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Opinión

  • | 2007/01/06 00:00

    Bogotá con indiferencia

    Diagnóstico sobre el consumo de drogas en la cotidianidad de la noche bogotana.

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L’Espresso publicó hace seis meses un análisis de las rutas de la droga a nivel mundial. Colombia, líder de la producción de cocaína, ostenta una cobertura de un ochenta por ciento del mercado. Sin embargo, se omitió en el diagnóstico un hecho alarmante. Paralelo a la producción de cocaína y marihuana, nos hemos vuelto un país altamente consumidor.

El aumento del consumo es ostensible y abierto. Basta una llave para llevar una porción de cocaína de un recuadro de papel a la nariz. En un bar cualquiera, al frente de todos. Las drogas son un ingrediente indispensable en una fiesta, pero lo son también en un fin de semana en una finca y en un paseo por el parque.

Cada grupo de amigos tiene el celular de un “dealer” a quien contactan a plena luz del día o basta con parar en la 85 abajo de la 15, o en la 86 con 14, y, como un mercado persa, el comprador podrá escoger entre una gran variedad de drogas que ofrecen de manera abierta.

El control de la policía es nulo y los jóvenes consumen sin la mayor preocupación de que los atrapen. Pareciera como si todos los esfuerzos se centraran en bloquear el tráfico hacia otras latitudes, mientras que aquí se consume cocaína en cantidades exorbitantes. No debería ser una sorpresa, si se tiene en cuenta que hay una circulación abierta de armas en los bares, objetos más difíciles de ocultar que dos gramos de cocaína.

De unos cinco años para acá, desde que se generalizaron los raves o fiestas de música electrónica, salta a la vista la presencia abierta de drogas locales como marihuana y cocaína. Sumado a esto, se ha generalizado la distribución de drogas foráneas como éxtasis, ácidos, popper.

Los raves no son el único escenario de estas sustancias sicoactivas. Es común que en los bares bogotanos se encuentren jóvenes desmayadas en el baño por un exceso de “pepas” y ya se acepta socialmente el consumo abierto de cocaína. Durante este año, varios extranjeros terminaron en la clínica en Cartagena por sobredosis. Algunos de ellos murieron.

Existe un ambiente de permisividad que estimula niveles de consumo fuera de control. Es normal, incluso, que algunos jóvenes pasen un período de tiempo en una clínica de rehabilitación. La noche bogotana produce temor, es una bomba de tiempo en la que confluyen cantidades ilimitadas de drogas, armas, licor y un gusto particular por las peleas. A pesar de que muchos se quejan porque no se ha legalizado la droga, porque hay limitaciones para el porte de armas, en realidad hay una ausencia total de control y todo eso confluye en las calles como si fuera ley de la República. Bastan quince mil pesos para comprar un gramo de cocaína y basta un bar cualquiera para consumirlo sin que a nadie parezca molestarle. El mundo de excesos de los mafiosos ha contaminado la vida nocturna de Bogotá, convirtiéndola, tristemente, en una especie de filme de narcos de bajo presupuesto.


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