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Opinión

  • | 2014/08/26 00:00

    Arte y respeto para la paz

    Debemos aguzar todos los sentidos frente a las difíciles situaciones y condiciones de los otros, para encontrar el valor y la sacralidad en cada uno de ellos, sin importar su oficio o condición.

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Si todo sale bien, parece que pronto se firmaría ese esquivo acuerdo que pondrá fin a nuestro largo conflicto. Como tengo esperanzas, quiero invitarlos hoy a reflexionar sobre el lugar que debería tener el arte y la cultura en esos momentos difíciles que nos esperan. 

Hace unos años oí hablar por primera vez de un texto titulado El Funámbulo de Jean Genet, en la institución El Colegio del Cuerpo cuando su director, mi hermano Álvaro Restrepo, les leía fragmentos a sus alumnos como preámbulo a una clase de danza. Quedé encantada. Lo que estaba oyendo me permitía comprender lo que había venido sintiendo hacia el trabajo de los bailarines desde la primera vez que los había visto actuar. 

Ese día comprendí con claridad que un artista del espectáculo vivo, como todos los seres humanos que desempeñan cualquier oficio o profesión, tiene que ser respetado mientras realiza su trabajo. Entendí por qué se solicitaba siempre a los organizadores de los eventos donde contrataban al grupo que no se sirviera el coctel o la cena mientras los artistas bailaban. El arte y el oficio del artista deben ser respetados y reverenciados con la sacralidad que su oficio merece y eso es precisamente lo que Genet le quiso trasmitir a su amante Abdalah cuando le escribió el texto.

Con la carta/poema de Genet, entendí el significado profundo y la importancia de esos oficios, muchas veces considerados menores. La profundidad y la gravedad con que Genet aborda el oficio de su amigo, el funambulismo, es una lección que no se debe olvidar cuando nos encontremos frente al trabajo de cualquier ser humano, sea cuál sea su oficio. 

Otro día en un restaurante tuve una experiencia que me recordó las enseñanzas de Genet en El funámbulo. Había en ese lugar un mesero que no servía mesas, él danzaba mientras servía mesas. Estaba disfrutando su trabajo y movía su cuerpo como si estuviera interpretando una coreografía delicada y precisa. Quise creer que tal vez ese mesero tenía un amante llamado Genet, y que este le había escrito una carta donde le explicaba la importancia, la gravedad y la poesía que debía encontrar en su oficio. Comprendí, que de alguna manera, todos podemos ser artistas de nuestro oficio o profesión.

En general, el resto de la obra de Genet trata temas sórdidos que llevan a preguntarse ¿cómo se puede encontrar poesía en descripciones tan descarnadas, crudas y prosaicas? ¿Dónde está la poesía en el mundo del hampa y en el mundo de la prostitución infantil o en el mundo de las prisiones y de los asesinos? Genet con su literatura, nos lleva a concluir que la poesía puede estar presente en todos los estados y condiciones del ser humano; lo que se necesita es tener la sensibilidad suficiente para reinterpretarlos, plasmarlos en un lienzo, en un film, en un texto o en una pieza coreográfica. 

Los buenos artistas podrán ayudarnos a encontrar la poesía escondida tras el horrendo conflicto que hemos vivido e invitarnos a leerlo y asimilarlo de tal manera que podamos superar los rencores, los odios y los deseos de venganza. Nos podrán ayudar a hacer las múltiples catarsis que necesitamos, develando la belleza oculta detrás de la tragedia, que sólo ellos nos pueden ayudar a ver y a reinterpretar. 

El arte, debe ser ese gran aliado que precisamos para encontrar el camino de la  reconciliación. Cuando se entra en contacto con el verdadero arte en cualquiera de sus manifestaciones, se es capaz de percibir la poesía que hay en cada ser humano; la poesía que hay en su oficio, cualquiera que este sea y tal vez a partir de allí, podamos empezar a respetarnos y a vernos como verdaderos iguales. 

Debemos aguzar todos los sentidos frente a las difíciles situaciones y condiciones de los otros, para encontrar el valor y la sacralidad en cada uno de ellos, sin importar su actividad o condición.

Lamentablemente, las palabras arte y cultura brillaron por su ausencia en el discurso de posesión de este gobierno de la paz, la equidad y la educación. Sin esas dos patas faltantes, la mesa ha quedado coja y corre el riesgo de caer. Señor presidente, aún hay a tiempo de rectificar. Debería otorgarle a esos dos pilares, el sitial indispensable que deben ocupar.

iliana.restrepo@gmail.com
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