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Opinión

  • | 2010/08/14 00:00

    Así es difícil hacer oposición

    Estoy escribiendo una carta al príncipe Felipe en la que le pido perdón, en nombre del pueblo de Colombia, por lo que hizo Lucero Cortés durante la posesión.

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Agradecí que Tutina no me hubiera invitado a la posesión presidencial porque no sé nada de política exterior: si me hubieran dicho que me sentara al lado del presidente Lobo, por poner un ejemplo, en lugar de buscar al mandatario de Honduras, me habría acomodado junto a César Gaviria.

Soy poco diplomático, lo reconozco. Sería incapaz de hacer lo que hizo el presidente Santos el martes pasado. No podría. Si tuviera a Chávez por delante, mando al demonio los derechos humanos y lo torturo. Ese es uno de mis sueños. Torturar a Chávez. A veces entrecierro los ojos e imagino que lo someto a la misma dieta de Angelino, abundante en fritanga. Y que luego lo encierro en una celda con dos parlantes en los que suene a todo volumen el poema que declamó Uribe en su última alocución presidencial. No sé si la oyeron. Era poesía en estado puro, como la de doña Amparo de Turbay. Émulo de Juan Harvey Caicedo, el ex presidente Uribe elaboró un recorrido lírico elogiando las bellezas de cada departamento colombiano: Meta y sus centauros, Orinoco y sus cuencas, Tolima y su Cafalandia. El único departamento que no mencionó fue el Departamento Administrativo de Seguridad, DAS, que, paradójicamente, fue el que más amó.

La verdad es que echo de menos a Uribe. Y no me gusta Santos. Parte de darle garantías a la oposición es ofrecerle materia prima. Y él no nos está inspirando: reconstruyó en menos de una semana lo que Uribe había destruido en ocho años. Se reconcilió con las Cortes. Habló con el Polo. Y conformó comisiones para normalizar las relaciones con Venezuela. Como era obvio, tan pronto supo que había comisiones de por medio, se hizo presente 'el Gordo' Bautista. Terminó de embajador. Allá se lo mandaremos con mucho gusto. Llegará al aeropuerto de Caracas forrado en una sudadera tricolor, para que vean lo que se siente.

Debo reconocer que el presidente Santos me está preocupando: nombra buenos ministros, toma medidas sensatas. Y así es muy difícil hacer oposición. Agradezco que al menos haya ubicado al hijo de Aurelio Iragorri en el Viceministerio de Gobierno, y ruego para que vengan más nombramientos parecidos.

Porque, por lo demás, Santos me tiene asombrado. Incluso ya no me parece tan desleal como antes: durante el infarto que padeció Angelino, cuyo corazón quedó remendado con cinco puentes coronarios, se portó bastante bien: les pidió a los miembros de la U que hicieran votos por su pronta recuperación o que, incluso, los compraran. Y se emocionó cuando supo por los médicos que Angelino avanza bien en su evolución: parece que ya bajó de los árboles, está usando el pulgar y comienza a caminar erguido.

Sin embargo, es prematuro lanzarle elogios a este gobierno. Falta ver cómo va a superar los desafíos históricos que tiene por delante. Uno de ellos es impedir que, ahora que tiene más tiempo libre, el ex presidente Uribe siga escribiendo poesías. Porque se puede dar: puede pasar que escriba sonetos dedicados a pueblos que no citó en su anterior efluvio lírico, como Apulo, que rima con la parte por donde Santos le está cayendo en estos momentos.

Porque ya se notan las diferencias entre ellos dos. Si me obligan a escoger, prefiero a Juan Manuel. Puede que tenga un estilo diferente al de Uribe, de quien hay que reconocer que hasta el último minuto trabajó sin descanso: hasta el último minuto nombró amigos en embajadas y comprometió vigencias futuras hasta el punto que, hoy en día, el Ministerio de Obras Públicas tiene presupuesto para construir los puentes que necesita Angelino y nada más. Pero Juan Manuel nos devolvió la diplomacia.

Yo recogí el legado: estoy escribiéndole una carta al príncipe Felipe en la que le pido perdón, en nombre del pueblo de Colombia, por todo lo que hizo Lucero Cortés durante la posesión: apenas lo vio, se saltó una valla, empujó a un policía y tumbó a dos invitados internacionales para poderse tomar una foto con él. Esa es mi gente linda, mi Colombia. En la carta también le ruego que no nos juzgue por el espectáculo de oír a Armandito Benedetti hablando de ''vosotros.''

Ojalá la Cancillería siga mi ejemplo y se acerque a otros países con los que estamos en deuda: que le ofrezca excusas al gobierno de Sudáfrica por todos los embajadores que hemos mandado y de paso también por los periodistas deportivos que cubrieron el Mundial: ¿qué puede pensar un sudafricano de Colombia? ¿Creerá que todos somos sencillos como 'el Profe' Vélez, cultos como Moreno de Caro, elegantes como Édgar Perea? ¿Que a los 40 años acá la gente no se afeita, no se lava el pelo y usa freno como Gabriel Meluk? También vale la pena disculparse de antemano con los habitantes de la franja de Gaza por lo que pueda hacer Uribe en su próxima visita: ya lo veo tomando café sobre un camello e intrigando para que William Vélez se gane las licitaciones de unas mezquitas.

Si el gobierno de Santos sigue por esa senda, Uribe terminará descompuesto y furioso. Va a ser raro verlo caminar por las calles mientras alza una gallina, se acomoda los tres huevos y recita poesías costumbristas ya loco del todo. Pobre. No debe ser fácil dejar el poder. Entrar al club de los ex mandatarios debe ser deprimente. Requiere adaptación. Ojalá que lo ayude el presidente Lobo.
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