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Opinión

  • | 2004/03/28 00:00

    Bajo el signo de la contradicción

    El ex magistrado de la Corte Suprema Gustavo Gómez Velásquez atribuye al estigma de vivir en permanente contradicción que los colombianos no sepamos dónde estamos parados en materia de reelección, TransMilenio, voto militar, vicepresidencia, cotización del dólar y hasta precio de la gasolina.

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No es otro el símbolo de los tiempos por lo mismo que a estos los domina el prurito o la necesidad del cambio. A quien no mude de opinión o de criterio, aun sin motivos válidos, se le considera una antigualla y está en contravía de la marcha normal del mundo. Vivimos bajo la perspectiva de tener la verdad de hoy como la mentira del mañana, según los dictados de los científicos, y también, lo que es peor, reputar la mentira de hoy como la verdad del mañana, sin necesidad de acudir a la ciencia. Es más, la fijeza en los conceptos se estima pobreza mental, como ausencia de debida información y hasta de falta de iniciativa o de purificación de experiencias. Y uno, en su sinrazón, creería que el fenómeno es todo lo contrario, o sea, inestabilidad síquica, carencia de debido estudio, manejo inadecuado de los temas o actitudes simplemente de relumbrón.

Y todo se ciñe a peculiares formas de raciocinio que dejan atónito a cualquiera. Y el problema no solo es asunto nacional, aunque aquí es la receta cotidiana, sino allende las fronteras. Para no ir muy lejos en el tiempo, tomemos el paradigma de las últimas elecciones españolas. Parece que la derrota del PP se debió a que no pudo acertar desde un principio si la matanza en los trenes de cercanías era de la ETA, primera acogible impresión, o del grupo islámico de Ben Laden, o de los dos. La incertidumbre o ceguedad iniciales surgieron como situación bastante corriente puesto que masacres tan horrendas no aparecen develadas en forma completa y concomitante con su consumación, pues demandan tiempo y técnicas especiales para descifrarlas. Magno error, suficiente para perder al gobierno de turno, aunque mal menor comparado con el acierto primerizo de la conjetura, pues en este evento se le habría adjudicado carencia de medidas preventivas, no obstante haber impedido desastres mayores con el descubrimiento de otros frustrados atentados, o ser coautores porque tanto e inmediato conocimiento solo podía nacer de tan macabro vínculo. Pero el despropósito tenaz, que no digiere cerebro alguno, es haber castigado de manera tan draconiana y fulminante al PP, combatiente de esos grupos terroristas orientales y respaldar electoralmente al Psoe, que nunca los confrontó. Nunca faltará un paraguas de Chamberlain, ni un Petain, ni un régimen de Vichy, máxime si eso fomenta un pugnaz alejamiento de los Estados Unidos de América, fenómeno recurrente en Europa, aunque ese continente, más temprano que tarde, busque abrigo bajo ese alero.

Pero vamos a lo que vinimos. Ilustremos con algunos casos la insolencia de vivir bajo el estigma de la contradicción y la incoherencia.

Se afirmó como verdad eterna que toda reelección era funesta, pero ahora el derrotero histórico debe ser distinto, así una continuada reelección emascule la aparición de personajes dignos de representar la pujanza de los partidos o de los movimientos. Esto, unido a la fe en períodos cortos, para evitar malas administraciones, ahora sustituida por la devoción a largos ciclos, para premiar a los buenos jefes de estado, aunque la elección supone este mérito, y el defecto contrario debe implicar su destitución.

Por años y años, la vicepresidencia de la república fue erradicada porque el país no resistía dos grandes figuras al mismo tiempo, en el mismo gobierno y con cauda propia. Se dijo hasta la saciedad que era factor de entorpecimiento político-administrativo, de interna oposición, de cosechar para el propio costal. Y cayó la institución, aunque ahora resulta todo lo contrario y su restablecimiento incluye el aliciente de poder ser el gobernante venidero previa la constitucional inhabilidad creada para quien se desempeñe como presidente.

Daba pavor, antiguamente, una fuerza pública con militancia política, con derecho a voto y con ejercicio el mismo día de elecciones. Ahora parece ser lo más conveniente e imprescindible, porque a un tan grueso contingente de colombianos no se les puede privar de escoger a sus representantes. Claro que no se podrá saber quién se queda, como en el cuento judío, vigilando la caja registradora, el orden público o el orden privado, mientras todos a una se dirigen a ejercer tan fundamental derecho y prerrogativa.

