Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/09/27 11:52

Cumplir

Tengo los mismos 52 años del conflicto armado con las FARC y por eso la firma en Cartagena tuvo para connotaciones inesperadas y sorpresivas: realmente, mi mundo cambió.

Brigitte Baptiste. Foto: Juan Carlos Sierra-Revista SEMANA

Los gestos simbólicos que preceden a la génesis de una época están llenos de promesas y de retos, y espero, como muchísimos colombianos acostumbrados a no tener fe ni a confiar más que en sí mismos, que logremos construir muchas conversaciones y hechos en el posconflicto. Porque esa es la preocupación: la guerra persistió tanto tiempo de la mano de las retóricas que llenaron los proyectos de ley, los planes de desarrollo, los acuerdos comunitarios, que el desánimo ha sido la constante de la historia.

Recuerdo cómo al final de los años 80, por ejemplo, estudiando biología, compartimos alegría genuina por los acuerdos construidos con las comunidades campesinas de La Macarena, en protesta permanente por el abandono del Estado, la incomprensión de sus circunstancias históricas y ecológicas, la distancia a Bogotá en ideas y proyectos de vida. Recuerdo los diálogos en las vías, las noticias de las comisiones negociadoras, los artículos acerca de las maravillas de la región y los resultados: la creación de la AMEM (Área de Manejo Especial de la Macarena) en 1989 (Ley 1989, coincidencialmente) y las perspectivas de un Plan de Manejo del Parque Nacional Natural “Serranía de La Macarena”, donde esperaba iniciar mi vida profesional junto con amigos y colegas ambientalistas de una pequeña ONG que manteníamos en aquellos días: la “Corporación Grupo Ecológico GEA”. (Algunos sonreían y escribían “Cogea”). Alcanzamos a firmar los contratos, diseñar meses de trabajo de campo, preparar talleres con la gente, comprar pertrechos, imaginar los recorridos por el Duda y el alto Guayabero.

Nada sucedió, pasó el tiempo, recortaron el presupuesto, cancelaron el contrato cuyas pólizas habían pagado nuestros padres como última inversión educativa y nos precipitaron a la quiebra. El grupo de amigos se disolvió con tristeza, cada uno cogió su camino, aunque al final no resultó mal para ninguno: mantuvimos las ideas, el cariño, el esfuerzo y… la desconfianza en el Estado. Al tiempo, sin embargo, otros mecanismos de apoyo aparecieron, el Fondo FEN, lamentablemente extinto, las redes internacionales y los cursos de la OTS en Costa Rica, otras ONG más solventes como Natura, luego el Ecofondo. Nos acogieron las universidades, la cooperación internacional. Y Colciencias, a quien muchos debemos gran parte de nuestra formación como investigadores.

Disculparán la autobiografía, pero anoche seguramente pasaron ante los ojos de muchas personas décadas de esfuerzos estratégicos para trabajar con la biodiversidad colombiana en medio de un mapa de muerte y tristeza que cambiaba todos los días, del silencio de las comunidades atemorizadas, de las víctimas y los exiliados. Cada proyecto ambiental era un salto al vacío. Por todas esas historias, creo que hay que recibir con la mayor esperanza los acuerdos firmados anoche y la convicción de que, tras decenas de incumplimientos, el Sí que se dará el domingo es la firma de un compromiso de reconstrucción de confianza en el Estado, en las FARC ya desarmadas, en las empresas que saben que no hay futuro en medio de la guerra, en una nación que está lista para recuperar el tiempo perdido y afrentar solidariamente el desafió de la extinción.

Directora Instituto Humboldt.

¿Tiene algo que decir? Comente

Para comentar este artículo usted debe ser un usuario registrado.