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Opinión

  • | 2004/01/19 00:00

    Bobbio y la vejez

    Bobbio nos enseñó que hay cultura mientras el diálogo no cese. Y que con los años mejora la voluntad de discutir sin violencia

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Algun humorista dijo una vez que solamente le interesaban dos tipos de personas: "Las mujeres con pasado y los hombres con futuro". La legislación colombiana (despiadada como el país mismo) señala con un tajo neto cuál es el umbral preciso de la vejez: a los 65 años es obligatorio el retiro de los funcionarios públicos. Conozco el caso de un gran profesor de matemáticas que empezó a enseñar tarde en una universidad del Estado. Al cumplir los 65 todavía no tenía los años de aportes suficientes para jubilarse, y sin embargo la universidad exigía su retiro, así estuviera en pleno uso de sus facultades mentales. Resulta que para la legislación colombiana, las personas mayores de 65 años sólo tienen pasado, ya no tienen futuro. Sirven para el arrastre. En el gran libro que Norberto Bobbio publicó a los 87 años, De senectute, se lee lo que sigue: "Los que han escrito obras sobre la vejez, empezando por Cicerón, estaban alrededor de los 60. Hoy en día los sesentones son viejos tan sólo en sentido burocrático, porque han llegado a una edad en la cual tienen derecho a jubilarse. Antes alguien de 80 años, salvo excepciones, era un viejo decrépito, del que ni siquiera valía la pena ocuparse. Hoy, en cambio, la vejez -no la burocrática sino la fisiológica- empieza cuando nos aproximamos a los 80". No es ni mucho menos que Bobbio, con lo lúcido que era, idealice la vejez. Que los viejos de hoy estén más marginados que los viejos en las sociedades tradicionales, le parece obvio. Hace siglos, las sociedades eran casi estáticas y uno se moría en el mismo mundo en el que había nacido: la misma técnica, los mismos juegos, la misma música. El viejo era el depositario de las reglas del grupo y de las técnicas de la supervivencia y por eso mismo su experiencia era valiosísima. En las sociedades actuales, dice el pensador italiano, "la transformación cada vez más rápida tanto de los hábitos como de las artes ha invertido por completo la relación entre los que saben y los que no saben. El viejo, cada vez más, es aquel que no sabe". Además, dice Bobbio, "lo que distingue la vejez de la edad juvenil, y también de la madurez, es que los movimientos del cuerpo y de la mente son más lentos. La lentitud del viejo es penosa para él y penosa a la vista de los otros. Suscita más indulgencia que compasión. Quisiera apresurar su paso, pero no es capaz. Cuando habla buscando las palabras se lo escucha, quizá con respeto, pero con no pocas muestras de impaciencia. También las ideas salen más despacio de la cabeza. Y las que salen son siempre las mismas. ¡Qué aburrición! No es que el viejo esté especialmente encariñado con sus ideas. Es que no tiene otras". Quizá por esta misma lucidez, es decir, por esa capacidad de no engañar y sobre todo de no engañarse sobre su propia condición, Norberto Bobbio fue un viejo maravilloso. Se tomaba el pelo porque sus manos ya no eran lo suficientemente rápidas para mover el maus del computador. Pero en su caso no era cierto que tuviera que buscar las palabras cuando hablaba. Cuando lo conocí, en su apartamento-biblioteca de Turín, tenía 78 años. Sé la fecha exacta porque él la puso en el libro que le pedí que me firmara: 2 de enero de 1987. Y después conversó largo rato (ni siquiera en italiano, en francés) con un estudiante de doctorado colombiano que le hacía una entrevista, Mauricio García. Sus palabras y sus ideas fluían no como lo que se espera de un señor de 78 años, sino con una rapidez y agudeza intelectual muy superior a los menos de 30 que nosotros teníamos. Después volví a verlo dos o tres veces más. Recuerdo una conferencia sobre las relaciones entre política y moral, en Alessandria, la ciudad de sus padres, en el año 91. Y poco después, la última vez, esperando el bus cerca de la Universidad de Turín. Tenía 82 años, seguía dando una que otra clase y era senador vitalicio. Al montarnos al bus, él me pagó el pasaje. Me dijo: "Un senatore si può permettere di invitare un giovane colombiano". Recuerdo que pensé: Colombia será un país mejor cuando los senadores puedan y quieran montar en bus. El se bajó en una esquina de Corso Marconi, y su forma de andar me pareció ágil, como su pensamiento. Era un socialista liberal, un laico consecuente y un defensor de la democracia como el menos malo de los sistemas de gobierno conocidos. Fue un mediador entre la ideología comunista y los valores de la libertad individual defendidos por la tradición intelectual europea. Gracias al marxismo, los intelectuales habían aprendido a ver el mundo desde el punto de vista de los oprimidos, decía, pero sin olvidar algunos grandes valores del pensamiento occidental: "La inquietud de la búsqueda, el punzón de la duda, la voluntad de diálogo, el espíritu crítico". Con estas ideas, hasta apagarse a los 94 años, Bobbio nos enseñó que hay cultura mientras el diálogo no cese. Nos enseñó también que hay algo que mejora con los años: la paciencia y la voluntad de discutir, sin apelar a la violencia. No debe ser casual que la persona que mejor defiende en Colombia el intercambio humanitario sea también un señor de 90 años.
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