Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2009/01/28 00:00

Atrapados por la “seguridad humana”

Enarbolando esta teoría que cree que los programas sociales pueden extinguir la criminalidad, se toman decisiones de gasto en la dirección errada.

Atrapados por la “seguridad humana”

Como cualquier otra disciplina, los Estudios Estratégicos y de Seguridad también son víctimas de las modas. Tal fue el caso con el éxito de conceptos como el de “nuevas guerras” que se hizo famoso a comienzos de los años 90 para bautizar formas de violencia tan antiguas como los enfrentamientos étnicos. Lo mismo se puede decir de la oleada de explicaciones economicistas de los conflictos internos inspiradas en una lectura simplista de los estudios realizados por Paul Collier para el Banco Mundial a inicios de la década de 2000.

Ahora, el debate académico y la formulación de políticas de seguridad parecen empantanados por otra moda intelectual que entorpece el diseño de estrategias efectivas para defender a los ciudadanos: la teoría de la “seguridad humana”. Un término difuso que pivota sobre la doble creencia de que el fortalecimiento del Estado está en contradicción con la protección de los individuos y que los programas sociales pueden extinguir la criminalidad por sí mismos sin que las instituciones democráticas insistan en el empleo de la fuerza.

El debate en torno al concepto de “seguridad humana” sería un asunto escolástico si no fuera por su espectacular éxito en Colombia. Esta moda intelectual ha llegado a todas partes. Toda una muestra de la ubicuidad del término se puede encontrar en la página web de la Secretaria de Gobierno de Bogotá, Clara López (www.claralopez.net) donde se anuncia que “avanza la política de seguridad humana en Bogotá” al mismo tiempo que se subraya que se apuesta por “una seguridad fincada en la convivencia y no en la represión”.

La funcionaria distrital está lejos de ser una excepción. Políticos, académicos y antiguos miembros de la Fuerza Pública han abrazado el concepto con entusiasmo. Una inmensa mayoría de las universidades invierten mucho más tiempo y recursos en instruir a sus estudiantes sobre las finezas de la “seguridad humana” que en la enseñanza de otras disciplinas con más tradición académica e igualmente relacionadas con la protección de los ciudadanos como los estudios sobre criminalidad o terrorismo.

Curiosamente, existen pocos conceptos tan ajenos a la experiencia cosechada por Colombia en su esfuerzo por restaurar el orden y la paz como las ideas agrupadas bajo la etiqueta de “seguridad humana”. Si se puede señalar una causa primaria de la crisis de seguridad que padeció el país a finales de los 90, se trata de la fragilidad del Estado y en particular de su aparato de seguridad.

Durante ese período negro, los colombianos fueron asesinados, secuestrados y desplazados no por la omnipotencia de un Estado tiránico sino por la incapacidad de las instituciones para proteger a los ciudadanos. Se vivió un ejemplo cruel de como Thomas Hobbes concebía la vida del hombre en ausencia de gobierno: pobre, tosca, embrutecida y breve.

De igual forma, la paradoja de cómo la inversión estatal no solo no apagó la violencia en las regiones sino que estimuló la codicia de los grupos armados por capturar los fondos destinados a educación o salud demostró como crimen y terrorismo no pueden ser apaciguados haciendo uso exclusivamente de programas sociales. Sin duda, el acceso a la educación y las oportunidades económicas fortalecen la confianza popular en las instituciones y animan a la opinión pública para cerrar filas frente a quienes quebrantan la ley. Pero la seguridad es una condición previa para generar desarrollo y prosperidad. Sin ella, la inversión en hospitales o escuelas es solamente un botín a merced de los violentos.

Si los postulados de la “seguridad humana” parecen bastante lejanos de la realidad, ¿cuál es entonces la explicación de su éxito? Sin duda, existen académicos competentes y políticos sinceros que han sido atraídos por el espejismo de encontrar una alternativa a la “seguridad tradicional”.

Además, otros factores han contribuido a la difusión de este concepto en aulas académicas y despachos oficiales. Para empezar, la tentación de alinearse con lo políticamente correcto ha empujado a muchos a respaldar públicamente una idea que promete la fantasía de una estrategia de orden público sin su lado impopular: la necesidad del Estado de Derecho de hacer uso de la fuerza. Sobre esta base, la campaña de mercadeo lanzada desde sectores de la comunidad internacional ha sido decisiva para convertir la “seguridad humana” en un artículo de fe. De hecho, Naciones Unidas ha declarado este concepto como uno de los ejes de sus actividades globales donando decenas de millones de dólares para crear institutos, financiar proyectos de investigación y celebrar seminarios con esta orientación. Bajo tales circunstancias, ¿quién se resistiría a la “seguridad humana”?

El problema es que, parafraseando al filosofo norteamericano Richard Weaver, “las ideas tienen consecuencias”. Enarbolando la teoría de “seguridad humana”, sectores políticos y académicos buscan el origen de los problemas donde no está y toman decisiones de gasto en la dirección errada. Responden a alzas en los índices de delincuencia con discursos sobre la problemática social existente al tiempo que no se comprometen a proporcionar el respaldo político y las inversiones necesarias para que la Fuerza Pública pueda cumplir la tarea que le corresponde.

Abordar los problemas de seguridad demanda, en primer lugar, abandonar un discurso que puede cosechar aplausos en algunos círculos políticos de dentro y fuera del país; pero que impide concebir y ejecutar una estrategia efectiva para garantizar la protección de los ciudadanos. Un cambio que muchos agradecerían en una ciudad como Bogotá que ve su tranquilidad erosionada por el ascenso de la criminalidad y al mismo tiempo que se enfrenta al zarpazo del terrorismo.

Román D. Ortiz*
Coordinador
Área de Estudios de Seguridad y Defensa
Fundación Ideas para la Paz

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