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Opinión

  • | 2009/02/03 00:00

    Barichara y otras oportunidades perdidas

    “Vive Colombia, viaja por ella,” fue el lema oficial para promover el turismo interno. Pero ¿viaja cómo?.

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En diciembre visité Barichara, sin duda “el pueblo más lindo de Colombia.” Llegar allá, sin embargo, no es tan sencillo, debido al lamentable estado de las vías. La carretera a Bucaramanga es una de las principales vías arterias del país.
 
No se comprende cómo se busca firmar un Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos, si esta es una de las (dos) principales vías que comunica el centro con la Costa Atlántica; e incluso, independiente del tratado, pareciera que el Ministro del Transporte y el inefable Director de Invías, ambos atornillados a sus cargos, no ven la necesidad de tener vías de comunicación transitables para efectos del desarrollo comercial e industrial de las regiones, ni de responder en manera alguna por el terrible deterioro de las pocas que existen.

Barichara amerita visitarse, como lo hacemos colombianos y extranjeros. Pareciera, sin embargo, que se desaprovecha el enorme potencial turístico del pueblo y los alrededores. En primer lugar, como se lo señaló en una reciente nota periodística del noticiero Rcn, el pueblo adolece de graves problemas de suministro de agua potable. Si no estuviera situado cerca de dos caudalosos ríos, el Suárez y el Fonce, quizás hasta habría razón. No sé cuál sería el costo de modernizar el acueducto de Barichara, pero estoy segura que sería inferior a la inversión en el recientemente inaugurado teleférico del Parque del Chicamocha. Un ejemplo más de las prioridades de nuestros gobernantes.

Una carta publicada en El Tiempo en días pasados señalaba, por otra parte, las dificultades que enfrenta el turista en materia de información, así como el desaseo de las calles. Pero no sólo hay falta de información, que comienza con la señalización para llegar al pueblo. Los pocos restaurantes que hay al parecer sólo abren durante los fines de semana.
 
Desde luego, es posible que no se justifique abrirlos durante toda la semana en épocas de baja afluencia de personas, pero diciembre no es una de estas épocas. El clima, además, se prestaría para que hubiera cafeterías o sitios al aire libre donde se pudiera disfrutar de la espectacular arquitectura del pueblo y de la vista de sus alrededores.

Seguramente, los ingresos que deja el turismo, tanto el de quienes quieren conocer el pueblo como el de aquellas personas que se quedan allí en camino hacia la Costa, podrían aumentar si hubiera un mejor esfuerzo por ofrecer diferentes servicios a sus visitantes, y tal vez parte de ellos pudiera dedicarse a solucionar su grave problema de agua.

Espero que esta nota no se entienda, como sucedió con la carta publicada en El Tiempo, como un ataque a Barichara, a la que se respondió otra “En defensa de Barichara,” donde se calificaba al autor de la primera de “citadino,” se negaba que hubiera desaseo y se afirmaba que había “amabilidad y buen trato.” Señalar los inconvenientes que pueden hallarse en un sitio y sugerir aspectos que pueden mejorarse es una muestra de interés, cuya intención es hacer un aporte positivo.

“Vive Colombia, viaja por ella,” fue uno de los lemas con los que se quiso hace algún tiempo promover el turismo interno. Pero ¿viaja cómo? No sólo los hay en Santander; en todas las regiones del país hay lugares maravillosos como éste. Sin embargo, no basta con que haya lugares paradisíacos—estamos, evidentemente, en un paraíso terrenal.
 
La industria turística representa un importante renglón en las finanzas de muchos países, entre ellos España, donde fue un factor determinante de su recuperación económica. Pero exige una infraestructura mínima de vías y de servicios que, al parecer, aquí pocos están interesados en hacer.

Desde luego, aun cuando hay muchos aspectos de esta industria que debe ser iniciativa del sector privado, y esto se aplicaría a la carencia de muchos servicios turísticos en Barichara, hay otros, tales como el suministro de agua potable y las vías de acceso, que corresponden exclusivamente a las administraciones nacionales y regionales.
 
La desidia, por llamarla de alguna manera, cuando no la corrupción y el desvío de fondos públicos, hacen que desaprovechemos interesantes oportunidades de generar empleos y recursos.

Quizás podrían seguir el ejemplo de Geo Lengerke quien, en la segunda mitad del siglo XIX, construyó en Santander muchísimos caminos, algunos de los cuales aún se conservan y transitan, para comunicar los pueblos de la región entre sí y abrirlos al comercio internacional. Casi dos siglos más tarde, parece que tenemos todavía las mismas necesidades, pero no alguien que quiera darles solución.


* Magdalena Holguín es profesora de filosofía y asesora del Grupo de Derecho de Interés Público de la Universidad de los Andes.

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