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Opinión

  • | 2017/04/26 07:45

    Contra viento y marea

    La concesión preliminar se entregó desde 1.993 y la definitiva en 1.998 y estamos en el 2017 y todavía no hay puerto.

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Con el desarrollo industrial que tiene Barranquilla es inaudito que la ciudad no cuente con un puerto que permita la llegada de buques de gran calado, de 180.000 toneladas y de 18.000 contenedores, como los que llegan los puertos más competitivos del mundo.

El puerto de Barranquilla no cuenta con un canal de acceso adecuado ni de anchura ni en profundidad para la operación funcional del terminal durante las 24 horas del día, y por lo tanto no es totalmente competitivo.

No es extraño encontrar barcos encallados o desviados a Santa Marta o Cartagena por la poca profundidad del puerto y la sedimentación que, por supuesto, es ocasionada por la falta de modelación hidráulica y los cambios geomorfológicos que se dan en el río, e incluso por la construcción del nuevo puente sobre el río Magdalena, pero sobre todo por la sedimentación y por la dificultad del río Magdalena que requiere un dragado continuo para permitir que los puertos en Barranquilla sean competitivos.

Que hoy no tenemos un puerto que funcione las 24 horas con transporte intermodal adecuado a las circunstancias, todos lo saben. Y que existe un proyecto en marcha conocido como el Superpuerto, que podría poner a la ciudad como modelo portuario del caribe, también. Pero, aunque buena parte del futuro económico de la ciudad pasa por poder desarrollar una dinámica que permita atender buques de gran tamaño y tener más competitividad en el Atlántico, el superpuesto está estancado hace años.

El proyecto, que lleva más de 20 años en renders (en un proceso lento que ha sido, por decir lo menos, accidentado) requiere de la inversión del Estado, según expertos, con recursos de por al menos un billón de pesos. Inversionistas privados hay, pero requieren del músculo financiero de la Nación para garantizar la culminación del proyecto que, entre otras cosas, según los estudios, generará para el Atlántico y principalmente para Barranquilla cerca de 2.000 empleos directos y 8.000 empleos indirectos, así como los beneficios de bajar costos de mercancías de importación y exportación y del transporte que se traducirían en mayor competitividad para el país.

En ese contexto es claro que la presencia estatal en la financiación del nuevo proyecto es clave y estratégica. Tenemos que alinearnos a los puertos más modernos del mundo. Y tenemos que hacerlo ya. La concesión preliminar se entregó desde 1.993 y la definitiva en 1.998 y estamos en el 2017 y todavía no hay puerto. Ni la ampliación del canal de Panamá tomó tanto tiempo. En nueve años atravesaron los océanos y llevamos más de 20 esperando una obra estratégica para el caribe.

Aquí, como se dice coloquialmente, todos se tienen que meter la mano al dril, los inversionistas privados, el Distrito de Barranquilla, su Área Metropolitana, la Gobernación del Departamento del Atlántico y, por supuesto, la Nación, sencillamente porque su impacto les compete a todos: Generará empleos, proyectará a la ciudad y al país internacionalmente y permitirá el desarrollo del comercio y turístico del Atlántico. Sin contar con que, durante la etapa de construcción y finalización del proyecto, le generara a la ciudad flujo de caja, sin necesidad de sacrificar la inversión en otros sectores.

Desconocer esta mega obra o dejar solos a los barranquilleros con este proyecto es un desacierto. El Superpuerto transformará el desarrollo portuario del caribe y pondrá a tono la ciudad con los desafíos del futuro.
Con él llegarán desarrollos urbanísticos, empresariales, industriales y comerciales que el país no podrá desconocer.

Además, hay que tener en cuenta que a pesar de que el superpuerto se concebido con el propósito de recibir y manejar carbón, hoy es un proyecto multipropósito, que además de su propósito inicial manejará carga de contenedores, líquidos (petróleo y gasolina), graneles y carga rodante, en cinco terminales especializados.

Ojalá no nos pase lo que le ocurrió a la antigua junta del proyecto, que no se puso de acuerdo ni para el lugar en donde debería construirse y sus miembros terminaron peleándose por la titularidad de la mega obra y el proyecto y la ciudad terminaron perdiendo.

Tenemos fe en esta nueva generación de empresarios barranquilleros que tomó recientemente las riendas de la iniciativa y esperamos que, por fin, el Superpuerto, de aguas profundas que requiere la Costa Caribe se convierta en realidad con el apoyo de todos.

Acaban de contratar el dragado del puerto, y esperamos que esta solución de corto plazo no vaya a frenar o aplazar más este megaproyecto, justo ahora cuando parece haber una luz al final del puerto y empieza a notarse interés real del distrito, el Área Metropolitana y el Gobierno Nacional en apoyarlo.

Lo ideal para desempantanar el puerto y tener una verdadera solución sería trabajar en una nueva estructuración de la obra con la conformación de una sociedad con participación pública y privada que destrabe el proyecto para que este se construya contra viento y marea. El caribe y el país lo necesitan y esta ciudad industrial requiere hacerlo realidad.


*Rector de la Universidad Autónoma del Caribe

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