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Opinión

  • | 2011/07/11 00:00

    ¿Bien? Tal vez. ¿Suficiente?

    Terminó la primera semana de la Copa América Argentina 2011. Tras un comienzo soso, de partidos aburridos, un nivel paupérrimo y una producción bajísima, se ha logrado ver por fin buenos partidos.

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Para Colombia terminó la primera fase como líder de su grupo, y como es obvio el país hace gala de su sempiterno onanismo mental –en esta y otras materias- y celebra alborozada un magro empate con Argentina y sendos triunfos ante Costa Rica y Bolivia, resultados que hasta al más sensato han hecho perder de vista que las eliminatorias suramericanas –que son lo que realmente importa- no serán propiamente el campeonato sub 20 de la CONCACAF.

Sin embargo, para desilusión de muchos que desde ya recorren las calles de Bogotá en el consabido carro de bomberos, y aunque parezca un sacrilegio decirlo si uno mira los fríos números, no hay que exagerar el mérito de haberle ganado, por poco, a los juveniles centroamericanos, así después de su triunfo con Bolivia todo el mundo haya pensado que son la versión tica del Barcelona. Después de todo, en medio de la algarabía, nadie se acuerda de que Bolivia hace más de una década es, por lejos, el peor equipo de Suramérica, tal y como lo demostró el domingo una vez más.

Tampoco hay tanto mérito, así parezca una herejía decirlo, en haber estado a punto de ganarle a la selección Argentina. Al fin y al cabo esta es, por mucha distancia, la peor selección Argentina de la que cualquiera pueda tener memoria. No lucía tan pobre ni siquiera aquella de la noche del 5-0, la que de no ser por un brillante Oscar Córdoba hubiera podido seguir derecho cuando Colombia ganaba 2-0.

Esta de Batista, en cambio, es inoperancia pura, una suma de incompetencias que no ha podido ganar un solo partido –ni siquiera a Bolivia- en una copa que organizaron a su medida. Con esto, y como en todo hay justicia, queda claro que la culpa del reciente descalabro argentino no era de su ex técnico. Pero ante todo, que Messi puede ganarlo todo a nivel de clubes, ser el mejor de la actualidad y como Pelé con el Brasil del 70, ser un genio cuando le ponen al lado a otros 10 genios, pero está lejos, muy lejos, de amarrarle un guayo a Maradona.

Lo que sí queda claro y hasta cierto punto tranquiliza, obvio si se rectifica de cara a la eliminatoria, es que, según se vio en la primera fase, los problemas de Colombia no radican en el talento sino en la actitud y la orientación.

Después de todo, si se analiza la nómina nacional, esta no tiene nada que envidiarle a la de otros equipos. Pocos pueden jactarse de tener un central como Mario Yepes, un tipo como Freddy Guarín –de lo mejor que esta tierra ha dado en años- y mucho menos un delantero como Falcao García, que ha sido goleador en Argentina y en Portugal, con técnicos de todas las pelambres como Merlo, Simeone, Gorosito, Vilas Boas y varios más, pero que curiosamente en el planteo de Bolillo parece un jugador del Unión Magdalena. ¿Culpa de Falcao? Posiblemente no. Ante Bolivia, sin embargo, el samario parece haber enderezado el rumbo. Ojalá no sea flor de un día.

Para la comparación un botón. Paraguay enfrentando a Brasil. Un teórico rival directo nuestro contra un grande en bajo nivel. Un equipo enfrentando a otro de igual a igual, con respeto y precauciones pero sin miedo a ganar, prefiriendo pedir permiso y no perdón. Al final no ganaron los guaraníes, pero dejaron la sensación de haber jugado de igual a igual, no la de ser un chico que hizo un gran partido.

Colombia, en cambio, en un partido de similares características no ganó por físico miedo a ganar, no porque no se hayan tenido oportunidades, no porque no se haya sido superior al rival, no porque los jugadores sean malos o ineptos (aunque a veces uno hasta lo dude al ver a un tipo como Teófilo Gutiérrez entregarle un balón al arquero en lugar de a su solitario compañero). La razón: el complejo de inferioridad que desde la cabeza se irradia. La imagen: exactamente la misma de los bolivianos, un equipo menor que le sacó un empate a una Argentina en crisis.

La diferencia es que –como se vio claramente en el partido del domingo- los jugadores de Colombia no son los de Bolivia, y otros resultados se podrían dar con un técnico que, a diferencia de Bolillo ante Argentina, no solo plantee bien un partido sino que también se quede a dirigirlo y además motive, inspire respeto, irradie personalidad, y sobre todo, que no ponga a jugadores que son figuras en Europa a “retroceder de para atrás”.
La cuestión, quedó claro, no es de falta de material humano. Mirando el segundo gol paraguayo ante Brasil queda la sensación de que si a Haedo Valdéz su técnico lo hubiera mandado a la cancha sintiéndose inferior desde el primer minuto, seguramente también lo bota por arriba. Pobre Dayro.

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