En muchos casos el diminutivo es simplemente cariñoso. Un cariño que puede llegar a ser empalagoso: "hola mi amorcito, ¿estás maluquita, que te veo tan palidita?". Pero también sirve para maquillar un despectivo racista: "era negrito, pero divino", donde uno no sabe si lo peor es el "pero" o el "negrito". O para poner por el suelo una profesión ("que no vengan ahora los ingenieritos a decir que no se puede"), o una clase social ("allá vienen los riquitos"), o denigrar de una actividad lícita o ilícita: "no me vayan a salir a mí con huelguitas".

Lo grave con los diminutivos es que cuando uno empieza a usarlos mucho, ya va pendiente abajo en la lucha por ser cada vez más personal, menos hiriente, más cariñoso o más expresivo. Y acaba en lo ridículo. De una monjita metida dentro de la monja grande podemos decir que es chiquita, o chiquitica, o, ya entrados en gastos, chiquitiquitica. ¿Qué se puede esperar de un país donde se habla con este habladito?
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