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Opinión

  • | 2006/11/25 00:00

    Ayuda de memoria

    Danilo Rojas, de DeJuSticia, insiste en el papel de la crónica en la reconstrucción de nuestra memoria histórica

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Di tú por mí, silencio
No era hoy un día de palabras,
Intentos de poemas o discursos,
Ni ningún camino era nuestro.
Para decirnos bastaba un acto solo,
Y ya que en la palabra no me salvo,
Di tú por mí silencio, lo que no puedo.
José Saramago

En el proceso de desmovilización y reinserción adelantado por el gobierno van quedando claras cada vez más algunas cosas, dentro de las cuales sobresales tres: (i) que el derecho a la verdad estará sujeto a la buena voluntad de quienes se sometan al proceso –que no la política– concertado entre gobierno y paramilitares; (ii) que no habrá una versión oficial total ni parcial de la verdad de los acontecimientos violentos de los últimos lustros en Colombia, por cuenta de los actores armados del conflicto, y (iii) que la reconstrucción de la historia reciente del país correrá por cuenta de quienes por distintas razones y bajo diferentes formatos se atrevan a narrarla.

Al historiador que quiera medírsele a contar nuestro trágico acontecer reciente le queda la tarea nada fácil de juntar fragmentos de historias, sin duda más tristes que épicas, para lo cual deberá valerse, entre otras fuentes, de las narraciones judiciales, los informes de prensa, las entrevistas con los protagonistas, los boletines oficiales sobre hechos puntuales y los relatos.

Este último parece ser el género periodístico más idóneo para dar cuenta del acontecer reciente de nuestro país y, en consecuencia, una fuente insustituible no sólo para el historiador de marras, sino para todo aquel –incluidos el investigador judicial y el juez– que quiera armar una narración coherente de un hecho, no insular y con sentido.

País de Plomo es una de esas fuentes valiosas, al menos por tres razones: primero, porque la guerra que nos azota se muestra allí en toda su dimensión trágica, cotidiana y llena de aquellos detalles desgarradores que se suele suprimir en las historias heroicas; algo así como la trivial fatalidad de la guerra y su sin sentido.

Segundo, porque logra un fino enlace entre la descripción y el análisis, lo cual permite señalar brevemente y sin pretensiones varios acontecimientos susceptibles de ser articulados en una suerte de meta-narración que junte distintos tipos de violencia en Colombia: los momentos de auge y derrumbe de estructuras guerrilleras como la del ELN y el EPL; el parangón del modus operandi guerrilla-paramilitares, y la estrategia militar oficial.

Y tercero, porque hay una buena cosecha de ejemplos de justicia no oficial –guerrillera paramilitar y militar–, no sólo base de estudios sobre pluralismo jurídico en Colombia, sino claras muestras de la forma como la legalidad hegemónica es vulnerada por los protagonistas de la guerra –aún sin conciencia de ello–, bajo la mirada complaciente de autoridades y el estoicismo, el escepticismo y la impotencia de la población

El derecho a la verdad seguirá golpeteando todo el tiempo que dure el proceso de desmovilización que actualmente adelanta el gobierno e irá mucho más allá del mismo. Ante el arreglo legislativo que decidió hacerle el quite a una Comisión de la Verdad, por razones que no es el caso examinar en este espacio, y que le apostó a la verdad probada en los estrados judiciales –precaria por principio–, por ahora no queda más que echar mano de la literatura, los símbolos y el periodismo en profundidad, si queremos saber medianamente lo que pasó y está pasando en este conflicto armado sin fin.

No gratuitamente se escriben, sin necesidad de realismo mágico, novelas cortas como La multitud errante –Laura Restrepo–, se ordena por los organismos judiciales internacionales como la Corte Interamericana de Derechos Humanos erigir estatuas en memoria de las víctimas, incluso se hacen panegíricos como el que Glenda Martínez le hizo a Salvatore Mancuso y se hacen relatos dolorosos desde las entrañas mismas de la guerra, como el de Juanita León.

Estos textos y muchos más vienen en realidad hilando nuestra historia reciente, y de paso atajando el alzheimer pandémico al que se nos quiere inducir a toda costa, no sólo por el gobierno, sino por ese Todo inconsciente que estamos construyendo de a poquitos y en el que participan, entre otros, el unísono institucional –incluida la justicia–, los medios de comunicación, la academia, un largo etcétera y… nuestro silencio.

Danilo Rojas Betancourth es miembro fundador de DeJuSticia y profesor de la Universidad Nacional. El Centro de Estudios de Derecho, Justicia y Sociedad -DeJuSticia-(www.dejusticia.org)  fue creado en 2003 por un grupo de profesores universitarios, con el fin de contribuir a debates sobre el derecho, las instituciones y las políticas públicas, con base en estudios rigurosos que promuevan la formación de una ciudadanía sin exclusiones y la vigencia de la democracia, el Estado social de derecho y los derechos humanos.
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