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Opinión

  • | 1987/08/31 00:00

    BARCO: UN AÑO DESPUES

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En la campaña presidencial nos vendieron la imagen equivocada del Presidente. Sus asesores aceptaban que no sabía hablar, pero aseguraban que era un magnífico administrador. Que tampoco tenía programas,pero que era un magnífico administrador. Que era un pésimo político, pero porque era un magnífico administrador.
Un año después, el balance arroja que el Presidente se raja como administrador. Pero lo que en cambio resultó ser fue un habilísimo político, una modalidad que el país había descartado de la personalidad de Barco. En otras palabras, a él lo veían los colombianos utilizando más papel y lápiz para cuadrar el presupuesto que la burocracia regional, y resultó todo lo contrario.
Como administrador, el Presidente ha violado varias reglas de oro de los buenos administradores: saber escoger a sus colaboradores, no gastar más de lo que entra, hacer las cosas que tocan como toca, y saber delegar.
Con contadas excepciones, Barco no ha sabido rodearse bien, y ha fracasado en el intento de integrar un equipo homogéneo de colaboradores. En su gabinete hay ministros muy buenos y ministros muy malos. Y en doce meses de gobierno, sólo dos de ellos se mantienen en sus cargos originales. Pero incluso en el actual gabinete ministerial, modificado y remodificado, al igual que en otros cargos claves del país, subsisten serios desfases entre la personalidad de los titulares y las características de sus funciones. Hay un economista en el Ministerio de Gobierno. El secretario general de la Presidencia es miembro de innumerables juntas directivas de la empresa privada. Hay un productor de leche manejando el Idema, y un propietario de aerolínea dirigiendo la Aeronáutica Civil.
En cuanto al manejo del presupuesto, sus supuestas dotes de administrador tampoco se han dejado notar. El gobierno ha anunciado que planea gastarse más de lo que le va a entrar. Existe un faltante de 328 mil millones en el presupuesto, que sólo podrá llenarse endeudando al país o emitiendo. Y las consecuencias inflacionarias que ello traerá consigo atentan gravemente contra los objetivos de la política económica del Presidente.
Hasta el momento, 13 decretos leyes y legislativos emitidos por el gobierno han sido tumbados por la Corte, y un número semejante de decretos ejecutivos ha corrido igual suerte en el Consejo de Estado, lo que significa que el Presidente no ha sabido hacer lo que toca como toca.
Y en cuanto a su capacidad de delegación, Barco delega a quien no debiera, y no delega a quien debiera. Mientras el Presidente trabaja personalmente en proyectos como el diseño del tren ligero para Bogotá y el plan de vivienda de El Salitre, en cambio delega en el secretario de la Presidencia la comunicación con los ministros...
Extrañamente, Barco se ha lucido más bien, durante este primer año de gobierno, como el político que nadie creía que llevara por dentro.
Supo sortear habilísimamente el "impasse" de la elección del designado, señalando a la única persona contra la cual ninguno de sus ambiciosos copartidarios supo decir ni "mu".
Logro tramitar en el Congreso la reforma tributaria, a pesar de que inicialmente le había surgido una oposición extraoficial dentro del propio liberalismo, que él neutralizó en un desayuno político donde expuso su tesis de que no puede haber gobierno sin partido de gobierno.
Ha mantenido en salmuera puestos claves de la administración como las embajadas de Washington y Londres, en calidad de instrumento de "chantaje" político en el seno de su propio partido.
Ha aplicado un milimétrico concepto turbayista del equilibrio liberal a nivel regional. Solo un trabajo de alta política ha evitado la crisis en departamentos tan divididos como Antioquia, Atlántico, Boyacá y Tolima.
Y ha polarizado de manera tan hábil las fuerzas políticas, que tiene a un partido de oposición arremetiendo contra el gobierno, y empujando al partido de gobierno -e incluso a los galanistas- a aglutinarse en torno al Presidente de la República.
Finalmente Barco, el político, ha aplicado la tesis "degaullista" de la distancia presidencial. Antes del actual Presidente, sólo Alberto Lleras en Colombia había logrado proyectar ese distanciamiento que hace que los líderes parezcan fríos, displicentes, con don de mando.
A Barco, ese aislamiento también le ha producido dividendos. La gente piensa que se la pasa trabajando.
Y como en política sólo se puede juzgar por resultados, hay que concluir que hasta el momento los de Barco han sido buenos. Durante este primer año de gobierno la popularidad del Presidente de la República se ha mantenido, a pesar del propio Virgilio Barco.
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