Sábado, 3 de diciembre de 2016

| 2008/09/27 00:00

Bogotá vista por un extranjero

Quise mostrarle el lado cultural. Al llegar a la exposición de Goya, estaba cerrada porque acababan de robarse un cuadro

Bogotá vista por un extranjero

Orgulloso por los cambios que ha tenido la ciudad en los últimos años, convencí a un amigo español de que viniera a conocer Bogotá.

Reconozco que me arrepentí desde el comienzo. Tan pronto salió del aeropuerto, ese aeropuerto sofocante de techos bajitos y colas eternas con que Bogotá recibe a quien la pisa, tuvo que quitarse de encima las 27 personas que se le lanzaron encima a ofrecerle taxis; cuidarse de quienes querían arrebatarle las maletas, y abrirse paso a codazo limpio entre el montón de gente que siempre tapona la salida a la espera de que salgan sus familiares. Así me imagino que debe ser Calcuta: un hervidero de caos, carros y gente que le cae al turista como una plasta en la cara apenas llega.

Llegamos a la casa y pusimos el noticiero. Samuel Moreno estaba en la pantalla.
—¿Y este quién es? ­–me preguntó.
—El alcalde.
—¿El alcalde? Pero si parece un adolescente: tiene la mano llena de pulseritas. ¿Y por qué sonríe tanto?
—No sé. Porque es simpático.
—¿Y es bueno?
—Claro que sí ­–le respondí-, es muy bueno.

No iba a ser la última mentira que le decía. Obsesionado con dejarle un buen recuerdo de su paso por Bogotá, se me ocurrió llevarlo a almorzar al norte.
—No sé si irme por la séptima o por la autopista –­pensé en voz alta.

Me decidí por la autopista. En instantes estábamos atorados en un trancón sideral en el que no se movía ni el aire. Las calles estaban rotas; había cráteres abiertos como flores; las caravanas funerales se deslizaban con lentitud por el carril izquierdo. Y los carros no se caían por entre las alcantarillas destapadas solamente porque los gamines que vivían en ellas los soportaban, como adoquines humanos.
—Nos hubiéramos ido por la autopista –­se lamentó él con ingenuidad.
—Sí, preferí este camino veredal que es más folclórico –mentí de nuevo.
—Es raro –me dijo confundido— ¿Por qué hay anuncios que dicen cuánto falta para llegar a Barranquilla?

Capté por primera vez que en Bogotá hay más indicaciones para llegar a Bucaramanga o a Medellín que a cualquier calle interior: hay gente que necesita llegar a la 116, pero que acaba en Cali porque en las vallas no encuentra otras indicaciones.

Para disipar el mal sabor, decidí invitarlo al exclusivo parque de la 93, inspirado en la idea arribista de que era el ángulo más exclusivo de la ciudad.
Reservé en el mejor restaurante. Y cuando llegamos, un flujo de desplazados hambrientos se filtraba por todas las ranuras del parque.
—¿Qué es este horror? ­–preguntó al borde del desmayo.
—Una interpretación de Los miserables ­–le mentí-: un
happening, que llaman. Ya te dije que Bogotá es una ciudad bastante cultural.

La Policía les arrancaba los hijos a los desplazados y los espantaba a garrote como cucarachas, y en breve este hombre pasó del pánico al estupor.
—¿Pero acaso el alcalde no era de izquierdas? –­me preguntó cuando recuperó el habla.
—Lo que pasa es que su mejor amigo es el Ministro de Defensa y eso lo ha ido centrando.

Para sepultar ese recuerdo tan hiriente, quise mostrarle el lado cultural de la capital. Entonces lo llevé al centro. Esquivamos arrumes de basura, motos que invadían el andén, peligrosos rateros que nos amenazaban, feroces embestidas de busetas. Heroicamente conseguimos llegar a la exposición de Goya. Y estaba cerrada porque acababan de robarse uno de los cuadros.

Al borde de la rendición, y lleno de sentimientos de culpa, pensé en invitarlo a un plan sano, que lo relajara: nos fuimos al clásico entre Santa fe y Millos.

Habría sido mejor haberlo llevado a Kosovo: los policías arrasaban gente con sus motos, los aficionados tiraban asientos como piedras, y en medio del horror un dirigente comentaba que la culpa era de las sillas porque tenían espaldar.

Poco días antes de que regresara a España lo llevé de compras a Unicentro: justo el mismo día en que con unas bombas incendiarias prendieron fuego a una buseta en la carrera 15 con 122.

No sé si Samuel Moreno les recuerde a un alcalde que tuvo Bogotá: otro delfín del que también decían que era más simpático que inteligente y que vivía más pendiente de su imagen que de su gestión.

A mí sí. Sólo le falta hacer un puente con los peraltes invertidos. Y seguramente lo hará. Por eso pronostico que Samuel Moreno es tan inepto, y ha conseguido acabar con la ciudad en tan poco tiempo, que seguramente llegará dentro de poco a la Presidencia de la República.

Sobra decir que mi amigo aún se recupera de una crisis nerviosa en un hospital de Calcuta, lugar al que huyó antes de que Bogotá acabara con él.
 

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