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Opinión

  • | 2011/11/03 00:00

    ¡Ay, Nicaragua!

    Hoy quiero reflexionar sobre la amenaza inminente que representa la perpetuación del poder personal de Daniel Ortega y su dinastía.

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Nuestro continente ha padecido, en gran parte del siglo XX y en lo que va de corrido del XXI, el azote periódico del populismo como una forma concreta de las estrategias políticas de ejercicio del poder. El populismo se caracteriza por una concentración del poder en el presidente de turno, el cual informaliza los partidos o movimientos políticos, causando una desinstitucionalización de la política. De allí que las identidades políticas y los fundamentos ideológicos ligados a dichos movimientos tengan sello personal, tales como peronismo, varguismo, chavismo, uribismo y orteguismo, entre otros.

Así mismo, el populismo acosa a la democracia, imponiendo el uso de modos de representación y participación parcialmente compatibles, pero no equivalentes a los pertenecientes a la democracia liberal. Además, introduce “nuevos protocolos” políticos que desafían el lenguaje intelectual y elitista a través de los cuales fomenta la desconfianza y el desapego hacia los procedimientos institucionales y legislativos, ligando todo ello a una interpretación personalista y discrecional de las normas del Estado de Derecho.

Es este el momento cuando sale a flote el carácter despótico y peligroso del populismo, al multiplicarse los conflictos entre el Ejecutivo y la judicatura y entre el mismo y otros poderes estatales. Ello desata acciones ejecutivas arbitrarias y violatorias que no logran restarle legitimidad ni apoyo popular gracias a la explotación política de los temores de la gente –mediante el nacionalismo o la xenofobia- y el uso de promesas demagógicas, dando además como resultado el que se justifiquen las acciones autoritarias como expresiones genuinas de la “voluntad popular”.

Es un hecho notorio que muchos países del continente están sufriendo actualmente el flagelo de gobiernos populistas. Sin embargo, hoy quiero reflexionar sobre la amenaza inminente que representa la perpetuación del poder personal de Daniel Ortega y su dinastía, quien posiblemente será reelegido como presidente, en una violación flagrante de la Constitución de Nicaragua, en las elecciones que se celebrarán en dicho país este domingo 6 de noviembre.

Recordemos que, a pesar de que el artículo 147 de la Constitución de Nicaragua prohíbe la reelección después de dos períodos alternos, Daniel Ortega se inscribió como candidato, amparándose en una sentencia -a todas luces violatoria de la Constitución- de una Corte Suprema de Justicia dominada por él. Este zarpazo a la constitución se ha argumentado aludiendo a la misión histórica y singular que encarna el líder para la construcción de una Nicaragua prospera. Así lo manifestó descaradamente el otrora comandante de la revolución sandinista, Tomas Borge: “La revolución es fuente de derecho y sus posiciones son legítimas y justas más allá de lo formal y lo concreto. Si estamos en un revolución debemos seguir (…) la máxima legitimidad la tiene la voluntad popular”. En consecuencia, el Estado de Derecho se desmorona como producto de la instrumentalización que el caudillo Ortega ha hecho de las instituciones, poniéndolas a su servicio en una mezcla de fidelidad personal, ideológica y clientelista.

La metamorfosis sufrida por quien fuese uno de los líderes de la revolución sandinista (1979) en contra de la dictadura dinástica de los Somoza comienza luego de la derrota electoral que sufrió el Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en 1990. A partir de allí empezó el declive de la ideología sandinista y emergió el orteguismo como la corriente dominante. Desde entonces, los valores y referencias de la ideología sandinista fueron convertidos para hacerlos más acordes a las ambiciones del orteguismo. Ahora lo que hay es un proyecto personal, de una familia, ya que no existe duda, como lo expresa la poetiza nicaragüense, Gioconda Belli, “de que la familia Ortega está destinada a regir los destinos del país por el tiempo que sea necesario. Es una convicción mística, astral. Y Somoza tenía dos hijos, Daniel tiene ocho, más la Primera Dama. Y toda la familia se está entrenando en el manejo del poder”.

En fin, Daniel Ortega siguiendo al pie de la letra el libreto populista ha construido un discurso en el que dominan una retórica mesiánica y redentora poblada de metáforas religiosas. Según uno de los comandantes más emblemáticos de la revolución sandinista y ahora opositor y crítico de Ortega, Henry Ruiz, “todas las señales indican, para aquellos que vivimos en el somocismo y que estamos ahora en el orteguismo, que hay acciones y hechos mucho más agresivos en el orteguismo que en el somocismo. Por ejemplo, el reclamo que hace la iglesia católica por el abuso (en el discurso y propaganda orteguista) de los símbolos propios del catolicismo y el cristianismo. La intención es clara y es que aquella idea redentora que tuvo la Revolución Popular Sandinista se convierta en un símbolo mesiánico en la cabeza de Daniel Ortega”. Y remata Víctor Tirado López, exmiembro de la dirección nacional del FSLN, “el continuismo de Daniel Ortega en el poder nos estaría condenando a ser rehenes de una tiranía, a seguir sufriendo más represión, más pobreza y más sometimiento”. Ay, Nicaragua que diría el general de hombres libres, Augusto Cesar Sandino, si se diera cuenta de lo que se te viene encima.

* Director del Departamento de Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Pontificia Universidad Javeriana y Editor de la Revista Papel Político.
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