Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2006/03/18 00:00

Bienaventurados los pobres

No creo que toda pobreza digna -sobre todo si no se ha experimentado antes la droga adictiva de la riqueza- sea la fuente de todas las gracias y de todo el resentimiento

Bienaventurados los pobres

Hay dos actitudes para mí igual de perniciosas: la falta de compasión, y el exceso de lástima. El que no siente piedad por los demás, el incapaz de imaginarse a sí mismo en la desgracia, se vuelve frío e indolente, y le importan un bledo los desplazados que se mueren de hambre. Pero también el extremo opuesto, el de esos que viven echándonos sermones inspirados en su exceso de sensibilidad (o en una egocéntrica necesidad de sentirse muy buenos y moralmente superiores), es insoportable, pues por un lado nos quieren echar la culpa de todos los tugurios, y niegan que haya siquiera un mínimo de responsabilidad (alcohol, brutalidad, violencia, desidia, sexo irresponsable) en las mismas personas que padecen la pobreza.

Las dos ideologías más influyentes del siglo XX, el cristianismo y el marxismo, hicieron de los pobres unos héroes, y de la pobreza una fuente de virtud. "¡Bienaventurados los pobres!" "¡Proletarios de todos los países!" A su vez, los dueños de la tercera ideología, la triunfante, la de la burguesía capitalista (para quienes la riqueza es la mayor dicha y por consiguiente la pobreza la mayor desgracia), creen que los pobres son unos bichos raros, criaturas resentidas de otra especie a las que hay que aislar y tenerles mucho miedo pues en esas horripilantes condiciones (sin plata) deben estar dispuestos a cualquier crimen con tal de acceder al paraíso del dinero.

En general (lo dijo Pambelé) es mejor ser rico que pobre, lo cual no asegura (lo dicen otros estereotipos no menos ciertos) que los pobres nunca pasen bueno en esta vida (vayan a un barrio popular y verán lo recursiva que es la felicidad) ni que los ricos no lloren. No sólo la plata está mal repartida: también lo está la misteriosa sicología, que a algunos nos hace eufóricos y a otros depresivos. Felices los felices, que los hay en todas las clases sociales; y pobres los atormentados, que los hay paupérrimos y nadando en oro. Estoy casi seguro de que Ardila Lülle cambiaría toda su fortuna por tener 20 años y volver a caminar con sus propios pies, y más que seguro de que muy pocos pobres cambiarían su suerte por la del magnate.

Tengo la certeza de que las condiciones de miseria extrema impiden cualquier forma de alegría, salvo la generada en los devastadores minutos del pegante o de la borrachera. Pero no creo que toda pobreza digna -sobre todo si no se ha experimentado antes la droga adictiva de la riqueza- sea la fuente de todas las desgracias y de todo el resentimiento. Por eso mismo pienso que los pobres no son tan peligrosos como los capitalistas piensan (ya que ellos los juzgan poniéndose en su lugar, hipótesis que los convierte en monstruos de envidia y odio), ni tan buenos como dicen los cristianos y los comunistas. Los pobres, en general, son como usted y yo: con pasiones y apetitos parecidos, con mezquindades iguales y sólo a veces con mayor capacidad de altruismo -porque saben que tarde o temprano necesitarán el pago de la reciprocidad-.

La miseria es y será siempre una bofetada para nuestra conciencia. Hay condiciones mínimas que a nadie le deberían faltar, y ese tendría que ser el propósito primero de todo país serio: agua, trabajo, techo, educación, salud. Pero la pobreza que persiste después de ese mínimo, no es una maldición. Los mismos pobres no se perciben a sí mismos tan pobrecitos como los ven los que sienten excesiva lástima. Preguntados los pobres del estrato más bajo de qué nivel se sienten, suelen subirse a sí mismos de estatus, y no sólo por ilusión, sino porque así se perciben.

Hay quienes niegan todo mérito a quienes alcanzan la prosperidad, y no reconocen culpa alguna en quienes se hunden en la pobreza. Para ellos, todo empresario, por definición, es un explotador, por no decir que un estafador, y todo pobre una víctima de los ricos malos. Conozco ricos por herencia, tan bobos que de verdad no merecen nada. Pero hay riquezas hechas a mano. ¿A quién habrá explotado Botero para hacer su fortuna? Si mucho a un puñado de mafiosos y a un montón de ricos.

No llegaré al cinismo de hacer de la pobreza un paradigma de la moda minimalista. Pero cuánto más gusto -y más refinamiento- hay en una cabaña de madera y paja, con hamacas y tiestos al lado del fogón, que en esas salas de decoración tipo narco, cargadas de dorados muebles mal imitados de los reyes franceses, rodeadas de electrodomésticos inmensos que hacen temblar de ruido a las horrendas porcelanas.

Cuando se discute sobre los pobres no estoy de acuerdo ni con los tecnócratas del corazón de piedra (pues le atribuyen al buen gobierno progresos en la calidad de vida que son de la medicina o de la ciencia), ni con los hipersensibles a quienes se les derrite el corazón de tanto amor a los necesitados. Ni tanta altivez, ni demasiada lástima. Los pobres no son malvados ni bienaventurados; si llegan al gobierno no serán los mejores gobernantes necesariamente. En fin, son como somos todos: ni tan malos ni tan buenos, ni tan monstruos ni tan santos.

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