Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1999/03/22 00:00

BOGOTA

BOGOTA

Los comerciantes de la carrera 15 andan recogiendo firmas para tumbar al alcalde Enrique
Peñalosa. No porque sea un mal alcalde, sino porque _entre otras cosas_ está recuperando para los
peatones de Bogotá el espacio público que usurpan abusivamente los carros. Piensan los comerciantes
de la carrera 15 que los peatones no hacen compras en las tiendas, y que los dueños de carros, que sí las
hacen, sólo las hacen si pueden parquear su carro delante de la tienda. De modo que, en su opinión, hay
que darles a los 50.000 ó 60.000 dueños de carros bogotanos el espacio por el que podrían caminar los
restantes 5.940.000 habitantes de la ciudad. O los seis millones completos. Porque cualquiera, aunque
tenga carro, puede _si lo dejan los demás carros_ caminar.
No hay que firmar ese plebiscito contra el alcalde, al menos por dos razones. No hay que firmarlo ni siquiera
si se es comerciante de la carrera 15, o de cualquiera de las vías afectadas por los bolardos anticarros de
Peñalosa.
La primera razón es que la protesta de los comerciantes es una estupidez. En todas las ciudades serias del
mundo hay bolardos para poner coto al mar de leva de los automóviles: para que paseen los niños y las
viejecitas, los novios, los minusválidos en sus sillas de ruedas, y hasta los comerciantes cuando se bajan de
sus automóviles. Y por añadidura, en las muchas ciudades que han cerrado al tráfico automotor calles o
sectores enteros _los centros históricos, que suelen ser a la vez el corazón del comercio_ el efecto no ha
sido el de disminuir las ventas de las tiendas, sino el de aumentarlas. Porque resulta que la gente, cuando
va a pie, mira más vitrinas.
Esa razón, la de no colaborar con la estupidez, sería ya suficiente para no firmar. Pero hay otra más
importante. Y es que Peñalosa, a pesar de su arrogancia imperial, es probablemente el primer alcalde que
tiene un plan para rescatar a Bogotá del caos en que los bogotanos la hemos dejado hundir. La recuperación
para el público del espacio público, simbolizada en iniciativas tan sensatas como la de los bolardos
anticarros, o en otras más discutibles como la expulsión de los vendedores ambulantes sin darles medios
alternativos de ganarse la vida en un país de desempleados (y los ambulantes son muchos: muchos más que
los dueños de carros), esa recuperación, digo, es sólo un aspecto de ese plan.
Hay otros aspectos (del plan, al menos: la realización habrá que verla; pero por lo menos hay un plan). Los
grandes parques para recuperar los caños de aguas negras. Las bibliotecas. El control a las urbanizaciones
piratas. Las ciclovías: no sólo las ciclovías dominicales para el esparcimiento, sino las ciclorrutas para el
trabajo cotidiano. Y, sobre todo, la reforma del transporte público, sin el cual ninguna ciudad es vivible.
Peñalosa pretende acabar con la 'guerra del centavo' entre las empresas de buses. Si lo logra, venciendo
intereses mucho más poderosos que los de los comerciantes de la carrera 15, será el mejor alcalde que
haya tenido Bogotá en toda su historia de pésimos alcaldes, de alcaldes débiles, de alcaldes que lo que
buscaban en la alcaldía de la gran ciudad era sólo un trampolín para saltar a la presidencia de la República y
que por eso no quisieron nunca (y el actual presidente Andrés Pastrana es un buen ejemplo) enfrentarse
a ningún interés poderoso. Y no sólo merecerá el agradecimiento de los choferes de bus, sometidos hoy y
desde hace decenios a la inhumana competencia por el pasajero, sino también el de los pasajeros, y el de los
demás choferes, y hasta el de los comerciantes de la carrera 15: el de todos los bogotanos que padecemos
la tortura de los buses.
Está, además, el proyecto del Metro. De él se viene hablando hace 30 años: no es idea de este alcalde. Pero
por lo visto por fin existe _con la contribución de la Nación_ la plata para hacerlo. Magnífico. Pero cabe
preguntarse si de verdad el Metro vale tanta plata.
Es un metrico: menos de 20 kilómetros, y de ellos más de la mitad en superficie. Pero cuesta, según un
reciente informe de prensa, "en su primera parte, 3.040 millones de dólares (y) se calcula que los
costos financieros fácilmente representarán otros 3.000 millones. En total, el Metro costará unos 6.000
millones, sin incluir imprevistos como sucedió con el caso de Medellín". Y cabe preguntarse, digo _o mejor:
preguntar_ por qué diablos cuesta tanto: es el metro más caro del planeta.
Pongo dos ejemplos traídos de España, que es un país bastante corrupto pero que ha conseguido _para citar
la frase memorable pero incumplida de nuestro ex presidente Turbay_ "reducir la corrupción a sus justas
proporciones". En España se acaba de construir un metro nuevo, el de Bilbao, y se va a construir una vasta
ampliación circunvalar del metro de Madrid. El de Bilbao costó sólo 600 millones de dólares: son 28
kilómetros, de los cuales ocho bajo tierra; y su ampliación prevista _seis kilómetros subterráneos más_ se
calcula en otros 300 millones. El de Madrid tendrá 36 kilómetros (la mitad subterráneos), y se le prevé un costo
de unos 900 millones de dólares. La extensión de 52 kilómetros (casi todos subterráneos) hecha en los
últimos cuatro años costó unos 1.200 millones de dólares.
¿Por qué el de Bogotá, entonces, va a costar 10 veces más? Señor alcalde: mídaseles también a los
intereses poderosos que, por lo visto, están detrás del Metro.

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