Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2001/11/12 00:00

Bebés-bomba

Ese rebusque que nos destruye tiene la particularidad perversa de que es el fruto deliberado de la política de las clases dirigentes

Bebés-bomba

En todas las esquinas, delante de todos los semáforos, en medio de todos los trancones del tráfico de Bogotá, se agolpa una muchedumbre. Niños que limpian a la fuerza los vidrios de los carros, ancianos de muletas que piden limosna casi en silencio, vendedores de flores del páramo, de mandarinas, de papayas, desechables drogados que amenazan con una varilla de hierro, hombres cetrinos de corrosca con un letrero en un cartón que explica que son desplazados de la violencia, muchachos y muchachas vestidos de colores que ofrecen tarjetas de teléfono, tableros de jugar a las damas, servilletas de fique, dulces artesanales de miel, cigarrillos de contrabando, y mujeres gordas que cargan un bebé. Desde detrás de los vidrios cerrados de los carros blindados inmovilizados en el atasco, las señoras burguesas se ponen en guardia sobre todo contra estas mujeres que cargan un bebé, que por lo visto son particularmente peligrosas.

—¿Por qué— pregunta uno. —¿Son bebés-bomba?

—No. Pero los alquilan para pedir limosna. Pobres bebés.

Pobres bebés, sí: cómo empiezan la vida. Y cómo siguen la vida esos niños de 5 años que limpian vidrios a la fuerza, sin que les den una moneda; y esos adolescentes que intentan en vano vender panelitas de miel; y esos hombres desesperados de letrero, y esos miserables, deshechos ya por la vida, que se acercan blandiendo su varilla, tan peligrosa como un bebé. Pero el letrero, la varilla de hierro, el bebé de alquiler, son herramientas de trabajo. Sin ellas, no comerían.

No son sólo tullidos y ancianos casi sin voz los que piden limosna en los semáforos para tener con qué comer. Sino también hombres sanos y fuertes, mujeres en la flor de la edad, jóvenes que muestran su agilidad y su destreza en juegos malabares y piruetas de circo, y que, para comer, son capaces hasta de tragar fuego. Y que haya en las calles tantos tullidos y tantos viejos y tantos desechables drogados con pegante dice mucho de este país: el abandono. Pero que haya tantos muchachos fuertes y saludables mendigando dice todavía más: la agresión. Otros se defienden de la agresión: atracan, roban relojes, asaltan bancos, se meten de guerrilleros o de paramilitares, salen por la mañana a buscar lo del diario para que coman la mujer y los niños llevando entre los dientes un cuchillo como única herramienta de trabajo. Es el rebusque. No sé qué digan las falaces estadísticas oficiales que publica el gobierno, pero salta a la vista que por lo menos la mitad de la población colombiana vive del rebusque.

Y el rebusque tiene más consecuencias perniciosas que las que saltan a la vista. No es sólo el malvivir, el horrendo vivir, de la mitad de la población de este país. Es además la zozobra en la que sume la vida de la otra mitad: el miedo al varillero, el miedo al secuestrador, el miedo al bebé del semáforo. El rebusque no sólo es improductivo, sino que además es destructivo. No sólo no da ganancias, sino que produce pérdidas. El rebusque no es sólo el clavo ardiendo de la salvación, sino, sobre todo, la puntilla final de la aniquilación. Y ese rebusque que nos destruye tiene la particularidad perversa de que no es el resultado de un cataclismo de la naturaleza, inesperado e inevitable; sino que es el fruto deliberadamente madurado de la política adelantada, desde hace decenios, por las clases dirigentes de este país. Simplificando: por los que están detrás de los vidrios cerrados de los carros blindados inmovilizados en el atasco del tráfico. Una política criminal. Pero, además, una política suicida. Una política que acaba por matar a todos.

No es sólo cosa de aquí. Lo vemos en todo el mundo. El deliberado divorcio y oposición —abandono y agresión, decía más atrás— entre pueblos y clases dirigentes es un fenómeno que en los últimos decenios se viene presentando en el mundo entero. Un divorcio nocivo para los pueblos, por supuesto; pero también, a un plazo apenas un poquito más largo, nocivo para las clases dirigentes: acabarán ahorcadas de los faroles, o, mejor, de los semáforos, sin que eso tenga consecuencias benéficas para nadie, sino dañinas para todos. Porque no es que esas clases dirigentes, en Colombia y en el mundo, no merezcan dirigir: esa es una cuestión ética que apenas viene al caso; es que no pueden durar. Lo estamos viendo de lejos y de cerca: tanto en los aviones-bomba que se estrellaron hace un mes en Nueva York, desatando las bombas que ahora caen sobre el remoto Afganistán y que sólo nos muestran como manchas oscuras en la televisión, como en el circo pintoresco y lleno de color de los desempleados en los semáforos de Bogotá, con sus bebés. También son bebés-bomba, y están a punto de estallar.

Me estoy poniendo últimamente bastante apocalíptico. Pero es que el Apocalipsis está ahora en el ambiente… n

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