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Opinión

  • | 2015/11/24 12:26

    13 N de París: cuando lo ininteligible se hizo simple

    Mientras millones de personas sueñan alrededor del mundo con viajar a la capital francesa, unos cuantos fantasean con destruirla.

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Los atentados del 13 de noviembre han conmocionado Francia por dos razones: los galos han descubierto que son más vulnerables de lo que pensaban y los que buscan herirla son connacionales. Viniendo de la era de la complejidad –basada en la falsa perplejidad– nos hemos despertado en la era de la simplificación. La primera por parte de los perpetradores; la segunda de los observadores y víctimas.
 
En un contexto internacional cada vez más caracterizado por la crispación religiosa, triunfan los vídeos de cuatro minutos que explican el surgimiento de Daech. Cuando los ciudadanos prenden los noticieros no entienden el anacronismo de unos decapitadores con Instagram. La violencia actual desconcierta porque no sabemos leerla ni interpretarla. Mas esa paradoja de ideas viejas con nuevas técnicas es todo menos anacrónica. Es, en cierta manera, la hispterización de la violencia.

La incomprensión se ve compensada por la abrumadora tendencia a recurrir a la sociedad de la información, donde conspiranoïcos tienen tribunas tan populares como los sabios. Las masas quieren entender desesperadamente aunque tienen algunas cosas claras. Por ejemplo es tópico decir que los muertos no valen igual en los medios (véanse los atentados en Kenia o Nigeria) ni que el “Safety check” de Facebook lo ha dejado latente al desatender a los libaneses.

La era de la simplificación por parte de los perpetradores es evidente. Cientos de islamistas se han mudado a Siria e Irak para luchar por Daech fascinados por la capacidad polarizadora de su intervención. Jóvenes perdidos del Medio-Oriente, del Sahel o de países industrializados valoran la descomposición interpretativa de Daech. La lectura amigo-enemigo tiene tres mecanismos para fascinar: primero simplifica la lectura del mundo, segundo simplifica las aspiraciones vitales, tercero simplifica las razones para los dos primeros al transformar una religión en reflejos totalitarios.

Los atentados de París sintetizan los tres a la vez. Como lo demuestran los manuales del propio Daech, lo que se busca es polarizar los que no lo estaban. Los islamistas quieren sacar del gris a los que tuvieran posiciones intermedias, tibias o dubitativas. Con la violencia las intenciones y las posiciones se decantan. Además los jóvenes fanáticos anhelan hacer algo con su vida, ser alguien. Frente al estrés del trabajo occidental, al desempleo, a la cosificación o materialismo consumista, el islamismo ofrece la garantía de dar un sentido a la vida. Los que se lanzan al yihad tienen la certeza de saber qué son y cómo sirve su vida en algo que superaría el individualismo occidental. La omnipresencia de la religión simplifica las justificaciones necesarias para actuar a sabiendas de que las víctimas tendrán muy clara la identidad y las motivaciones para los ataques.

Las tres simplificaciones fascinan los perpetradores porque operan sobre la base del morbo de la violencia extrema, del desafío a las convenciones y las coordenadas heredadas. Por eso mismo se atreven a destruir los toros alados de Nínive o a ejecutar a Khaled al-Asaad. No lo olvidemos nunca: de la misma manera que una mayoría aborrece las imágenes del terrorismo, otros son seducidos. Cuanta mayor la violencia mayor la prueba del desafío. La iconografía de Daech busca dos cosas: nuestro odio y la fascinación de sus futuros reclutas.

Empero la era de la simplificación también la viven los observadores y las víctimas. Es innegable que Daech es un monstruo creado por la inoperancia de la intervención de “Occidente” en Irak así como su hesitación sobre Siria. En el primer país a través de un apoyo a las discriminaciones impuestas por Nuri al-Maliki. En el segundo país al mandar armas a una oposición que se sabía cooptada por las marcas locales de Al-Qaeda. La simplificación de los observadores nos ha hecho cómplices de la lógica de Daech. Al responder Francia o Rusia con más bombas, al regresar EE. UU. a suelo Iraquí, consiguen que la estigmatización y polarización se de en ambos sentidos. Bien es cierto que las alternativas –como ignorar- son también difíciles.

Además de fomentar el círculo vicioso del odio, las simplificaciones a nivel de los electorados occidentales fomentan el ascenso de las extremas derechas como en Hungría. Este es un escenario soñado para los islamistas radicales: se mete a todos en un mismo grupo (se ven unidos cuando no lo están) y se vigoriza la amalgama islam-terrorismo. El tratamiento de los medios franceses sobre los atentados también ayuda, al fomentar el clima de miedo y su salutaria reacción nacionalista. Un buen síntoma de ello fue cortar a Gilles Kepel en su entrevista en France 2 cuando éste sugería que los terroristas en Francia no habían sido eficientes por su propia naturaleza: post-adolescentes perdidos que están más cerca del delincuente radicalizado que del guerrero profesionalizado.

De la misma manera que la era de la simplificación gusta a los islamistas, seduce a Occidente, cuyas reacciones serán más controles. El día en el que me confiscaron dulce de leche en el aeropuerto de Frankfurt porque es “líquido” (?!) lo entendí. Cada vez que pasamos por un control de seguridad ya habían ganado los simplificadores –que no simples–. Por eso no voy le voy a dar “like” a ningún comentario en Facebook ni voy a escribir en Twitter cómo me siento sobre lo de París.

La sociedad del 3.0 pone fácil confundir los tiempos: los de la emoción y los de la razón. La simplificación desde la tecnofilia ha llevado a ambos lados a racionalizar las emociones y emotividad en las re-acciones. Por eso no voy a explicar cómo París cautiva con su ritmo de vida, su cosmopolitismo y su arte para disfrutar. No voy a explayarme cómo Paris es relevante en el mundo cultural o es un ejemplo de apertura y libertad. Solo diré que desgraciadamente la era de la simplificación conviene a ambas partes de esta no-guerra para la cual habrá que inventarse otro término. Porque eso es lo que nos ha enseñado la ofensiva contra el terrorismo de Bush: solo será guerra si queremos que así lo sea.

*Profesor franco-español de RRII, Facultad de Ciencias Políticas y RRII Pontificia Universidad Javeriana.
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