Martes, 6 de diciembre de 2016

| 1999/11/22 00:00

BELIGERANCIA: TEORIA Y PRACTICA

BELIGERANCIA: TEORIA Y PRACTICA

Lo de la beligerancia de las Farc, que tanta tinta de columnistas ha hecho correr últimamente,
no es un tema jurídico, sino un tema político. Por eso sobra al respecto la advertencia de uno de los
opinadores, el ex presidente Alfonso López, sobre su ignorancia del derecho penal. Y sobra aún más el
reproche de su contradictor Rafael Nieto Loaiza cuando señala que "los argumentos históricos y
jurídicos del ex presidente no pueden estar más errados". Pero como en Colombia convertimos en jurídicos
todos los temas políticos, y en políticos todos los temas jurídicos, la discusión _vana y estéril_ era previsible.
La advertencia que hay que hacer es otra, a todos los que hablan de Derecho Internacional Humanitario y
de "usos y costumbres de la guerra". Hay que recordarles que ninguna guerra de la historia ha respetado el
derecho (y casi todas se han hecho para negarlo, si lo había); y que los "usos y costumbres" de la
guerra han cambiado con cada guerra. Señala Nieto Loaiza que la guerra civil española fue "precisamente un
caso muy particular": hay que replicarle que todas y cada una de las guerras de la historia, en todas
partes, han sido casos muy particulares. La guerra, antes que una teoría, es una práctica. Por eso los
beligerantes (en el sentido práctico, que precede al jurídico), no reconocen más leyes de la guerra que las
que sirven para ganarla: las del arte de la guerra; las cuales también, por lo demás, suelen cambiar con cada
guerra: no eran las mismas para Temístocles que para Napoleón, ni las de Liddell-Hart le servían de nada
al general Giap. Los participantes en una guerra _los beligerantes_ sólo acceden a respetar sus 'leyes'
cuando por razones políticas, y no jurídicas, les conviene hacerlo. Dice Clausewitz en su manida frase
que "la guerra es la continuación de la política por otros medios": y no que sea la continuación del derecho.
También ha sido presentada como tal, sin duda: la guerra santa, la guerra justa, eso que últimamente se
atreven cínicamente a llamar la guerra humanitaria. Pero, salvo en "casos muy particulares" (como la
'guerra florida' de los aztecas), la guerra es sencillamente la violación del derecho. Por eso empiezan las
guerras: por el robo de los marranos de 'Tirofijo' por parte del Ejército, por ejemplo, hablando de la nuestra. Y
con eso se hacen: todas las violaciones de los derechos humanos que cometen tanto el Ejército como la
guerrilla. Violaciones que, por lo visto, el Ejército comete cada día menos. Este sí es un punto práctico
importante. Porque muestra que la presión política (y no la mera existencia abstracta del derecho) puede
obligar a los agentes de la guerra a respetar el derecho. Si eso lo está empezando a hacer el Ejército, no es
porque los chafarotes se hayan vuelto juristas. Sino porque sobre él se han ejercido presiones políticas, tanto
internas como externas. En Colombia misma, la de defensores de los Derechos Humanos (aunque los
asesinen a veces; y con mayor fuerza porque los asesinan), abogados, columnistas de prensa,
académicos, un sector de la Iglesia, algunos políticos profesionales, hasta algún ministro de Defensa. Y
desde afuera, la de la parte más lúcida del Congreso norteamericano, la Comunidad Europea,
organizaciones no gubernamentales como Amnistía o America's Watch, la propia ONU. Y hay
resultados. Con la guerrilla sucede lo contrario. Se ha vuelto cada día más despiadada y carente de
escrúpulos, y eso se debe, en parte, a que sobre ella ya no se ejercen presiones políticas morigeradoras ni
externas ni internas. Ni de Cuba o la URSS, ni de los exterminados Partido Comunista y Unión Patriótica. Y,
al revés de lo que ha sucedido en el Ejército, en la guerrilla se ha impuesto la lógica puramente militar sobre la
lógica política: mandan los chafarotes. Así que, volviendo al tema específico de la beligerancia de las Farc:
lo que importa preguntarse no es si esa beligerancia se ajusta al derecho; sino si el hecho de reconocerla
constituiría, o no, una presión política que incitara a las Farc a respetar el derecho. Mi opinión personal
es que sí. Las Farc (o algunos de sus dirigentes) están buscando "mejorar su imagen" (también ellas tienen
esa pasión colombiana de la imagen). El reconocimiento de su beligerancia forma parte de ese lavado de
imagen. Y consideran que eso tiene un valor político que puede compensar la renuncia a las ventajas prácticas
que les da actualmente el hecho de estar por fuera de la ley, y en consecuencia eximidas de respetar, o de
fingir respetar, cualquier tipo de derecho. Secuestrar, por ejemplo, por rentable que sea, ya no les sería tan
fácil si tuvieran que guardar la apariencia de respetabilidad política que impondría el hecho de ser
reconocidamente, legítimamente, beligerantes. Y desde el otro lado: ¿es que acaso dejan de ser
beligerantes por el hecho de que no se las reconozca como tales? La oposición a ese reconocimiento es
sólo la secuela, y el reflejo, de la vieja negativa del establecimiento colombiano a aceptar que en este
país haya razones para la protesta, y en consecuencia aún menos para que esa protesta, por haber
sido negada y reprimida, haya tenido que convertirse en lucha armada. En guerra. En este tema, y por una
vez (no es costumbre), estoy de acuerdo con la opinión del ex presidente López, aunque jurídicamente sea
incorrecta: "O estamos en estado de guerra, y a las cosas hay que llamarlas por su nombre, o estamos en
plena normalidad y la aplicación de las leyes no es susceptible de ser suspendida". Y en cambio el punto de
vista del doctor Nieto Loaiza _"la doctrina y la jurisprudencia internacionales demuestran que para quienes
participan en un conflicto armado no internacional es perentoria la obligación de cumplir el Derecho
Internacional Humanitario"_ me parece una solemne tontería.

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