Martes, 6 de diciembre de 2016

| 2016/04/26 12:48

Crónicas marcianas

A pesar de que la noticia en todos los frentes es el cambio de gabinete, es imposible no referirse a la mano alienígena que gobernó el debate ambiental la semana pasada.

Brigitte Baptiste. Foto: Juan Carlos Sierra-Revista SEMANA

Ese debate refleja las distancias críticas que existen entre los modelos de conocimiento y los intereses que soportan. Expertos contra expertos en un enfrentamiento duro y lamentablemente no muy decoroso, según se reportó.

La noción contemporánea de epistemologías en conflicto fue propuesta hace varias décadas por el historiador y filósofo Bruno Latour, un marciano francés que defiende la noción de sistemas científicos no universales. No puedo citar a Foucault o Actualidad Panamericana me declara fuera de concurso, pero la existencia de “soluciones culturales inconmensurables” entre sí a través del tiempo y el espacio es un hecho, como demuestra la vigencia de las civilizaciones amazónicas de la hoja de coca o del yagé, y contra ellas, ramas de colonialismo científico vigentes. Se trata de un choque de sistemas de conocimiento irreductibles entre sí, pero que pueden dialogar (y fecundarse) si se respetan mutuamente. De lo contrario, el debate será de sordos, pues uno de ellos buscará imponerse apelando a toda clase de artimañas: hay que recordar que los sistemas autoritarios con pretensión de verdad se basan en la propaganda (la oficialidad de los regímenes extremos de izquierda o derecha), la peor amenaza para una democracia.

Hablamos hoy día de “ciencia posnormal” para proponer una perspectiva que entiende que el conocimiento no solo es situado, sino contextual y que ningún sistema es a priori mejor que otro, pero que su calidad puede y debe ser juzgada por la consistencia de sus reglas internas, que debe hacerse explícita, someterse al libre examen por pares y nunca imponerse. Twitter, a todas luces, no sirve para ello; normalmente hay que leer y estudiar, deponer las pasiones y con ello, construir acuerdos. Los estudios de impacto ambiental deben someterse a fondo a estas condiciones, tanto como las fotos “denuncia” y las protestas que buscan correlacionar lo que solo una conexión hiperespacial lograría. Pero la política, incluso la ambiental, es la condición natural de lo humano (zoon politikon), como aseguraba Aristóteles, no la ciencia: las decisiones colectivas provienen de los acuerdos racionales de muchas irracionalidades en conflicto.

Así las cosas, la presencia de los Alienígenas Ancestrales como inspiradores de conocimiento ambiental no es de extrañar ni se puede condenar, pues simulando conocimiento, opera a veces a favor de empresarios corruptos, a veces de consultores interesados en hacerse indispensables, a veces de dirigentes despistados o de ciudadanos cínicos, ingenuos o emberracados. Hace unas semanas circuló en las redes sociales una foto del planeta Marte advirtiendo los terribles efectos que el cambio climático estaba trayendo a ese planeta, como extensión del terrestre; una especie de contagio mágico. Al tiempo, circuló otra de las temperaturas de la superficie de la Tierra en marzo, hecha por NASA (aumento histórico de la temperatura media del planeta en 2,2° C; fatal). A pocos les importó la diferencia. El Ministro entrante deberá adaptarse a esa diversidad, y a tener expertos de un lado y del otro, chambones o aplicados, ingenuos o interesados,  y necesitará de toda su capacidad de discernimiento, más que de conocimiento especializado, para detectar y resistirse a las falacias que circulan entre asesores, por las redes o que muchas ONGs y negociantes soplan en sus oídos a favor o en contra de las distintas formas de intervenir el territorio.

Confieso que a mí también me apasiona Rice Burroughs y su princesa marciana, y a menudo quisiese ser ella, no para enamorarme de un aventurero despistado, sino para enfrentar los retos de la ecología universal con una perspectiva completamente distinta. Luego recuerdo que vivimos en el Marte de Bradbury…

*Directora Instituto Humbolt

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