La pornografía era vituperable en la vida ordinaria, y para mitigar algunas de sus expresiones se recurría a distingos fundados en el concepto de lo erótico o de la obra de arte. Pero ahora es un derecho aun para personas aisladas en una cárcel, para encabritar más su sexo y hacer que la rijosidad se vuelva tan compulsiva que tome satisfacción, a las buenas o a las malas, en todo lo que se mueva o esté al alcance de la mano. Es el libre desarrollo de la personalidad, aunque no se sepa cabalmente cuál desarrollo y cuál personalidad deban protegerse o auparse.

Otrora se pregonaba el respeto por la educación privada, dentro de sus moldes propios; la libertad de voluntades para crear organismos de este rango que les permitían a quienes a ellos se acogían, de manera espontánea, respetar sus direccionamientos y dictados. Pero hoy en día no, pues si se impone un uniforme, una tutela ampara al que no quiere usarlo; si se determinan normas de disciplina, otra tutela las liquida. Con decir que hasta los presos, cuando el reglamento ordena salir de sus celdas para cumplir otros menesteres (trabajo, alimentación, ejercicio) pueden quedarse, mediante tutela, en su celdas. Rico, no, don Pepe, manejar todos aquellos y estos establecimiento con tanta libertad y desarrollo de la personalidad, aunque por razones obvias estos, en unos y otros, se encuentren prudentemente limitados.

El transporte urbano no podía aumentar sus precios descomedidamente y debía respetar cupos hasta el punto que todos viajaran sentados, y además, debía ser atendido por todos bajo el principio de la libertad de empresa. Ahora no, ahora se estila crear unas rutas especiales, para uso de unos buses especiales, que no tengan competencia y que la rifa consista en poder encontrar en el día o en la noche un sitio de aposentamiento siquiera como pájaro, en una de las varillas de la carrocería. ¿Y de los precios? Pues absoluta libertad para que sea también libre la apropiación de los que de manera particular concurren a esa pública labor. El monopolio se explicaría a favor integral del Estado, de la comunidad y de la inversión social

Antes, el valor de la gasolina aumentaba una vez por año y en centavos. Para que la opinión pública no se irritase descomedidamente, el ribete en el precio se efectuaba un 28 de diciembre, fecha que llevaba a pensar en la ocurrencia de una charla pesada o pachuna. Ahora es cada mes y en cantidad considerable, según ascienda el dólar, aunque de bajar éste no se aplica igual criterio y es posible que de llegar a ser muy sensible su disminución, esta se corrija prestamente con una sobretasa.

Nadie ha podido saber lo del dólar. Ni el propio Banco de la República, que parece, según expertos, no saber para dónde va, y va muy despacio. Imagínese el lector cuándo llegará al punto con este desconocimiento y lentitud. Años atrás era cuestión de oferta, demanda, producción o recorte del gasto. Y todo se armonizaba. Ahora es diferente. En efecto, de bajar se nos reduce la deuda externa y hasta se puede vislumbrar su pago en un siglo (recientemente, la economía a este respecto alcanzó cifras sensibles y alentadoras), pero si baja y baja hasta que ella misma se pague, quiebra a los exportadores que ven disminuida su ganancia y no pueden trabajar sino con un dólar caro. No se sabe todavía cuál es el precio del dólar que conviene equitativamente a todos, o fundamentalmente a la deuda externa, ni menos si los exportadores pondrán su mercancía en el exterior de acuerdo con su calidad, volúmenes y a una competitividad afianzada no en la pobreza sino en la riqueza y en el valor justo de ganancia y de pago real del producto.

Antes, las presentadoras eran personas de una seriedad ejemplarizante. Atraía más una monja. Pero ahora el producto noticioso es anunciado por despampanantes mujeres que muestran todo menos la cosa y con tanta gracia y sugestión que el informado puede decir de qué color eran sus prendas interiores o señalar el tamaño del zapato mirado éste desde el escote superior, pero nunca el precio o la naturaleza de lo anunciado. A la postre se ignora si lo avisado era un automóvil, un medicamento, un comestible o un libro.

Todo esto es apenas un ligerísimo e incompleto escrutinio de nuestras dolamas argumentativas, las del ir y venir al mismo tiempo, negar y afirmar simultáneamente, acertar y desacertar a una. Claro que algunos lectores estarán en desacuerdo con estos enunciados, lo cual confirmará que estamos bajo el signo de la contradicción. Pero otros, a no dudarlo, conocen mejores ejemplos y los divulgarán con presteza, para confirmar que en esto de opiniones y soluciones somos tan firmes como los artistas en la escogencia de pareja matrimonial, los mismos que se gozan una por cada telenovela y dos por cada cortometraje.

* Ex magistrado de la Corte Suprema de Justicia.
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