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Opinión

  • | 2015/01/22 16:00

    Balazos a Martha Isabel

    El asesinato de la patrullera muestra que la violencia de género cabalga por doquier.

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Uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis. ¿Qué pasaría por la cabeza de Manuel Bobadilla Pacheco en el momento de dispararle a su novia, Martha Isabel Correa Chavarro? El patrullero subió hasta el tercer piso de la Dirección Nacional de la Policía, uno de los edificios más custodiados del país, le reclamó en voz alta y luego con frialdad desenfundó su arma 9 milímetros SIG-Sauer, le apuntó al tórax y le propinó seis tiros. La joven cayó. Un charco de sangre anegó el piso de la oficina de Asuntos Internacionales, en donde ella trabajaba.

El crimen produjo estupor. Una fuerte reacción de indignación recorrió el país. Pero fue fugaz. Como el grito de cientos de mujeres que son víctimas de la violencia de género y que van adoloridas ante las autoridades para quejarse. Pasadas unas horas, la mayoría perdonan a sus parejas, incluso muchas de ellas vuelven con ellos, y las querellas son archivadas. Luego el silencio.

Es como si este drama formara parte de un monótono paisaje. Hay una cifra demoledora. De 400.000 mujeres que en Colombia han sufrido violaciones en medio del conflicto, la Fiscalía General de la Nación sólo tiene 700 casos. Un vergonzoso mutismo impera en toda nuestra geografía.

Y el asunto es tan grave que en algunos sectores que estudian este drama flota una inquietante pregunta: ¿Odia nuestra sociedad a las mujeres? La representante a la Cámara y copresidenta de la Comisión de Paz del Congreso, Ángela Robledo, no tiene dudas. Sustenta su afirmación en las cifras.

En el 2014 fueron asesinas 637 mujeres. El 83 % de estos casos están relacionados con discriminación de género. Es decir, aunque en Colombia aún no se tipifica el delito de feminicidio, todo muestra que en la mayoría de los casos, las muertes de las mujeres obedecen a crímenes de odio hacia ellas.

La espiral va en aumento. En el período 2007-2011, fueron asesinadas 583; y en 2013, 514 mujeres. Todas a manos de sus parejas o exparejas. “Cada día conocemos a través de los diferentes medios de comunicación que una mujer fue asesinada, que fue descuartizada, que fue apuñalada, que fue desaparecida, que fue golpeada, que fue violada por su condición de género”, argumenta Robledo.

Cuando el jefe paramilitar Salvatore Mancuso llegó al Congreso de la República de la mano de las parlamentarias Rocío Arias y Eleonora Pineda, ellas sabían bien de su prontuario respecto a violencia de género que ahora fue ratificado por el Tribunal de Justicia y Paz. En la sentencia se lee su cruel historial con prácticas como prostitución y esclavitud sexual, acceso carnal violento, actos sexuales abusivos, esterilización forzada y abortos forzados. Sin embargo, cuando se les preguntó por estos crímenes, ellas también optaron por un silencio cómplice.

En el caso de Mancuso, podría decirse que su maldad contra las mujeres corresponde a los patrones salvajes propios de un actor armado en la dolorosa confrontación en la que estamos inmersos desde hace más de medio siglo. Pero no. La frase tan colombiana de “porque te quiero te aporrio” es una constante en todos los sectores sociales. Según el Instituto Nacional de Medicina Legal, en Antioquia, Bogotá y Valle del Cauca están los hogares donde más violencia se ejerce contra las mujeres. Es decir, no es un asunto de la Colombia distante y olvidada.

Cada año, 40.000 mujeres se acercan a distintas entidades de los municipios más poblados para poner una queja de maltrato infligido por su propia pareja. En promedio, anualmente 18.000 mujeres son víctimas de delitos sexuales, en su mayoría niñas y adolescentes de entre 10 y 14 años, seguido de las niñas de entre 5 y 9 años.

Los bárbaros no discriminan por edad o por estrato social. El hombre en Colombia actúa como un animal que cree tener el derecho de hacer lo que le venga en gana con la mujer. Es una tragedia invisible que sólo es materia de debate cuando ocurren historias llamativas como la de la joven patrullera Martha Isabel Correa Chavarro. Y si se miran en frío las solas cifras, se podrá ver que todas son bastante mayores que las producidas por las víctimas del conflicto armado con los alzados en armas.

Para resolver este problema, el gobierno de Santos puso todo su capital político en buscar una salida negociada, con un proceso en La Habana que, dice, deberá ser refrendado por el pueblo. Entonces, ¿qué habrá que hacer para acabar con una violencia aún mayor, como la que protagonizan los hombres contra las mujeres?

*Director de Semana.com
Twitter: @armandoneira

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