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Opinión

  • | 2003/06/09 00:00

    Autoridad

    Uribe, a quien una mayoría considerable de votantes eligió para que ejerciera la autoridad, es autoritario, pero no le obedece nadie

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En el curso de la discusiOn pUblica sobre el proyecto de reforma política -once horas de discusión, de las cuales el presidente Alvaro Uribe aguantó nueve-, se levantó de su silla el señor Over Jimmy Borda y le tiró a la cara un vaso de agua al ministro de Interior y Justicia Fernando Londoño Hoyos. Por lo que entiendo, no era un vaso de agua 'lúdico-didáctico' como

los que arrojaba en sus tiempos el hoy alcalde Antanas Mockus. Sino un vaso de agua de exasperación y de cabreo ante la insultante arrogancia del Ministro. El cual se secó la cara, y dijo con desdén que un vaso de agua no era un argumento.

Es verdad. No es un argumento. Pero es que frente a la prepotencia autista de este gobierno de Alvaro Uribe (y de su arrogante y escurridizo Ministro de Interior y de Justicia: tan arrogante que su propia policía no se atreve a detenerlo porque es tan escurridizo que su propia justicia no ha conseguido encontrarlo), frente a este gobierno que ni da la cara ni la quita, no valen los argumentos. Es un gobierno, digamos, anfibio: ni esto ni lo otro, ni carne ni pescado, ni de pelo ni de pluma. En esa misma reunión lo llamó el senador Carlos Gaviria, "gobierno autoritario"; y lo es, sin duda. Pero uno a cuya autoridad nadie obedece. Ni sus ministros. Ni sus parlamentarios. Ni su partido. Ni el otro. Ni sus funcionarios administrativos. Ni sus generales. Ni, por supuesto, la gente.

Cosa que al presidente Uribe, que fue elegido hace un año porque representaba y prometía la autoridad, no parece importarle mucho. Cuenta la prensa unánime (quiero decir: El Tiempo) que el Presidente, que asistía impertérrito, impenetrable y hierático a la discusión de marras, no hizo ni un gesto ni dijo una palabra ni parpadeó siquiera cuando lo del vaso de agua. Impermeable, como su Ministro, a cualquier argumento, sólido o líquido. Le da exactamente igual.

O no. Depende de en dónde. Porque el presidente Uribe no guarda ese silencio de majestad inaccesible cuando los fines de semana sale a los pueblos con la televisión a rastras y su ruanita de algodón y su sombrerito paisa; sino que, por el contrario, habla como una cotorra. También allá es autoritario. A los niños que han venido a curiosear les manda que se pongan a rezar, a los alcaldes que han venido a pedir ayuda les manda que se la den a él. Manda sin parar. No se sabe si allá sí le obedecen, o si no le obedecen allá tampoco, porque una vez concluido el consejo veredal de gobierno la televisión no vuelve nunca al pueblo, y el Presidente menos, y una y otro de trasladan con sus bártulos -cámaras, sombrerito- al pueblo siguiente. ¿Rezaron los niños? No se sabe. ¿Ayudaron los alcaldes? Lo más probable es que hayan sido pasados a cuchillo, por los paras o por la guerrilla, pero tampoco se sabe a ciencia cierta. Ni importa. El presidente Uribe está ya dando órdenes en otro sitio.

Ejercer la autoridad no es lo mismo que ser autoritario, como dicen (con razón, aunque sin quererlo) los defensores del autoritarismo. El presidente Uribe, a quien una mayoría considerable de votantes eligió para que ejerciera la autoridad, es autoritario, pero carece de autoridad: no le obedece nadie. (Ni siquiera Bush).

Y es porque la autoridad que hubiera podido y debido tener, gracias a su indiscutible y arrolladora victoria en las elecciones, la desperdicia en pendejadas. Y ni siquiera entonces le sirve para imponer su criterio, errado o acertado, poco importa. Es el caso del embeleco del referendo: ese magno proyecto tramposo, costosísimo, y completamente inocuo. Hasta el procurador Edgardo Maya, un hombre blando y pacífico que solamente quiere que lo dejen en paz, ha tenido que levantar el dedo para decir que por lo menos catorce de las diecinueve tontas, cambiantes, innecesarias y capciosas preguntas del referendo del presidente Uribe le parecen inclusive a él, además de superfluas, constitucionalmente inexequibles. Y que la cosa no vale la pena.

Pero ¿y qué hace entonces el presidente Uribe? Pues se pone su sombrero y su ruanita, se va a un pueblo cualquiera rodeado de camarógrafos pagados y de concejales aterrorizados, y anuncia que si su referendo oficial resulta ser inconstitucional, como dice todo el mundo, él hará personalmente, rodeado de su pueblo, un "referendo popular".

Dije yo aquí hace ya varios meses, con temor: "Ein Volk, ein Führer". Un pueblo, un jefe.

Ah, antes de que se me olvide: al señor Over Jimmy Borda, el del vaso de agua de que hablé al principio, lo pusieron preso por "irrespeto a la autoridad".
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