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Opinión

  • | 1983/09/05 00:00

    BOBADAS DE LA GENTE DEL MONTON

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Muy pocos colombianos hubieran sido capaces de afirmar, en plena conciencia, que el anterior gabinete era malo. Había, es cierto, ministros estrellas, y apenas podían contarse con los dedos de una mano los auténticamente mediocres, pero en general la opinión era la de que el gabinete ministerial conformaba un cuerpo armónico, cómplice en todo sentido de la buena voluntad del Presidente de la República.
Por eso su reestructuración, a escasos doce meses de haber sido nombrado el gabinete, separó de manera abrupta a las jerarquías políticas de la gente del montón. Mientras que para las primeras los cambios ministeriales estaban llenos de sentido, servidos en bandeja a sus intereses y encaminados decididamente a conciliar los ánimos políticos nacionales, entre la gente del montón, con toda esa ingenuidad que la caracteriza, la decisión presidencial fue recibida con una larga lista de reservas, y sobre todo con una más larga de interrogantes.
El primer caso cuestionado fue el de Rodrigo Escobar Navia, a quien se le asignó la cartera de Educación como había debido ser desde el mismo principio del gobierno, habida cuenta de su brillante trayectoria académica y de su en cambio más dudosa condición de componedor político. Y desde luego que en a opinión pública tampoco caló que los motivos de la renuncia del doctor Escobar al Ministerio de Gobierno --falta de apoyo político de su partido-- no lo hubieran inhabilitado en cambio para ejercer la cartera de Educación, que a su vez fue dejada vacante para el doctor Escobar trasladando al ministro del ramo, Jaime Arias, al ministerio de Salud, como un juego de damas --en este caso de caballeros-- chinas. Este último apenas había anunciado la implementación de algunas reformas y no había logrado aún poner en marcha la tan mentada Universidad a Distancia, pero lo que pudo asimilar de los problemas educativos durante estos doce meses deberá trasladarlo a su subconsciente: ahora tendrá que comenzar de nuevo en el campo de la salud, con el retraso administrativo obvio que implica ignorar el nombre de su secretaria o algo más complejo, como el estado de las finanzas hospitalarias.
Otro relevo criticado fue el del ministro de Trabajo, Jaime Pinzón López, al que se le reconoce una meritoria y valiente labor, particularmente en el área del ardiente problema de los puertos. Para la gente del montón se trató de un cambio injustificado, pero para las jerarquías políticas es un cambio lleno de sentido. Independientemente de sus cualidades, que las tiene de sobra, el doctor Guillermo Alberto Mosquera podría considerarse ficha de Víctor Mosquera Chaux, personaje clave en el engranaje armónico de las relaciones gobierno-liberalismo.
De manera que si ser ministro, por sí mismo, no se estuviera tomando como una profesión en Colombia muy probablemente la cartera de trabajo, en caso de justificarse un relevo, debía habérsele encomendado a Rodrigo Marín Bernal, que había desempeñado exitosamente dicho cargo en el anterior gobierno y que por consiguiente podría haber aportado una invaluable experiencia en ese campo.
De los pocos cambios "cambios" según la gente del montón, es el de la cartera de Justicia. Gaitán Mahecha fue un opaco ministro, y en cambio de no perder nada el país con su relevo, el gobierno ganaba la oportunidad de acercar al galanismo nombrando a Rodrigo Lara Bonilla, que seguramente dará mucho que hablar cuando comience a aplicar en el área de la justicia toda esa capacidad intelectual que ha venido desperdiciando en el ejercicio de la política.
Pero aunque a la gente del montón la tiene muy impresionada la voluntad expresa del Presidente de no dejarse manejar por los directorios políticos, no hay duda de que la Comisión Política Central del liberalismo tomó posesión del ministerio de Gobierno, a través del nombramiento de Alfonso Gómez Gómez, un personaje que siempre se las ha arreglado para mantenerse vivo políticamente, aquí o en la China. Es lo que las señoras denominan "un sobado", que ojalá no peque por exceso en lo que el doctor Escobar Navia, que prácticamente era un técnico, pecó por defecto. Es decir, en politiquería.
Hechas estas breves consideraciones, inspiradas por las reservas e interrogantes (léase bobadas) de la gente del montón, no sería justo afirmar que la reciente reestructuración del gabinete ministerial fue un "oso". ¿Pero qué tal... un koala?--
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