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Opinión

  • | 2017/02/22 09:17

    Trabajar con gente

    Trabajar con gente es tomarse en serio los acuerdos, exponer los mecanismos de verificación y diseñar un modelo de gestión ambiental que no aumente la suma de incumplimientos de la historia.

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La noción de participación en la planeación de la sostenibilidad y en el manejo de la biodiversidad evolucionó sustancialmente durante las décadas del conflicto armado, al menos de manera conceptual y en ciertos instrumentos y procesos locales. La Constitución del 91 hizo una apuesta descentralizadora importante para promover más y mejor participación, en el entendido de que el “omega” es una democracia plena y efectiva, algo que, en el fondo, a pocos les gusta: está llena de derechos y responsabilidades que no todos están dispuestos a asumir, pues chocan con intereses de corto plazo y con la comodidad de quienes no quieren arriesgarlos.

El riesgo de una perspectiva simplista de participación es fragmentar la soberanía de decisiones sistémicas que sólo se pueden exigir tras procesos de articulación e integración en las escalas adecuadas: alguien decía por eso que la participación era un excelente medicamento para la construcción de país, pero en bajas dosis. Quienes promueven agendas libertarias lo dejan todo a la competencia salvaje entre agentes económicos “perfectos”, un mito conceptual, pero quienes promueven la cooperación y la solidaridad olvidan que esta se debe expresar también entre niveles de complejidad institucional: de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo, como un proceso comunicativo persistente, que es el que no está funcionando.

Gente no sólo es la que actúa directamente en los territorios, sino todos los actores que asumen su representación legítima en la integración de instituciones sectoriales y regionales. La construcción de redes de gobernanza es lo que le falta a un país acostumbrado a ser gobernado con un criterio nacional jerárquico, vertical, centralista y en el fondo espurio, con sus imágenes identitarias de propaganda. Necesitamos conectividad entre las instituciones, conectividad que no se logra sólo con talleres y comités: requiere capacitación, reformas estructurales, procedimientos ajustados y normatividad modulada.

Trabajar con gente implica reconocer que hay un país que apenas comienza a ser oído: el de las organizaciones agrarias de base y de los pueblos indígenas, pero también de los científicos, de las mujeres y los movimientos LGBTI, incluso de minorías religiosas. Gente que habita en contextos muy heterogéneos, difíciles de compaginar por su diversidad y propensos a ser agrupados desde fuera con criterios de “eficiencia”, los mismos que utilizaron los españoles al crear las reducciones y pueblos de indios. Trabajar con gente no es promover la suma de autarquías individualistas, sino la de nexos y voluntades de bienestar colectivo. Y trabajar con gente es tomarse en serio los acuerdos, exponer los mecanismos de verificación y diseñar un modelo de gestión ambiental que no aumente la suma de incumplimientos de la historia.

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