Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2016/10/25 18:59

Caimanes comunitarios

Ya es posible el comercio de pieles de caimán producidas por sistemas de cosecha sostenible en los manglares de Cispatá, lo que aporta al posconflicto colombiano.

Brigitte Baptiste. Foto: Juan Carlos Sierra-Revista SEMANA

Los conquistadores españoles y viajeros de la temprana república no vieron nada dorado en los caimanes que las culturas anfibias del río Magdalena representaban en pequeña piezas artísticas reconociendo su dominio en las ciénagas y manglares del Caribe. Por el contrario, los playones donde se asoleaban fueron convertidos por los viajeros en áreas de tiro, donde los aventureros y galanes se ufanaban de destrezas antaño valoradas, hoy no solo repudiadas sino inviables: la población de caimanes colapsó, junto con la de tortugas, manatíes, ponches y decenas de especies cuya salud dependía de la presencia del reptil depredador.

Las pieles de los caimanes, sin embargo, fueron aprovechadas con mayor avidez en tanto se hicieron escasas. Llegaban a curtiembres donde demandaban grandes cantidades de mordiente, que provenía de la corteza de algunas especies selectas de árboles, al final también al borde de la extinción. Moverse por los complejos cenagosos no fue nunca fácil: los caimanes aprendieron pronto a esquivar los cazadores y la facilidad de capturar adultos echados bajo el sol acabó siendo una condición excepcional de las épocas más secas. Sería el conocimiento ecológico desarrollado por palenqueros y su descendencia la que tendría la clave del aprovechamiento de la fauna, así como de las alternativas tecnológicas más eficaces para ello: ser caimanero fue un oficio, no solo en la costa, también en el llano y la Amazonía, donde combinado con la exportación de plumas de garza, pieles de jaguar y nutria constituyó una triste “bonanza”.

Para hacer la historia corta, el Estado entró a regular la cacería comercial casi en el abismo de la extinción y al tiempo que salvó la especie, le entregó a zoocriaderos comerciales el recurso genético que comenzó a trabajarse en “ciclo cerrado”. Los caimaneros se hicieron invisibles, aunque se dice que por la noche seguían nutriendo las cuotas de los criaderos y el bolsillo de las autoridades. Pero el tiempo no pasa en vano y el péndulo pasó de un extremo al otro y ahora, después de 50 o más años de restricción, el mundo vuelve a confiar en las comunidades locales y su capacidad de aprovechar sosteniblemente las poblaciones de caimán. Gracias a “Asocaimán”, a Giovanni Ulloa y Clara Sierra (un par de biólogos muy tercos) y una red institucional, se logró en Johannesburgo la semana pasada que la CITES admitiese el comercio de pieles producidas por sistemas de cosecha sostenible en los manglares de Cispatá. La clave: conocimiento local, organización, monitoreo, acompañamiento. El resultado: desarrollo rural, a la colombiana.

En Brasil las Reservas Extractivas, inspiradas en el trabajo innovador de Chico Mendes, funcionan hace décadas. En Colombia podría decirse que los manglares de San Antero acaban de convertirse en la primera, pues en nuestra legislación calvinista no existe hasta el momento ningún área protegida que entienda que la conservación de la biodiversidad a menudo está estrechamente relacionada con su aprovechamiento, no necesariamente tradicional, pero si bajo esquemas comunitarios. Así se construye posconflicto.

 * Directora Instituto Humboldt.

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