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Opinión

  • | 2005/05/29 00:00

    Breve cursillo de cursilería

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Una de las grandes obsesiones de Gustave Flaubert, y el tema profundo de varias de sus novelas (Madame Bovary, Bouvard y Pécuchet) tiene que ver con esa especie de melcocha sentimental -toda hecha de palabras insistentes, repetidas- que se adhiere a las cosas, a las personas, a las situaciones. Esa costra de tópicos, esa pátina de lugares comunes, lo que

Flaubert llamaba las "ideas recibidas", impiden ver las cosas tal como son, como si las palabras, en vez de revelar, ocultaran.

Y lo grave es que esta costra no es opaca, ni oscura, sino brillante, y no oculta porque tapa, sino porque encandila. Sobre cualquier cosa de la que se hable (congresista, madre, niño, amor) las personas ya tienen, antes de pensar, un pensamiento adherido, un prepensamiento, o un prejuicio, que es lo que aflora a los labios, y no importa que sea una bobada o al menos una excesiva simplificación. Si digo "congresista" ¿cuál es la primera palabra que se les viene a la cabeza? Muy bien, la misma que a mí: ladrón. Antes de pensarlo dos veces, ya estamos de acuerdo con el lugar común.

Los malos poetas, que son el 98 por ciento de todos los poetas, son en buena medida los culpables de esta difusión arrasadora de "ideas recibidas". Sobre el concepto "madre", por ejemplo, si uno busca en la Red "poesías a la madre", encontrará (entre rosadas rosas olorosas y aladas mariposas), muchos "versos escritos con el corazón", como estos:



Hay una mujer

que tiene algo de Dios

por la inmensidad de su amor,

y mucho de ángel

por la solicitud de sus cuidados.



O estos otros:



Ángel de amor, que vives junto a mí,

Dádiva de dicha, que alegra mi existir,

Refugio de ternura, me arrullas hasta ti,

Encanto de mujer, regalo de Dios en mi vivir.



De la condición divina, o al menos angelical, pocos rebajan a la santa madrecita. Y si buscamos lo que se dice de los niños, esos "pequeños seres tiernos", los resultados son incluso más cursis. El otro día, en la cartelera del edificio donde vivo, encontré esta belleza: "Los niños que hacen buques de papel, con insistencia y con amor, serán los marineros del futuro. Y los que piensan que las nubes son elefantes grises, que pasean la lluvia por el cielo, serán los poetas de mañana". Lo de los marineros no me parece muy verosímil, pero lo de que serán "los poetas de mañana", eso sin duda: engrosarán las filas de ese 98 por ciento de malos poetas que habrá entre los poetas del futuro.

Dijo una vez Kundera, hablando de Flaubert, que "la necedad moderna no es la ignorancia, sino el no-pensamiento de las ideas preconcebidas". Mejor dicho: la ignorancia no es un estado de vacío, sino de llenura, pero con ideas podridas, manidas, repetidas hasta la náusea por pereza mental.

Por eso Flaubert concibió, y en parte escribió, un Diccionario de lugares comunes, en el que cada palabra, más que definida, viene acompañada por la corteza de prejuicios que se han adherido a ella, como una especie de "envoltorio verbal". En una carta a Louise Colet, el novelista francés le explicaba el propósito de su Diccionario: "En él se hallará, por orden alfabético, todo lo que debe decirse para ser un hombre decoroso y amable. La mediocridad, al estar al alcance de todos, es lo único legítimo. Es preciso condenar toda clase de originalidad, porque es peligrosa, estúpida, etc.".

Si uno quiere saber qué pensar sobre el amor, por ejemplo, nada más conveniente que leer Madame

Bovary. Allí, una especie de Alonsa Quijana, enloquecida de tanto leer novelas de amor, cree que se enamora, porque se quiere enamorar, y porque repite todos los lugares comunes que existen en las malas novelas sobre el enamoramiento. En ella se cumple a cabalidad ese aforismo de La Rochefoucauld: "Hay personas que no se habrían enamorado jamás si no hubieran oído hablar del amor". Pero como ella leyó sobre el amor, se enamoró, y hasta tal punto se creyó enamorada, que acaba, literalmente, matándose de amor.
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