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Opinión

  • | 1997/12/15 00:00

    BOBALINES

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A los diagnósticos que sobre Colombia hacen a cada paso politólogos, violentólogos, sociólogos, astrólogos y otros expertos, yo prefiero el que alguna vez me dio en Roma una señora bogotana sumamente distinguida y ya entrada en años. "Lo que pasa _me dijo_ es que nuestro país se ha amariconado". Pienso que la señora tenía razón. El país se ha amariconado. No quiero ofender a mis amigos gays, que los tengo como los tiene todo el mundo. Digo amariconado en un sentido metafórico, para calificar las actitudes pusilánimes que ahora predominan entre nosotros y que se expresan todos los días en propuestas y declaraciones cuyo signo común es la cobardía y la bobería convertida en virtud patriótica.Donde esa bobería se expresa de cuerpo entero es en el tema de la paz. Todo candidato que se respete tiene su plan de paz. Pero, ¿de qué le sirven al país tales propuestas, mientras la subversión, en vez de un plan de paz, adelanta con éxito un plan de guerra al cual no le interesa renunciar porque en él estriba todo su poder? ¿Podrán las papeletas _y hasta yo puse la mía_, las palomitas pintadas en las paredes y las banderas blancas agitadas en las ventanas cambiar esta situación? ¿No es de bobos _o más bien de bobalines_ creer que la sola reiteración de un anhelo común de paz puede cambiar un proyecto subversivo de 40 años que nunca ha reparado en lágrimas y en muertos, porque sus dirigentes se sienten investidos de una misión liberadora?Dirán que mis dudas son las de cualquier hombre de derecha. Pero tengo amigos de izquierda como Eduardo Pizarro Leongómez, tan ligado en otro tiempo al M-19, que comparten estas inquietudes. Eduardo considera que estamos viviendo un clima de sobreofertas electorales utilizadas como anzuelos. "La guerrilla _escribe en Cambio16_ se limita a escuchar y a sumar generosas ofertas y no ofrece nada en contraprestación. No sólo continúa su criminal política totalitaria contra el proceso electoral, sino que aumenta su desprecio al Derecho Internacional Humanitario mediante secuestros y asesinatos fuera de combate". Estamos viviendo, pues, de ilusiones efímeras como el hombre arruinado que cree salir de sus problemas financieros comprando billetes de lotería. Algunos funcionarios y candidatos están convencidos de que dialogando en la cárcel con el señor Galán y en México con un señor Calarcá están abriendo un significativo proceso de paz. Y, en realidad, conversar con estos caballeros es igual que tratar un importante asunto de Estado con un celador o con un pequeño secretario de la Casa de Nariño, en vez de hacerlo con el propio Presidente de la República. Para no ser tomados por tontos, es necesario poner cada propuesta en su justo puesto. La de Juan Manuel Santos no era ciertamente la de un bobalín, sino la de un astuto jugador de póker que obtuvo lo que buscaba: quitarle a Horacio Serpa el monopolio de una bandera electoral, mejorar su posición en las encuestas y aparecer como un contendor temible en la consulta liberal, si es que ella se realiza. Pero de ahí a pensar que el 8 de agosto él o Serpa o cualquier otro nos traigan la paz en bandeja es un cuento, ese sí para bobalines. Y la subversión lo sabe de sobra.Por eso, sin tomarse el trabajo de formalizar nada, desliza indirectamente condiciones exuberantes, que el país parece dispuesto a admitir, desde una nueva Constitución hasta un pedazo de la luna, algo desde luego más fácil que la renuncia de Samper y más factible que la huelga sexual propuesta por mi general Bonett Locarno. Y ahí tenemos a medio mundo alborotado, hablando del proceso de paz en marcha, mientras la guerrilla fusila a los alcaldes que no acataron sus órdenes y la revista Cromos, en medio de bonitos traseros y piernas de reinas, le tiende al señor Calarcá sus páginas, como un tapete, para que nos explique a todos porqué los generales de la República deben ser asesinados. Y ahora lo que faltaba: los ganaderos, encabezados por el doctor Visbal Martelo, han resuelto meterse la mano al dril y repartir tierras antes de que lo haga el cura Pérez. No seré yo quien se oponga a que campesinos pobres reciban lo suyo. Pero... Acreditando, con este gesto y contra toda evidencia, la versión de que la guerrilla es la abanderada de los pobres sin tierra y no la principal responsable de los éxodos campesinos y de su infortunio y miseria, los ganaderos están actuando también como insignes bobalines. Hagan lo que hagan estarán condenados a ser extorsionados, secuestrados, expropiados porque así lo ha decidido, aquí, en Cuba o en Vietnam, una ideología. ¿Acaso no lo saben?De todas maneras la medalla de oro de la bobería, en este campo, le corresponde a Samper. La guerrilla lo veta. Pide su cabeza. El habla de conspiración. Pero ahora, con la mayor frescura, sale a la televisión para desbordar la propuesta de Santos ofreciéndole a los subversivos, con tal de que se dignen dialogar con él, reforma agraria, nueva Constituyente, política petrolera y derechos humanos a su gusto, reformas a las Fuerzas Armadas y quién sabe qué más. Y a esa oferta de una capitulación humillada por parte del Estado la llama acuerdo marco. ¡Qué vergüenza! Sí, la distinguida señora bogotana que alguna vez encontré en Roma tenía razón: se nos amariconó el país y no supimos a qué horas.
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