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Opinión

  • | 2001/04/02 00:00

    Blanco y negro y colores

    Esa contradicción violenta entre el horrendo país de las noticias y el idílico país de los anuncios no es sostenible

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n los noticieros de la televisiOn todas las noticias son malas, hasta las deportivas. Masacres, asesinatos, secuestros, tomas de pueblos, voladuras, atentados, saqueos, quiebras, robos, alzas de tarifas, despidos masivos, ruinas, tragedias, muertes. Y gente haciendo cola, gente muriendo ante los hospitales cerrados, gente rescatando a sus muertos de las ruinas dejadas por

un terremoto, por una inundación o por un bombardeo, gente enterrando muertos, gente llorando. Gente apaleada por la policía por protestar, en vez de llorar resignada. Y cuando por milagro una noticia es buena —un criminal capturado, por ejemplo—, a continuación la compensa otra mala —un criminal fugado— o la agrava otra peor: un inocente acusado y condenado por crímenes ajenos. Y sólo parecen buenas, pero sabemos de sobra que son malas, porque son falsas, las noticias que dan las autoridades: presidentes, ministros, generales y jefes guerrilleros diciendo en la pantalla mentiras políticas, económicas, militares. O de tráfico de droga.

Esas malas noticias, además, se repiten tres veces. Primero las da la presentadora del noticiero, a continuación las reproduce palabra por palabra el periodista enviado a cubrirla, y por último las dice, igual, el personaje de la noticia: presidente, guerrillero o persona que llora. Volveremos a verlas otra vez, triplemente idénticas, en el noticiero siguiente.

Hay otra mala noticia, aunque de ella no se percata casi nadie. Y es que todos los que aparecen en los noticieros, sean presidentes, generales o gente que hace cola para pagar alzas de tarifas o para no cobrar pensiones, así como presentadoras y periodistas, hablan cada vez peor el idioma castellano.

Pero viene entonces una tanda de anuncios (perdón: una pausa para comerciales), y todo cambia como por ensalmo. Hasta el color se vuelve más nítido y más fresco. La pantalla se llena de gente feliz que baila y canta y come y bebe y compra, y después toma un elíxir mágico de sal de frutas para seguir bailando y cantando y bebiendo y comprando. Niños felices, jóvenes felices, mamás felices, viejos felices. Parece increíble, pero hasta esos mismos viejitos desahuciados y deshechos que veíamos llorar en la parte noticiosa del noticiero porque les habían robado sus pensiones, en la parte publicitaria salen riendo de dicha al ver que el mismo plan de pensiones que los había arruinado en las noticias en los anuncios los ha hecho ricos, y hasta les ha devuelto —oh maravilla— la dentadura blanca y completa que habían perdido en las colas de pagar, en los asaltos de sufrir, en los cataclismos naturales de enterrar deudos: en la lucha perdida contra la administración, contra el capitalismo y contra la naturaleza. ¿De dónde sacan los anunciantes a esos vejetes rosados y felices? ¿Son importados? ¿Son ex presidentes?

Lo único que no mejora en los anuncios —perdón: en los comerciales— es el maltrato que recibe el idioma castellano. Si acaso, empeora.

Pero si no fuera por ese maltrecho hilo conductor del idioma común, uno creería frente al televisor que está mirando dos países distintos: uno es el de las noticias, y el de los anuncios es otro. Algo así sucedía hace unos años en la Alemania dividida. Los habitantes de la parte comunista veían en sus televisores los anuncios de la televisión capitalista, y el contraste entre su propia realidad en blanco y negro y la publicidad en colores de sus vecinos acabó llevándolos a la sublevación y a la destrucción del Muro de Berlín, que simbolizaba físicamente la partición del país en dos mitades contrapuestas. Y algo así sucedía en la Suráfrica del apartheid, donde el muro entre negros y blancos no sólo era racial, sino legal.

En Colombia el muro no es físico y de concreto (aunque de esos también hay muchos); ni es racial y legal (aunque tampoco faltan): es económico. Pero al verlo en la televisión salta a la vista que es infranqueable. No sé si a los publicitarios les parezca normal esa dicotomía (¿qué les dije de lo del deterioro del idioma?), esa contradicción violenta entre el horrendo país real de las noticias y el idílico país virtual de los anuncios. Pero estoy seguro de que no es sostenible.

Así que los dueños de los noticieros tendrán que pensar en cambiar algo. Si no la realidad de las noticias (para eso son también los dueños del país), por lo menos la ficción de los anuncios (para eso los pagan).

…………………

Nota: PERO ABDON ES ABDON

Me regaña el doctor Abdón Espinosa Valderrama porque en una columna pasada lo incluí a él entre los economistas colombianos a las órdenes del Fondo Monetario Internacional. Tiene toda la razón. No debí hacerlo, pues él ha sido de los pocos, dentro del Establecimiento, que ha defendido —aunque sin éxito— la soberanía económica de Colombia. Si lo hice no fue, sin embargo, por “bellaquería”, como él dice; sino por algo tal vez peor: por frivolidad. Simplemente quise hacer una rima fácil de “Salomón” con “Abdón”: un mal chiste. Como dice Quevedo en uno de sus Sueños, los malos rimadores están en el infierno “por el consonante condenados”.

Le pido disculpas al doctor Espinosa: porque Abdón es Abdón.
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