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Opinión

  • | 2006/05/06 00:00

    Bigamia

    Los hombres en nuestro medio tienen dos hogares. ¿Por qué las mujeres permitimos esta situación?

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Me impresiona ver en mi consultorio todas las semanas decenas de mujeres que son las compañeras permanentes de hombres casados. Y estoy hablando de Bogotá, no de Santa Marta, Sincelejo o Valledupar donde tal fenómeno social ha existido siempre y es aceptado por la sociedad. Sin duda alguna hay bigamia en nuestro medio. Nadie habla de ello, pero muchos hombres tienen por lo menos dos hogares constituidos, con hijos en cada uno de ellos, y en los que son totalmente identificados como cabezas de familia.

Este fenómeno podría ser secundario a la necesidad que siente el hombre de reforzar su imagen de macho proveedor y cabeza de familia tan desdibujada en los últimos tiempos.

De alguna manera muchos hombres no han podido responder de una manera adecuada al reto planteado por la mujer nueva, trabajadora y productiva. En lugar de reestructurar su rol de macho proveedor por el de compañero afectivo decidió escindirse aún más conformando dos uniones en las que su aporte afectivo es –obviamente– cada vez más deficiente.

Las mujeres, a su vez, cercadas por la soledad, en un medio donde los hombres no quieren comprometerse ni proyectarse han terminado por aceptar ser las relaciones paralelas o las “novias” como se autodenominan de hombres casados. Todas estas mujeres que veo en mi consultorio y que –en general– están alrededor de los 30 años, son atractivas, “fuertes”, exitosas y con dinero, de alguna manera se han rendido a la posibilidad de encontrar una pareja idónea solo para ellas y como último recurso contra la soledad están aceptando ser amantes de hombres casados de quienes se enamoran genuinamente y con quienes instauran relaciones fieles, leales y entregadas.

Es increíble cómo mujeres inteligentes y cultas repiten el clásico modelo de terminar considerándose pareja de sus amantes y autoengañándose con el cuento eterno de “yo estoy a punto de separarme, tengo una pésima relación con mi mujer, lo que pasa es que mis hijos me dan mucho pesar”, etc., etc., etc. La única manera de explicar este comportamiento recurrente y cada vez más frecuente en nuestra sociedad es con la dependencia afectiva de la mujer que con tal de tener a alguien que le dé un poco de amor y de compañía se adapta a cualquier tipo de circunstancia por adversa que sea a nivel integral para sus vidas. Nunca he visto ni un solo caso en que este tipo de relaciones triangulares deje de ser profundamente doloroso para todos, pero en especial para la amante que tiene que ceder siempre ante la certeza del vínculo previo existente.

Ojalá los jóvenes de 20 a 30 años que están empezando nuevamente a casarse muy jóvenes no repitan los modelos de relación conyugal o más bien de distanciamiento conyugal que los mayores han establecido. Tal vez esta nueva generación, producto de padres intelectuales y transgresores, puedan construir un nuevo modelo sano, consistente, monógamo y lúdico de convivencia.

Juliana Villate Q. M.D.
Médica siquiatra sicoterapeuta
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