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Opinión

  • | 1983/08/22 00:00

    BENDITO SEA ESE NEGRO

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Se fueron de la televisión los billetes y el Rolls Royce de Blake Carrington, las crisis emocionales de su hija Fallon y los desvaríos homosexuales de su hijo Steven. Y en reemplazo de Dinastía están pasando los domingos por la TV una serie llamada Fama, que viene siendo más o menos la antítesis de su antecesora.
En vez de ocuparse de un viejo rico, Fama centra la atención en un grupo de muchachos tirando a pobres, cuyo mérito no es saber hacer plata, sino ser superdotados para el baile, el canto, la música y el teatro. Además no es una historia de blancos: en vez de los pelos rubios y ojos claros de Krystle y Fallon, en Fama relumbran unos cuantos negros, mulatos y tanos.
El eje de la nueva serie es una escuela pública para la enseñanza de las artes, clavada en el centro de Nueva York, el School of the Arts. El origen del programa es la película del mismo nombre, dirigida por Alan Parker y ganadora de un Oscar, cuya trama central aparece ahora desglosada en capítulos y adaptada para la TV. En ambas, los protagonistas son los adolescentes que asisten a la escuela como alumnos, sus maestros y algunos de sus padres.
Entre los primeros están Bruno Martelli, un motoso descendiente de italianos entregado en cuerpo y alma a los instrumentos electrónicos, en los cuales compone piezas de rock y jazz, y cuya obsesión por la música lo hace insensible a la admiración que despierta entre las niñas; Coco Hernández, una mulata puertorriqueña que se hace entender en spanglish, llena de vitalidad y talento para cantar y actuar, sobrada de lote y convencida de su gran futuro como artista; Julie, una rubia callada y serena de familia acomodada de provincia, que se desquita de su timidez perfeccionándose en el chelo con horas y horas de estudio, y un negro, Leroy, lumpen y semianalfabeta salido del corazón de Harlem, que se mueve como una pantera y baila como un dios, y que definitivamente se roba el show.
En vez de los salones lujosos y los silenciosos prados de la mansión Carrington, en Fama los escuetos escenarios son las aulas, los corredores y la cafeteria de la escuela, a duras penas mantenida por el gobierno y a menudo enfrentada a recortes de presupuesto y huelgas de maestros por salarios. Utilizando un término de teatro, en el caso de Fama puede hablarse de "TV pobre": no hay grandes recursos, salvo los humanos, y la escenografía y los vestuarios están reducidos a su mínima expresión. En contraposición, la actividad de la vida cotidiana de la escuela es siempre espectacular: una vez es la improvisación de un baile colectivo en la cafetería, otra una clase donde un viejo profesor alemán le enseña a 20 jóvenes sentados al piano a interpretar a Beethoven la siguiente, el montaje de una obra de teatro. Lo demás son guiones elementales que tratan las relaciones de los alumnos entre si, y de ellos con sus profesores, con su medio social y familiar, y con el mundo artistico del cual empiezan a formar parte.
El esfuerzo de los profesores porque los estudiantes acepten y manejen a los clásicos, unido a la natural inclinación de los jóvenes por el rock y el arte pop, hacen que en la escuela se fusionen lo tradicional y lo contemporáneo, lo clásico y lo iconoclasta: el negro Leroy desplegando su altivez de pandillero de barrio para interpretar el papel de Otelo, o Bruno improvisando aires de Jazz en un sintetizador sobre un tema de Bach, muestran el germen de una peculiar expresión cultural muy tipicamente norteamericana.
Como era de esperarse, Fama no tuvo suficiente sintonía en los Estados Unidos y, a pesar de que contó con la critica más favorable debió ser retirada de la programación regular. Se sigue produciendo, pero para televisión por cable. Según encuestas realizadas, no pegó porque no tenía sexo ni violencia. El gran público que entronizó a Dinastia entre los más altos ratings de audiencia, evidentemente prefirió las tortuosas historias de alcoba de los millonarios, las peleas a cachetadas entre las mujeres del magnate, y el empujón mortal que un padre indignado le mete al amante varón de su hijo. Contra todo esto no podía competir, desgraciadamente, ninguna adolescente enamorada de su chelo por más de que produjera maravillas con él.
Que no la corten demasiado rápido y que nos dejen verla hasta el final, es lo único que podemos pedir los colombianos -que estamos tan enviciados a Fama, que nos quedamos los domingos por la noche entre la casa con tal de verla. Petición especialmente enérgica por parte del personal femenino, que ante la pérdida de las atractivas canas de Blake Carrington y la próxima desaparición del seductor Alan Alda cuando se acabe M.A.S.H., sólo nos queda el consuelo de ver bailar a ese fenómeno de belleza masculina que es el negro Leroy.
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