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Opinión

  • | 1987/12/28 00:00

    AUTOCRITICA

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El debate sobre el "caso Vasco" no debe limitarse a la insólita influencia (o "para-poder") de este personaje sobre el Presidente de la República, ni al repudio que produjeron sus mal escogidas palabras contra el periodista más estimado del país.

Gustavo Vasco lanzó un guante, que necesariamente debe ser recogido por los que resultamos retados con sus declaraciones:
los periodistas del país. Tanto más si se tiene en cuenta que ellas polarizaron rotundamente a la opinión, y que han dado pie para que muchos confiesen, pública o privadamente, en columnas de opinión, cartas del lector a los periódicos o cocteles sociales, que algo de razón han encontrado en las críticas de Gustavo Vasco al ejercicio del periodismo nacional.

Las críticas de Vasco, concretamente, han enfilado contra el llamado periodismo investigativo, que según él, "se ha tornado en un periodismo inquisitorial, en lugar del tradicional periodismo de información, de opinión, de crítica y de controversia". Y más adelante afirma: "Este periodismo inquisitorial, a más de las suspicacias, está creando en Colombia un clima enrarecido y altamente perjudicial para el normal desenvolvimiento y creatividad de la iniciativa privada".

No es justo ni apropiado recoger esta controversia en momentos en que Daniel Samper, cerebro del periodismo investigativo, está fuera del país, obligado por las circunstancias. Pero mientras él regresa--algo que esperamos de todo corazón que sea pronto--o se refiere al tema en su columna, yo si quisiera ejercer la autocrítica sobre el ejercicio profesional.

Empecemos porque en nuestra profesión, las buenas noticias no son noticia. De ahí que la tendencia negativista que nos atribuyen nuestros críticos sea totalmente válida. Esta aberración explica nuestro eterno diferendo con el gobierno. Jamás será noticia que las carreteras del Ministerio de Obras se hagan a tiempo y dentro del presupuesto calculado, sino que se demoren y cuesten más de lo presupuestado. Pero este negativismo también explica la mutua desconfianza existente entre el periodismo y la clase política. Los políticos piensan que todos los periodistas somos sicarios morales, y los periodistas creemos que todos los políticos son clientelistas. Y a fomentar estos excesos contribuye el hecho de que de ninguna forma es noticia que los parlamentarios lleguen a tiempo a sus sesiones, ni que defienden sus proyectos de ley con vehemencia y brillantez hasta altas horas de la madrugada. Pero en cambio, hacen primeras planas sus viajes a la China, el ausentismo y las cifras de los auxilios parlamentarios.

En cuanto a los excesos del periodismo investigativo no hay duda de que se cometen. Conozco personalmente (al igual que todo el mundo conoce uno) el caso de un ex funcionario público que fue sindicado con foto y todo en primera página de un periódico capitalino, y a pesar de la respectiva investigación de la Procuraduría, jamás fue absuelto en el mismo medio, ni siquiera en la página de los cines, que es donde usualmente se rectifican estas equivocaciones. La víctima se encontraba ocupando un cargo diplomático en el momento en que salió la información, y fue despedido por el gobierno de turno. Desde entonces no ha vuelto a conseguir trabajo. Y carga un folder con los recortes de sus difamaciones bajo el brazo, no desaprovechando oportunidad para decir cosas peores que Gustavo Vasco cada vez que se cruza por su camino alguien que desee escucharlo.

Sería inútil negar que en el ejercicio del periodismo investigativo, muchas veces enjuiciamos y condenamos. Que con frecuencia consideramos los vínculos de amistad como motivos de sospecha, o las coincidencias como pruebas de culpabilidad, y que esta en clara desventaja quien, frente al corrosivo poder de las insinuaciones de un informe de periodismo investigativo, pretende defender u obtener una rectificación.

El propio Gustavo Vasco es "bocado de cardenal" para el ejercicio del periodismo investigativo. Su influencia sobre el actual Presidente permite sospechar cuando obtiene beneficios que de una u otra forma dependen del gobierno. Por esta misma razón su propio yerno, un señor particular con la casualidad de estar casado con la hija de Gustavo Vasco, resultó cuestionado a través de una frase hábilmente atravesada en un informe de la unidad investigativa de El Tiempo, basada en la simple sospecha que produce el hecho de que el yerno de Vasco apareciera entre las personas interesadas en el negocio del polipropileno.

El periodismo investigativo se inventó precisamente para eso. Para, no insinuar cosas contra las personas, sino para demostrarlas. Y cuando las ha demostrado ha cumplido a cabalidad su función orientadora de la opinión pública: asusta a la gente ante la perspectiva de que sus actuaciones sean objeto de debates públicos, impide que sean mayores los excesos y ejerce una definitiva capacidad disuasiva sobre los "serruchos".

Pero también es cierto que si el periodismo investigativo ha llegado a ocupar, enjuiciando y condenando, el puesto de la justicia, es porque la justicia lo ha abandonado. La misma opinión pública es la que le exige al periodista que le proporcione los culpables que los jueces de la República ya no le proporcionan. Y si el periodismo se ha pasado a ejercer a los predios de la justicia, el propio gobierno debe hacer que la justicia recupere su efectividad y credibilidad, para que los periodistas abandonemos las sentencias y nos dediquemos a proporcionar información, ejercer la crítica, hacer opinión y mover la controversia sobre los grandes temas, todo lo cual constituye, por excelencia, la función del periodismo.

Lo anterior no pretende ser sino un honesto "mea culpa", con el que acepto que los periodistas no somos, ni muchísimo menos, infalibles. Y que probablemente somos tanto o más "inmamables que los ministros del actual gobierno.
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